Málaga, 21 de mayo de 2026
María Inmaculada Vargas Pérez
Trabajadora Social de Servicios Sociales Comunitarios del Ayuntamiento de Málaga

La situación de soledad en las personas mayores, ya sea de carácter objetivo o subjetivo, constituye hoy uno de los problemas más relevantes que se detecta en la fase vital de la vejez, sobre todo, en personas de edad avanzada, cuando empiezan a aparecer problemas de salud crónicos, a disminuir las redes sociales de apoyo y las personas que han sido significativas vitalmente (cónyuges, acompañantes de vida como parejas, hermanos o hermanas, amistades), así como las capacidades para el desempeño de las actividades básicas, instrumentales o avanzadas de la vida diaria.
La situación de “soledad no deseada” en personas mayores se desarrolla, generalmente, cuando converge el hecho objetivo de la falta o la escasez de interacción con otras personas, y la sensación que tiene el sujeto de menor afecto y cercanía de lo deseado en el ámbito íntimo, relacional o comunitario.
¿Por qué este problema ha emergido con fuerza en los últimos treinta años y va adquiriendo mayor dimensión en una progresión alarmante? Son muchos los factores, pero coincidiremos la mayoría en que los cambios en los modelos de familia y de cuidados informales, han desencadenado una nueva necesidad social que precisa de atención e implicación a todos los niveles: políticos, legislativos, públicos, privados, del tercer sector y de la ciudadanía en general.
Si el destino o nuestra historia vital no decide otra cosa, llegaremos a ese momento del ciclo de la vida que es la vejez y es seguro que la querremos transitar de la forma más saludable, feliz y sostenible, después de toda una vida de trabajo, compromiso social en muchos casos, responsabilidades familiares, etc.
Dispositivos y prestaciones que pueden ser factor de protección
El desarrollo legislativo en torno a las personas mayores está íntimamente ligado al concepto de envejecimiento del que se parta. En Andalucía, como en casi todas las administraciones en el ámbito europeo, el horizonte conceptual lo aporta la OMS (2002) en su definición de envejecimiento activo, como proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad, con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen.
En este sentido, el artículo 19 del Estatuto de Autonomía de Andalucía recoge que los poderes públicos de Andalucía deben proporcionar protección y atención integral para su autonomía personal y el envejecimiento activo, que les permita una vida digna e independiente. Así mismo, contamos con la Ley 6/1999, de 7 de julio, de Atención y Protección a las Personas Mayores, que regula derechos, prestaciones y servicios para mejorar la calidad de vida de este colectivo, poniendo especial énfasis en la protección de situaciones de vulnerabilidad o desamparo.
Aunque gran parte de la literatura especializada señala a la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, sobre autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia, como una de las normativas más garantistas en la protección de las personas mayores, es importante recordar que esta se dirige únicamente a quienes presentan un determinado nivel de dificultad en las actividades de la vida diaria y, por tanto, necesitan apoyos de otras personas en mayor o menor medida. En consecuencia, las personas mayores que no cuentan al menos con un reconocimiento de grado I de dependencia moderada quedan fuera de este sistema y, si experimentan situaciones de soledad no deseada, deben recurrir a otros recursos para afrontar o paliar dicha situación.
El Sistema Público de Servicios Sociales de Andalucía cuenta con centros de participación activa, que fomentan la convivencia, la integración, la participación, la solidaridad y la relación con el medio social, pero que son escasos e insuficientes. A ello podemos sumar los talleres y actividades que se ofertan desde los Centros de Servicios Sociales Municipales, desde el espectro público, y numerosas propuestas desde el tercer sector: Asociaciones de Mayores, de Vecinos, Cáritas, Cruz Roja y otros. También hay una variada oferta desde el sector privado, en cuanto a viajes, actividades, etc.
Así mismo, el Sistema Público cuenta con la Teleasistencia (SAT), un servicio de atención social continuada y personalizada disponible 24 horas al día durante todos los días del año que, además de otros servicios, proporciona seguimiento tras una situación de emergencia, conversaciones y compañía ante situaciones de soledad, información sobre las prestaciones y servicios del Sistema Público de Servicios Sociales, un contacto periódico y frecuente con la persona usuaria del servicio para hacer seguimiento de su estado u ofrecerle información de su interés y recuerdo de citas médicas o toma de medicamentos.
En la práctica, el SAT se ha convertido en el servicio estrella para combatir la soledad y el aislamiento, con una valoración muy buena por parte de las personas mayores. Obviamente, no se puede considerar una solución al problema, pero sí nos invita a reflexionar sobre qué necesitan las personas de avanzada edad que experimentan como sus redes de apoyo se debilitan o desaparecen, a la vez que disminuyen sus capacidades adaptativas y del desempeño de las actividades básicas, instrumentales y avanzadas de la vida diaria. Parece evidente que precisan de contacto humano, de conversación, de sentirse oídos y apreciados, entre otras cuestiones.
