Madrid, 29 de septiembre de 2026
Sonia García Aguña
Trabajadora social, docente e investigadora predoctoral del Departamento de Trabajo Social y Servicios Sociales de la Universidad Complutense de Madrid

La concepción de la salud y la enfermedad es dinámica y cambiante según la época, la cultura y las condiciones de vida. De forma general, pueden distinguirse dos grandes paradigmas que se expresan en el modelo biomédico y en el modelo biopsicosocial. El primero estudia solo una parte de la compleja red de fenómenos que influyen en la salud, los biológicos (Guerrero y León, 2008), y el segundo, desarrollado por Engel (1977), plantea que las dimensiones biológica, psicológica y social son dinámicas e interdependientes. De este modo, la enfermedad debe comprenderse en relación con la biografía, los vínculos, los recursos, los valores y el contexto comunitario de cada persona.
En este sentido, el modelo biopsicosocial se relaciona directamente con la humanización de la asistencia sanitaria. Como señala Boladeras (2015), la creciente tecnificación ha desplazado en parte la atención personalizada, centrando los esfuerzos en la enfermedad más que en la persona. Esta tendencia ha contribuido a la preocupación actual por la deshumanización de la atención, entendida como pérdida de valores y de sensibilidad hacia las necesidades emocionales, relacionales y sociales de quienes atraviesan un proceso de enfermedad. Desde esta perspectiva, humanizar no significa únicamente ofrecer un trato amable y cálido, sino también reconocer la dignidad de la persona y garantizar una atención integral. Por ello, la humanización sanitaria está ligada a la multidisciplinariedad y a la comprensión de la salud desde su marco biopsicosocial, perspectiva de atención “donde desempeñan un papel esencial los trabajadores sociales” (Fundación Humans, 2017, p. 26).
En este marco cobra sentido la noción de muerte digna. Aunque no existe una única definición universalmente aceptada, esta suele relacionarse con el alivio del sufrimiento, el mantenimiento de la dignidad, el apoyo familiar, la autonomía en la toma de decisiones y la posibilidad de elegir y ser acompañado/a en el proceso de morir (British Medical Journal, 2000). La Sociedad Española de Cuidados Paliativos (s. f.) va más allá, exponiendo que morir dignamente supone vivir dignamente hasta el final, ya que la muerte es solo un instante, respetando las creencias, valores y decisiones de la persona.
En los procesos de fin de vida en concreto, el control de la sintomatología física constituye la base de los cuidados, pero no agota las necesidades existentes. Cuando se da un correcto control de síntomas físicos (dentro de las posibilidades existentes) la situación se estabiliza en cierto modo y emergen necesidades de carácter psicosocial y espiritual que requieren una atención específica (Grau y Scull, 2013; Turabián y Pérez-Franco, 2014). Aunque estas no pueden generalizarse de forma idéntica a todas las personas, pueden identificarse cuatro grandes bloques:
a) Necesidades biológicas o físicas: relacionadas con el aseo, la alimentación, el descanso, la movilidad o el control de síntomas.
b) Necesidades sociales: vinculadas a los recursos económicos, la vivienda, el apoyo familiar, la reorganización de los cuidados o el acceso a recursos de diversa índole.
c) Necesidades psicológicas: como el afrontamiento del miedo, la ansiedad, la tristeza, de la enfermedad o el sentimiento de carga.
d) Necesidades espirituales: asociadas a la trascendencia, la reconciliación, la esperanza, la paz, la privacidad o la vivencia de las creencias y valores.
