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Las Palmas, 21 de octubre de 2022

M. Ángeles Araya Perdomo
Trabajadora Social de Atención Primaria de Salud
Servicio Canario de Salud

La coloquialmente conocida hormona del amor, la oxitocina, se activa coordinadamente con otras sustancias químicas de áreas neurales relacionadas con el placer y la recompensa. Debido a nuestra naturaleza inherentemente social, nuestro sistema químico no sólo viene a favorecer la reproducción de la especie, sino a asegurar su subsistencia, fomentando el mantenimiento del vínculo entre los miembros de una misma red. Esta interacción social favorece un sistema de retroalimentación química con fuertes repercusiones sociales que inciden indiscutiblemente en nuestra salud. 

De ahí que la llamen comúnmente el pegamento social, aquel que está presente en nuestra red personal significativa, la cual quedará analizada a través de dos diagramas para abordar en consulta la calidad de dichos vínculos, la satisfacción de las necesidades y la intervención social a proponer para seguir manteniendo el flujo bidireccional de este neuropéptido.

En  1953 el bioquímico premio Nobel Vincent du Vigneaud consiguió aislar y sintetizar la hormona de la oxitocina, para facilitar las contracciones uterinas. Pero en 1992 Insel comenzó a mostrar interés por esta influyente hormona, no sólo en la reproducción, parto y conducta maternal, sino también en el comportamiento social: conductas afiliativas y prosociales. De la misma forma, hoy en día, la neurociencia social y la psiconeuroinmunoendocrinología intentan explorar aún más las reacciones químicas, físicas, psicológicas y comportamentales de esta hormona conocida coloquialmente como la hormona del amor, de la afiliación, del vínculo social, en definitiva, el pegamento social

Y es que, este péptido ha sido detectado en varias estructuras cerebrales relacionadas con el sistema motivacional o de recompensa neuronal, el sistema mesocorticolímbico de la dopamina. Convirtiéndose así, en un neurotransmisor que no actúa solo, sino en conjunción con otros neurotransmisores y hormonas (Caba M. 2003), con capacidad para moldear el comportamiento social provocando cambios en nuestras relaciones sociales, afiliativas y sexuales. (Love, T.M.2014) 

Oxitocina y las relaciones sociales

Existen multitud de artículos científicos argumentando el carácter prosocial de la oxitocina como facilitadora de las relaciones sociales. Esta hormona desencadena tres efectos diferentes:

  • Ampliación de la atención a las señales sociales (Love, T.M. 2014) y mejora de la memoria social (Campbell, A. 2010).
  • Reducción de la ansiedad y el miedo (Bartz, J.A. et al. 2011).
  • Mejora de la motivación social (Depue, R.A. & Morrone-Strupinsky, J.V. 2005), el apego y la confianza (Campbell, A. 2010).

Y, por tanto, se propician así conductas de confianza, generosidad, altruismo, empatía  (Love, T.M.2014, Bartz, J.A. et al. 2011) y cooperación, se percibe a los demás de manera confiable, atractiva, accesible, y con apego. Así como, la oxitocina facilita la conexión interpersonal (por ejemplo, a través del etnocentrismo, motivación y conciencia social/sesgo de atención, mirada fija y estilo de comunicación) (Bartz, J.A. et al. (2011).

Pero, a su vez, el efecto pegamento social depende de la relación que tengamos con esa persona, es decir, depende de si nuestro vínculo con esa persona es cercano, sano y confiable y si pertenecemos al mismo círculo. Como por ejemplo el grupo familiar, grupo de trabajo o compañeros de equipo deportivo, para que funcione el efecto del pegamento social. De hecho, en recientes investigaciones se resalta el efecto antagonista de este neuropéptido que aumenta la competitividad y agresividad hacia aquellas personas que no han sido identificadas cercanas al grupo (Love, T.M. 2014), como en la incipiente competitividad  que despiertan los encuentros deportivos entre los jugadores de los diferentes equipos. También, puede tener ese efecto antagonista, cuando una persona tiene conductas que perjudican al grupo del vínculo más cercano (Levy N, Douglas T, Kahane G, et al. 2014).