Soñando una sociedad inclusiva para la ciudadanía en edades avanzadas
Existe un amplio consenso en que lo ideal es que las personas mayores permanezcan en su entorno habitual el mayor tiempo posible, y que solo se adopten medidas de internamiento en centros residenciales cuando requieran cuidados que no puedan recibir en su domicilio, ya sea por la necesidad de apoyo continuo de otras personas, sin que tenga posibilidad de acceder a ello, o por razones de seguridad o de desamparo personal.
La cuestión que se plantea es cómo alargar el tiempo de permanencia en el domicilio, recibiendo los cuidados que se precisa en el marco del paradigma de envejecimiento activo, evitando o disminuyendo el sentimiento de soledad no deseada.
Es importante señalar que la soledad no deseada también se da en muchos residentes de centros de mayores a pesar de estar rodeados de personas. En este caso, la pérdida de autonomía (la mayoría de los centros residenciales para mayores están orientados a personas en situación de dependencia), la rutina centrada en los cuidados básicos (higiene, comidas, descanso, medicación, etc) y las escasas visitas familiares incrementan este sentimiento. En numerosas ocasiones se produce una desconexión social, favorecida por la escasez de vínculos profundos y la rotación constante del personal, produciéndose una sensación dolorosa de vacío, aislamiento social, falta de pertenencia o incomprensión, todo ello, muy perjudicial para la salud tanto física como mental.
Como alternativa a las residencias tradicionales y a la soledad no deseada en el hogar, gana protagonismo un nuevo modelo de convivencia conocido como cohousing. Este sistema apuesta por viviendas con espacios comunes para personas que desean compartir su día a día, y se ha extendido especialmente entre la población mayor. En España ya funcionan cerca de una decena de proyectos de viviendas colaborativas, que combinan vida comunitaria con la privacidad del hogar, pensados para quienes quieren evitar el aislamiento sin renunciar a su autonomía. El problema es que casi todas estas iniciativas son de carácter privado, por lo que una gran parte de la población no puede tener acceso a ello, bien porque carecen de recursos económicos o porque no cuentan con asesoramiento ni acompañamiento en el proceso.
En Málaga, desde el Instituto Municipal de la Vivienda en colaboración con los Servicios Sociales Municipales, se gestiona el Corralón de Santa Sofía, que funciona como un complejo de viviendas sociales para personas mayores, promovido para fomentar el envejecimiento activo y la convivencia en el barrio Trinidad-Perchel. ¿Qué tiene este complejo de particular? Que se trata de viviendas de promoción pública y propiedad municipal alquiladas a personas mayores de 65 años, que les permite contar con una alternativa habitacional frente a situaciones de infravivienda, alquileres impagables, convivencia conflictiva, etc, a la vez que reciben atención en el domicilio de auxiliares de hogar y monitores que les acompañan, les ayudan a ser visibilizados y, en consecuencia, atendidos en sus necesidades.
Se les proporciona un programa de actividades y ocupaciones que les ponen en contacto con el medio vecinal, la participación ciudadana y la atención sociosanitaria que puedan precisar.
Obviamente, este proyecto tan interesante para el tema que nos ocupa, es solo un ejemplo de lo que podría ser parte del horizonte de las políticas sociales respecto a los mayores, a lo que habría que sumarle, la promoción de centros de participación activa más adaptados a la población que se va incorporando a esta etapa del ciclo vital, así como, la difusión de oferta privada o concertada de dispositivos y servicios como la teleasistencia, la ayuda a domicilio, la comida a domicilio, servicio de lavandería, peluquería, etc. para aquellas personas que presentan limitaciones en la realización de las actividades básicas de la vida diaria.
Por último, es necesario que desde las Administraciones Públicas competentes se fomente y se apoye a las entidades que de forma altruista y con conciencia social, desarrollan proyectos de acompañamiento personal a las personas mayores que están solas, pues ningún dispositivo puede sustituir a la relación directa, el contacto humano y el acompañamiento más allá de una conversación esporádica.
Conclusiones
No olvidemos nunca que el/la niño/a de ayer es el/la adulto/a de hoy, y será la persona mayor de mañana, por lo que es nuestra responsabilidad personal y social, ocuparnos de que ese mañana sea el mejor de los mañanas posibles. Por eso, además de las alternativas habitacionales para mayores, es necesario trabajar en la prevención de la fragilidad, alargando el tiempo de vida saludable, en la medida de lo posible y, atendiendo a cada persona que se adentra en esa fragilidad del último ciclo de la vida, con empatía, centrándose en cada una en particular, escuchando con atención sus necesidades, involucrándolas en las soluciones y ofreciendo un catálogo de prestaciones que vaya más allá del pleno asistencialismo, ahondando en las necesidades sociales, de seguridad, físicas, mentales, y también de autorrealización, porque en todas las edades esa autorrealización es posible.
Bibliografía
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