Este entramado de necesidades explica por qué el modelo biopsicosocial, la humanización de la atención y la muerte digna constituyen conceptos clave para el trabajo social (García-Aguña, 2025). Estos enfoques permiten comprender el final de la vida como una experiencia atravesada por dimensiones físicas, psicológicas, sociales y espirituales, y sitúan la intervención profesional en el terreno de la defensa de derechos y de la atención a las condiciones de vida de la persona y su entorno en momentos de especial vulnerabilidad. En este contexto, la intervención del trabajo social resulta no solo pertinente, sino necesaria, al aportar una mirada integral centrada en la persona, su entorno y sus circunstancias vitales, y al contribuir a una atención individualizada, multidisciplinar y orientada al mayor bienestar posible. De este modo, el trabajo social desempeña un papel fundamental en la promoción de la dignidad, la autonomía y la justicia social también en los momentos de mayor vulnerabilidad (García-Aguña, 2021).
A este respecto, Sheldon (2000) señalaba que, mientras la medicina tiende a centrarse en el/la paciente y en la evolución clínica, el trabajo social incorpora una atención especialmente orientada a la familia, al entorno y a las condiciones sociales que atraviesan la experiencia de enfermedad. No se trata de enfoques excluyentes, sino complementarios, que solo alcanzan su pleno sentido desde un trabajo interdisciplinar real, ya que ninguna disciplina puede responder por sí sola a la complejidad de necesidades que emergen al final de la vida (Amblàs et al., 2006; Bonilla, 2017).
Desde esta lógica, el trabajo social no constituye un mero complemento del acto clínico, sino que amplía el diagnóstico médico mediante el diagnóstico social de la persona y su entorno. Su aportación permite identificar factores de riesgo y de protección, comprender la realidad relacional y material en la que se desarrolla la enfermedad y ajustar mejor las intervenciones a las necesidades, deseos y preferencias del/la paciente y de su entorno (Novellas, 2017).
Esta aportación resulta especialmente valiosa en los procesos de finalización de vida, donde entran en juego la identidad, los vínculos, la organización familiar, la autonomía, los recursos disponibles y el sentido que cada persona atribuye a lo que está viviendo. Small (2001) justifica la necesidad del trabajo social en estos equipos por su tradición de respuesta ante la pérdida, su perspectiva integral y sistémica y su orientación al acompañamiento y al apoyo en momentos de cambio. Así, el trabajo social realiza una contribución singular al poner el foco en la interacción social, los significados y el contexto, permitiendo comprender al/la paciente desde la autodeterminación, con un papel social y relacional hasta el final de su vida.
Por ello, la intervención del trabajo social sanitario en fin de vida se dirige fundamentalmente a las necesidades sociales que desencadena la enfermedad avanzada en pacientes y familiares. Entre sus funciones se incluyen: valoración diagnóstica de la situación sociofamiliar, detección de factores de riesgo, definición de prioridades de intervención, orientación sobre recursos, gestión de apoyos, acompañamiento emocional, mediación en conflictos e intervención con cuidadores/as y personas significativas (Vanzini, 2010). También comprende el apoyo en la reorganización familiar, la prevención de la claudicación de las personas cuidadoras, la mejora de la comunicación entre paciente, familia y profesionales, así como la atención a los procesos de duelo (Lima y González-Rodríguez, 2017).
Su labor, por tanto, no debe reducirse únicamente a la gestión de recursos o a la resolución de dificultades prácticas, aunque esto sea uno de los ejes de la intervención profesional. Chan (2014) advierte que el énfasis en cuestiones tangibles puede invisibilizar otros aspectos centrales de la atención psicosocial. Variables como la angustia, el apoyo social o las estrategias de afrontamiento tienen un peso decisivo en la vivencia de la enfermedad y en el bienestar de pacientes y familias (Zaza y Baine, 2002), donde precisamente el trabajo social desempeña una función clave de escucha, contextualización, diagnóstico, e intervención, no solo con los recursos personales sino también familiares o de otras personas significativas, así como los comunitarios.