Estas cualidades de la oxitocina suscitan en la neurociencia social, un considerable entusiasmo científico, aunque sigue siendo complicado encontrar evidencias, los datos sugieren que las disfunciones del metabolismo de esta hormona podrían estar relacionados con varios trastornos psiquiátricos, caracterizados por el déficits en el funcionamiento social, como: el trastorno del espectro autista, la depresión, la esquizofrenia, la ansiedad social (Bonet, JL. 2019), el trastorno por déficit de atención/ hiperactividad (Campbell, A. 2010), el trastorno obsesivo compulsivo, bulimia y anorexia nerviosa (Heinrichs, M. et al 2003).

Además de los receptores cerebrales oxitócicos, también hay receptores de esta hormona en el útero, en los cuerpos cavernosos (pene y clítoris), en las mamas, las motoneuronas del músculo pubococcígeo (Manzo, J. 2004), en el corazón y el tubo digestivo. 

Entonces, si existen receptores periféricos, también  hay acción de la hormona en estas zonas corporales. Por ello, hablar con personas de confianza, tomar un brunch en buena compañía, dar o recibir un abrazo amistoso, bailar, pasar el día con un/a amigo/a, dar o recibir apoyo social (Heinrichs, M. et al 2003), disponer un espacio cálido y agradable (Uvnäs- Moberg, K. 1998) provocan que el cerebro libere al torrente sanguíneo, altos niveles de oxitocina, estimulando así nuestra vinculación y bienestar (Bonet, JL. 2019) como consecuencia de las múltiples y constantes interacciones entre los sistemas inmunitario, nervioso, endocrino y social. 

Los ensayos y estudios en mamíferos no humanos detectan que las relaciones y vínculos estables y armoniosos generan mayor cantidad de receptores de oxitocina. Sin embargo, en las relaciones inestables existen menos receptores oxitócicos (Feldman, R. 2012). De ahí que con una calidad de relación más alta se muestran niveles más altos de oxitocina y se predicen, significativamente, incluso un mes después (Holt- Lunstad, J. et al.  2015).

Los efectos de la oxitocina demuestran la reducción de la presión arterial, de los niveles de cortisol, y de la actividad del sistema simpático, aumenta el umbral de dolor y la actividad del sistema parasimpático. Además, disponemos de un efecto ansiolítico, inducido por la hormona del amor. A su vez, ésta estimula interacciones sociales positivas de nuevo.  Su exposición repentina y continuadamente causa efectos duraderos y clínicamente relevantes en la activación de este sistema (Uvnäs- Moberg, K.1998) que hemos aprovechado a denominar la fuerza centrípeta de la oxitocina en las relaciones sociales. Stephanie Cacioppo afirma “al igual que las fuerzas entre elementos químicos, las fuerzas que operan entre individuos son difíciles de observar directamente pero se hacen visibles a través de sus efectos en los individuos” (Cacioppo, S. & Cacioppo 2012). Pudiendo provocar una cascada neuroquímica capaz de generar pensamientos, sentimientos y comportamientos de poderoso vínculo entre las personas y efectos directos sobre su salud. Si esta fuerza centrípeta es explotada desde el  trabajo social clínico, propiciará una relación terapéutica fuerte y de confianza entre ambos (terapeuta y cliente). Además, en el resto de sus relaciones, se identifica una fuente de modelado social, donde la capacidad de aprendizaje de las personas será superior a otros contextos. 

El desarrollo social

La presencia de las interacciones sociales es una y otra vez motor de búsqueda científica para tratar y resolver problemas de salud. Además, es el primer eslabón que manifiesta nuestra poderosa e influyente unicidad e interdependencia. Aquella donde se nutren, interactúan y retroalimentan nuestras cualidades culturales, sociales, emocionales, psicológicas, fisiológicas, neurológicas, inmunológicas y endocrinológicas, dando una compleja relación entre el ser humano y su medio. Motivadas razones para que el trabajo social se sumerja en la neurociencia, aportándole a ésta una amplia visión integradora de los procesos sociales.

Después de todo, las relaciones sociales son resultado de la naturaleza filogenética del ser humano, y pueden estar poniendo de manifiesto varios paradigmas sociales, que la ciencia implementa a través de ensayos clínicos. Aún no siendo la intención de este artículo, para quien desee profundizar, estos paradigmas se comienzan a esgrimir en la bibliografía de Antonio Damasio y Stephen Porges, entre otros.

Por consiguiente, y dada la importancia de las relaciones sociales nos introduciremos, mediante dos diagramas, en las cualidades indispensables de las mismas, para que faciliten la bidireccionalidad de los neuropéptidos especificados anteriormente. Las relaciones sociales son el objeto de interés para cualquier rama del trabajo social, que persigue el equilibrio saludable de las personas, familias, grupos y sus comunidades facilitando espacios de reflexión, reconocimiento y aprendizaje mutuo entre el profesional de trabajo social clínico y la persona, acercándonos así a la maravillosa red neuronal por defecto que nos permite conectarnos con el resto. 

La persona establece vínculos sociales constituyendo una red, donde se manifiestan sus relaciones más significativas, desempeña roles y status sociales. En esta red se facilita el ajuste social de la persona y se evidencian los fenómenos sociales, ideológicos, culturales y morales. Así como, se satisfacen las necesidades básicas o primarias y se favorece el acceso a la cobertura de otras necesidades sociales. Tal como recoge Dabas  “Es un sistema abierto, que a través de un intercambio dinámico entre sus integrantes y con integrantes de otros grupos sociales, posibilita la potenciación de los recursos que poseen. Cada miembro de una familia, de un grupo o de una institución se enriquece a través de las múltiples formas de relaciones que cada uno de los otros desarrolla” (Dabas, E. y Najmanovich, D.1999), siendo el intercambio entre las partes, el  núcleo y el motor que impulsa las relaciones sociales y crea el vínculo.

La sociología plantea que las relaciones sociales son intersecciones entre varios puntos cercanos o lejanos, integrados o en conflicto que se diferencian en círculos concéntricos (Herrera, M 2000). Así, en la década de los ochenta, autores como Gottlieb, Lin, Bronfenbrenner y Weiss proponen también tres contextos concéntricos  donde se fraguan las relaciones: 

El microsistema donde se dan las relaciones más íntimas y de confianza (pareja y familia nuclear) las cuales requieren de reciprocidad, compromiso y responsabilidad mutua, y satisfacen las necesidades de subsistencia y de seguridad.

El mesosistema en el cual se generan las redes sociales habituales de familia extensa, amistades y trabajo, que necesita interacción interpersonal frecuente y satisfacen la necesidad  de vinculación, desarrollo y reconocimiento de la persona, y apoyo social.

Y por último el  macrosistema donde las relaciones sociales son participativas y comunitarias a través del compromiso ideológico, cultural y moral, donde se propicia el sentimiento de pertenencia e identidad social. Cubriendo la necesidad de autorrealizacion.

Siguiendo las premisas de dichos autores con las pinceladas de Sluzki, C. (Sluzki, C. E. 2010) en “Las relaciones que un individuo percibe como significativas” podremos vislumbrar nuestra red personal significativa y nuestras necesidades, cumplimentando la siguiente representación de su teoría.

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Tabla1.- Elaboración propia basado en Sluzki,C.(2010)

En primer lugar, advertir que la figura en forma de corazón en el epicentro del diagrama de los sistemas de relaciones no es aleatoria; pues a través de nuestra marca genética, el vínculo de apego con nuestros cuidadores, la personalidad, la interacción con el ambiente, se fragua nuestra primera relación, la que tenemos con nosotros/as mismos/as. Ésta condicionará el nexo, acceso, disposición y concentración de los demás sistemas relacionales, favoreciendo el repertorio de los vínculos interpersonales y emocionales a lo largo de nuestra vida (Martino, P. 2014). Por ello, el corazón en el epicentro ha sido introducido por la autora para que sea valorada también esta trascendental relación contigo mismo/a.