Además, el trabajo social realiza una aportación relevante en el ámbito ético. Los procesos de final de vida están atravesados por decisiones complejas relacionadas con la autonomía, la calidad de vida, la confidencialidad, la privacidad, los conflictos familiares o las opciones de tratamiento. Aunque durante mucho tiempo estas cuestiones se consideraron terreno casi exclusivo de la medicina, distintos autores/as han reivindicado la necesidad de un abordaje bioético multidisciplinar en el que el trabajo social tenga un papel reconocido (Csikai, 2004). Su cercanía a pacientes y familias, así como su conocimiento del contexto relacional y social, sitúan a los/as trabajadores/as sociales en una posición especialmente valiosa para acompañar procesos deliberativos, promover la autodeterminación y ayudar a equilibrar el mejor interés del/la paciente con las expectativas del entorno (Proctor et al., 1993).
Esta aportación adquiere una relevancia particular en contextos ya asentados como los cuidados paliativos, y emergentes, como las prestaciones de ayuda para morir. Aunque en España el trabajo social ocupa una posición periférica en este último contexto, podría aportar una valoración de los determinantes socioeconómicos de gran utilidad para identificar necesidades insatisfechas que puedan estar influyendo en el sufrimiento o la toma de decisiones (Antifaeff, 2019). Si bien, esta intervención no debe orientarse a disuadir, sino a garantizar que la persona haya podido acceder a los recursos adecuados, explorando factores como el miedo, la soledad, el sentimiento de carga o la ausencia de soporte social, que pueden ser relevantes en estos procesos.
Del mismo modo, el trabajo social puede facilitar espacios de diálogo donde explorar el miedo a la muerte, el sufrimiento, la tristeza, la rabia o el sentido de la vida y de la propia muerte, y detectar necesidades espirituales que requieran derivación a otros perfiles especializados (Chochinov, 2002). Asimismo, cumple funciones de enlace y coordinación entre profesionales, recursos comunitarios, pacientes y familiares, ayudando a que los deseos y necesidades de la persona ocupen un lugar central en la intervención (Bomba et al., 2011).
En definitiva, el trabajo social sanitario ocupa una posición estratégica en los procesos de finalización de vida porque permite comprender y abordar el impacto relacional, social, emocional y ético de la enfermedad, movilizar recursos y defender la dignidad y la autodeterminación de la persona hasta el final. Por tanto, reforzar su presencia, formación y reconocimiento como profesión sanitaria no es una cuestión accesoria, sino una condición necesaria para avanzar hacia una atención verdaderamente humanizada e interdisciplinar.
Referencias bibliográficas
- Amblàs, J., Albó, A., Espaulella, J., y Fabregó, J. (2006). Asistencia al final de la vida. En Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Ed.), Tratado de geriatría para residentes (pp. 761-768). Sociedad Española de Cuidados Paliativos. https://www.segg.es/tratadogeriatria/main.html
- Antifaeff, K. (2019). Social work practice with medical assistance in dying: A case study. Health & Social Work, 44(3), 185-192. https://doi.org/10.1093/hsw/hlz002
- Boladeras, M. (2015). Bioética del cuidar: ¿Qué significa humanizar la asistencia? Tecnos.
- Bomba, P., Morrissey, M. B., y Leven, D. (2011). Key role of social work in effective communication and conflict resolution process: Medical Orders for Life-Sustaining Treatment (MOLST) Program in New York and shared medical decision making at the end of life. Journal of Social Work in End-of-Life and Palliative Care, 7(1), 56-82. https://doi.org/10.1080/15524256.2011.548047
- Bonilla, M. (2017). El trabajo social en la atención a personas con enfermedad crónica avanzada desde la atención primaria de salud: A propósito de un caso. Revista de Treball Social, 210, 81-90. https://www.revistarts.com/es/article/el-trabajo-social-en-la-atencion-personas-con-enfermedad-cronica-avanzada-desde-la-atencion
- British Medical Journal. (2000). A good death. British Medical Journal.