Este diagrama puede ser utilizado en consulta o de forma autónoma por el cliente. Siendo la primera la más provechosa para generar, desde una visión propia (la del cliente), su red significativa, autorellenando los tres círculos (interior, intermedio y externo) en cada una de sus vertientes/ambientes (familiar, relaciones de amistad, relaciones laborales y relaciones comunitarias) de nombres propios de personas significativas en su vida. Y aunque pudiera parecer la génesis entre un genograma y un sociograma, queda bastante lejos de esta realidad, pues potencia la activación neuronal de la llamada red por defecto, que ofrece al cliente un contexto de reflexión y conexión con los demás.

Sin embargo, en las entrevistas clínicas basadas en el genograma, sociograma o similar, podemos impregnar nuestra relación terapéutica de la desagradable evocación de recuerdos biográficos, relacionales y emocionales engendrados en el dolor, conflicto, maltrato, ruptura, duelo, venganza, etc. Que se suele generar durante la descripción de relaciones rotas, tóxicas o de maltrato provocando una sobreactivación neuroquímica, al poner en jaque una vez más la circuitería neuronal del dolor social y de la supervivencia.   Reactivando la amígdala cerebral,  el eje hipotálamo hipofisario adrenal (HPA) y respuestas inflamatorias inapropiadas, un dispositivo neuronal de emergencia que suele estar normalmente sobreactivado en el cliente, ya que ha alertado al mismo/a en innumerables ocasiones anteriores, de que sus relaciones sociales han sido dañadas. Por lo que, la entrevista profesional basada en el rastreo sistemático de las relaciones para elaborar la historia social puede dar lugar a un nefasto efecto sobrevenido y de daño colateral. Ya que, esta señal primitiva está enraizada a la supervivencia del individuo y relacionada con  su  aprendizaje, memoria, emociones, funciones ejecutivas (planificación, ejecución, evaluación), autoconsciencia, toma de decisiones y empatía, entre otras (Araya, M.A. 2021)

Por lo que, se recomienda realizar otras intervenciones clínicas menos preceptivas  invasivas y lesivas para el cliente, como la exploración natural de su red más significativa, en la que se apoyará un trabajo social clínico desde las fortalezas y oportunidades del cliente.

Bibliografía 

  • Araya, M.A. (2021) “ La simbiosis perfecta: neurociencia y trabajo social”. Revista Trabajo Social Hoy, No 94. Colegio Oficial de Trabajo Social de Madrid.
  • Bartz, J.A. et al. (2011) “ Social effects of oxytocin in humans: context and person matter“ Trends in Cognitive Sciences, Vol. 15, No. 7. Elservier, DOI:10.1016/j.tics.2011.05.002.
  • Bonet, JL. ( 2019)”Cerebro, emociones y estrés. Las respuestas de la psiconeuroinmunoendocrinología”. Ediciones B Argentina SA
  •  Caba M. (2003) “ Oxitocina: la hormona del amor materno”. La ciencia y el hombre revista de divulgación científica y tecnológica de la Universidad Veracruzana voz XVI n 1. 
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  • Cacioppo, S. & Cacioppo (2012) “ Decoding the invisible forces of social connections“ Frontiers Integrative Neurosci. 2012; 6: 51. doi: 10.3389/fnint.2012.00051
  • Dabas, E. y Najmanovich, D. (1999). Redes el lenguaje de los vínculos. Hacia la reconstrucción y el fortalecimiento de la sociedad civil. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
  • Depue, R.A. & Morrone-Strupinsky, J.V. (2005). “A neurobehavioral model of affiliative bonding: Implications for conceptualizing a human trait of affiliation”. Behavioral and Brain Sciences, 28, 313-395. 
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  • Herrera, M (2000) “ Relación social como categoría de las ciencias sociales”. Reis. Revista Española de Investigaciones Sociológicas. núm. 90, pp. 37-77. Ed Centro de Investigaciones Sociológicas.
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  • Holt- Lunstad, J. et al. ( 2015) “Relationship quality and oxytocin: Influence of stable and modifiable aspects of relationships”. Journal of Social and Personal Relationships 2015, Vol. 32(4) 472–490.
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  • Love, T.M. (2014) “Oxytocin, Motivation and the Role of Dopamine”.Pharmacol Biochem Behav. 2014 April ; 0: 49–60, NIH Public Access. DOI:10.1016/j.pbb.2013.06.011.
  • Manzo, J. ( 2004)“ Testosterona, química cerebral y conducta sexual masculina”. Comunicación libre. Revista Ciencia de la Academia Mexicana de Ciencias. México.
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Málaga, 19 de julio de 2022

Gabriela Orrego Sánchez
Trabajadora Social- estudiante del máster universitario de Igualdad y Género. Universidad de Málaga.

Laura Domínguez de la Rosa
Profesora contratada doctora. Departamento de psicología social, trabajo social y servicios sociales y antropología social.
Universidad de Málaga

Las redes sociales online constituyen una parte fundamental de nuestra cotidianidad. Desde que las tenemos al alcance de nuestros teléfonos móviles se han hecho indispensables para el correcto desarrollo de las interacciones sociales. A través de estas, no sólo tenemos la posibilidad de mantener una conexión continua con nuestros contactos, sino que también podemos diseñar nuestra propia plataforma de autorrepresentación en la que exponemos al público nuestra identidad en función de lo que deseamos o no deseamos mostrar (Renau et al., 2012).

Tal es su importancia en nuestro día a día, que la falta de participación en las mismas te excluye de algunas circunstancias y situaciones que inevitablemente requieren de su uso, y ante nuestro natural instinto de pertenencia social, la tendencia a la cibernavegación se incrementa a niveles impensables. De acuerdo con Flores y Browne (2017), el tiempo dedicado a la navegación y la creación de nuevos perfiles va en aumento continuo, puesto que se calcula que un 75% de los y las cibernautas menores de veinticinco años disponen de una cuenta en alguna red social. Además, los autores enfatizan en la importancia que la juventud le otorga a dichas plataformas, al considerarlas esenciales para el mantenimiento de una vida social satisfactoria.

Si bien son innegables las facilidades que ofrecen y los múltiples beneficios que suponen, es indiscutible que la dinámica bajo la cual operan no es del todo tan buena, pues a estas alturas ya son bien conocidos algunos de los inconvenientes más frecuentes que apelan principalmente a la población más joven. Adicciones, problemas de privacidad, uso de la información personal, discursos de odio, discriminación, ciberacoso, entre muchos otros problemas se han convertido en el pan de cada día, y haciendo un análisis desde la perspectiva de género, fácilmente podemos localizar infinidad de desigualdades y violencias que impactan a las mujeres a niveles claramente destacables.  

Para identificar el origen de dichas desigualdades en un entorno a primera vista inofensivo es necesario remitirnos a los años setenta, época en la que el sociólogo Pierre Bourdieu acuña el término “violencia simbólica” para referirse a un tipo específico de dominación social en el que las personas sujetos oprimidas no son conscientes de la violencia ejercida. La realidad es que este tipo de violencia es difícil de identificar debido a que opera, como su propio nombre lo indica, en un campo simbólico que no requiere de expresiones físicas, pues se basa en la imposición de significaciones supuestamente inofensivas e incluso necesarias para la supervivencia que actúan como medio de comunicación y entendimiento del mundo social (Bourdieu, 2002).

Pero ¿Qué tiene que ver esto con las redes sociales? Pues bien, más de lo que nos imaginamos. Si analizamos la creciente popularidad de la autorrepresentación virtual, sumada a la sobreexposición de imágenes, la mercantilización corporal y la imitación de determinados referentes estéticos, nos daremos cuenta de que esto ha pasado a convertirse en una dinámica naturalizada de expresiones egocéntricas y neonarcicistas que generan graves consecuencias (Finol y Hernández, 2015).

Más allá de un inofensivo juego exhibicionista, estos patrones de comportamiento virtual esconden interacciones asimétricas plagadas de estereotipos de género en el que se aprecian claras diferencias en el tipo de representación que se le otorga a hombres y mujeres, pues, mientras los chicos publican fotografías que transmiten fuerza (focalizando la musculatura), las chicas publican imágenes que realzan la belleza y la feminidad (labios, piernas, escote, etc.) (Flores y Browne, 2017). Tal y como opera la violencia simbólica, estas manifestaciones parten de concepciones altamente diferenciadas entre sexos, estableciendo líneas fronterizas que determinan las significaciones de la feminidad y la masculinidad (significaciones usualmente limitantes y excluyentes).  