- Chan, W. C. H. (2014). Relationships between psycho-social issues and physical symptoms of hong kong chinese palliative care patients: Insights into social workers’ role in symptoms management. The British Journal of Social Work, 44(8), 2342-2359. https://doi.org/10.1093/bjsw/bct090
- Chochinov, H. M. (2002). Dignity-conserving care: A new model for palliative carehelping the patient feel valued. JAMA, 287(17), 2253-2260. https://doi.org/10.1001/jama.287.17.2253
- Csikai, E. L. (2004). Social workers’ participation in the resolution of ethical dilemmas in hospice care. Health & Social Work, 29(1), 67-76. https://doi.org/10.1093/hsw/29.1.67
- Engel, G. (1977). The need for a new medical model: A challenge for biomedicine. Psychodynamic Psychiatry, 40(3), 377-396. https://doi.org/10.1521/pdps.2012.40.3.377
- Fundación Humans. (2017). Análisis de situación de los aspectos humanísticos de la atención sanitaria en España. https://fundacionhumans.com/wp-content/uploads/2017/10/analisis-aspectos-humanisticos-atencion-sanitaria-espana.pdf
- García-Aguña, S. (2021). Trabajo social en la humanización de la asistencia sanitaria ante procesos de finalización de la vida: Revisión de un caso práctico. Trabajo Social Hoy, 92, 27-51. https://www.trabajosocialhoy.com/articulo/309/trabajo-social-en-la-humanizacion-de-la-asistencia-sanitaria-ante-procesos-de-finalizacion-de-la-vida-revision-de-un-caso-practico
- García-Aguña, S. (2025). Muerte digna: La dimensión social del fin de vida desde una perspectiva biopsicosocial. Catarata.
- Grau, J., y Scull, M. (2013). Necesidades psicosociales y espirituales al final de la vida: Un reto en la atención a la salud. En Asociación Latioamericana de Psicología de la Salud-ALAPSA (Ed.), Tópicos selectos en psicología de la salud: Aportes latinoamericanos (pp. 165-213). Ducere.
- Guerrero, L., y León, A. (2008). Aproximación al concepto de salud: Revisión histórica. Fermentum, 18(53), 610-633. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=70517572010
- Lima, A. I., y González-Rodríguez, R. (2017). La intervención social en el final de la vida. Servicios Sociales y Política Social, (114), 11-18. http://serviciossocialesypoliticasocial.com/
- Novellas, A. (2017). La atención de situaciones de final de vida desde Trabajo Social. Revista de Treball Social, (210), 37-53. https://www.revistarts.com/es/article/la-atencion-de-situaciones-de-final-de-vida-desde-el-trabajo-social
- Proctor, E. K., Morrow-Howell, N., y Lott, C. L. (1993). Classification and correlates of ethical dilemmas in hospital social work. Social Work, 38(2), 166-177. https://doi.org/10.1093/sw/38.2.166
- Sheldon, F. M. (2000). Dimensions of the role of the social worker in palliative care. Palliative Medicine, 14(6), 491-498. https://doi.org/10.1191/026921600701536417
- Small, N. (2001). Social work and palliative care. The British Journal of Social Work, 31(6), 961-971. https://doi.org/10.1093/bjsw/31.6.961
- Sociedad Española de Cuidados Paliativos. (s. f. a). Guía de cuidados paliativos. http://www.secpal.com//Documentos/Paginas/guiacp.pdf
- Turabián, J. L., y Pérez-Franco, B. (2014). Viaje a lo esencial invisible: Aspectos psicosociales de las enfermedades. SEMERGEN, 40(2), 65-72. https://doi.org/10.1016/j.semerg.2013.03.002
- Vanzini, L. (2010). El Trabajo Social en el ámbito de los cuidados paliativos: Una profundización sobre el rol profesional. Documentos de Trabajo Social, (47), 184-199. https://www.trabajosocialmalaga.org/wp-content/uploads/2019/05/47_12.pdf
- Zaza, C., y Baine, N. (2002). Cancer pain and psychosocial factors: A critical review of the literature. Journal of Pain and Symptom Management, 24(5), 526-542. https://doi.org/10.1016/S0885-3924(02)00497-9