El papel de la imagen en la reproducción de estereotipos es en definitiva de las más influyentes, ejemplos de ello podemos encontrarlo en aplicaciones o apps de citas, como Tinder. Según explica la periodista Beatriz Serrano (2019), este tipo de redes en repetidas ocasiones han antepuesto sus intereses comerciales por encima de la integridad de sus personas usuarias, exponiendo a las mismas a un juego de mercantilización estética. A diferencia de las compañías competidoras como OkCupid o Meetic, Tinder premia la imagen sobre el discurso, imágenes estereotipadas cuyo éxito en la búsqueda del amor dependerá del cumplimiento de los normotipos corporales. ¡!Ojo a este último dato! porque ya no sólo estamos hablando de dinámicas ejercidas por las propias usuarias y los propios usuarios, sino de manipulaciones algorítmicas discriminatorias que pueden ser controladas por las mismas compañías.

El siguiente planteamiento ante estos hechos podría ser: ¿Cómo se traduce esto en violencia? Y la respuesta está en las consecuencias que se generan. De acuerdo a las investigaciones de Cohen et al. (2017) la cantidad de tiempo que la juventud destinan a la visualización de imágenes consideradas atractivas se relaciona de manera directa con la insatisfacción corporal, siendo las plataformas enfocadas en la fotografía, aquellas que más promueven la internalización de los ideales de delgadez. El problema se agrava cuando analizamos la relación de estas dinámicas con determinados trastornos de la conducta. Tabares (2020) confirma el gran riesgo que suponen tanto en la aparición como en el agravamiento de los TCA (Trastornos de la Conducta Alimentaria), haciendo énfasis en la bulimia y la anorexia.

Ahora bien, los TCA no son los únicos problemas que retoman protagonismo, puesto que incluso están apareciendo nuevos tipos de Trastornos como consecuencia directa de la sobreexposición de imágenes y la autocontemplación corporal. “Dismorfia de Snapchat” es el nombre otorgado al trastorno dismórfico que genera en las personas usuarias una obsesión por modificar su apariencia según la imagen perfeccionada que visualizan de sí mismos a través de los filtros. Sarabia (2018), sostiene que este es experimentado por alrededor de un 2% de la población y se agrupa dentro del Espectro Obsesivo Compulsivo. Como era de esperarse, esto ha provocado un aumento de pacientes en las clínicas estéticas estadounidenses.

Vemos pues, como aquello que comienza como un patrón simbólico en el que los y las sujetos supuestamente de manera libre e independiente expresan su identidad y muestran al mundo la mejor versión de sí mismos ajustando a su gusto la pose, el filtro y el encuadre (Murolo,2015), trasciende posteriormente a consecuencias en la salud física y mental. Es justo de esta manera como trabaja la violencia simbólica, cuya aparente normalidad constituye su arma más letal, convirtiendo en cómplices a las propias personas oprimidas, todo ello a través de un proceso sincrónico de desconocimiento y reconocimiento que legitima la desigualdad (Fernández, 2005).

 Es de vital importancia recalcar que son las mujeres las que se ven mayormente afectadas ante esta situación. Peris et al., (2016) señalan que la histórica presión sociocultural bajo la cual han estado sujetas las convierte en un perfil de riesgo emocional muy diferente al de los hombres. De hecho, el propio Pierre Bourdieu decidió extender el concepto de violencia simbólica hacia la dominación masculina, al considerar que las asimetrías en la jerarquización designadas a los sexos permitían comprender con claridad la economía de los intercambios simbólicos (Bourdieu, 2000). En efecto, son las mujeres las que mayormente han soportado el peso de la normatividad estética, en un intento por definir su “feminidad” bajo restrictivos cánones sociales.

Desafortunadamente, dichos patrones de violencia hacia las mujeres no se ven reproducidos únicamente en la imagen sino también en el discurso. Basta con navegar por plataformas como Reddit, Forocoches, Varones Unidos o mgtow.com para encontrarse con infinidad de debates degradantes y sexualizados hacia estas. Philips (2019) manifiesta que el ataque hacia el movimiento feminista se hace aún más evidente, pues son habituales los insultos, las burlas y hasta las amenazas de muerte o violación. Pero no es necesario adentrarse en estos foros no tan conocidos para descubrir que el discurso en las redes sociales no va precisamente a favor de las mujeres, si nos trasladamos a Instagram, una de las redes más populares del momento, también encontraremos disparidades.

De acuerdo a una investigación publicada por la universidad de Columbia en el año 2018, los hombres tienen 1,2 veces más probabilidades de percibir mensajes y comentarios positivos en sus fotografías, además, las publicaciones de las mujeres reciben cada vez menos representación pese a constituir la mayoría de la muestra. Según afirman los investigadores, los algoritmos absorben patrones repetitivos y los reproducen a gran escala, contribuyendo así a la invisibilización de la participación femenina (Stoica et al., 2018). No bastando con esto, si redirigimos la mirada a Facebook, otra de las redes sociales más populares, nos toparemos con algunos registros de demandas impuestas por discriminación, tal y como ocurrió en el año 2019 al descubrirse que algunos de sus anuncios publicitarios, en relación a servicios financieros e inmobiliarios, se publicaban con menos frecuencia a las personas usuarias de bajo interés mercantil, para lo cual se tenía en cuenta la raza, la nacionalidad y, como era de esperarse, el género, traduciéndose esto en menores oportunidades de crecimiento financiero para las mujeres (Pinto, 2019).

Una mirada desde el Trabajo Social

Habiendo analizado todo lo anterior nos queda preguntarnos ¿Qué papel cumple el Trabajo Social en toda esta problemática? La realidad es que aún queda bastante camino por recorrer para dar respuesta a dicha cuestión, no obstante, atendiendo a la promoción de la igualdad y la justicia social como principios fundamentales de la profesión, nuestra implicación se hace ineludible, ya que además de constituir una problemática de índole social, del nivel de comprensión de esta dependerá la efectividad del accionar profesional.

Algunas de las redes sociales mencionadas con anterioridad conforman espacios dinámicos, de fácil accesibilidad y gran capacidad de adaptación al cambio que representan una gran oportunidad en el marco de la intervención. Además, la propia naturaleza bajo la cual operan actúa en gran parte a nuestro favor, ya que su alta capacidad de difusión facilita la puesta en marcha de acciones de mayor alcance que refuercen algunos de los pilares básicos de la disciplina como la ampliación de redes apoyo y el fortalecimiento de las interacciones sociales.

Tal y como se ha venido señalando, es indispensable tener en cuenta que nos enfrentamos a un medio que en sí mismo constituye un espacio de riesgo ante la reproducción de estereotipos y formas de discriminación, sin embargo, las intervenciones que se planteen no deben estar dirigidas a la demonización de estos medios, sino a la concienciación respecto a las oportunidades que ofrecen. Se trata simplemente de aprender a sacar provecho de estas plataformas de la forma correcta y enseñarle a la comunidad a utilizarlas de manera consciente, responsable y bajo una perspectiva de género.  Cabe resaltar que sólo adentrándonos en el mundo de las redes sociales desde el punto de vista de las personas usuarias que la utilizan, podremos construir planes de acción verdaderamente atractivos para la comunidad más joven.

Ante la polivalencia que caracteriza a la profesión, la aparición de nuevos tipos de violencia a raíz de las dinámicas virtuales no constituirá un impedimento en nuestro desarrollo, ahora bien, la improvisación no es la solución, por lo que ello no nos exime de hacer frente a los cambios sociales mediante el replanteamiento continuo de nuestro de accionar. Ahora más que nunca se hace necesaria una revisión profunda de nuestras metodologías clásicas y su efectividad en las problemáticas sociales emergentes. Como bien afirmaba Arriazu (2007) la inmersión en nuevos terrenos de investigación inevitablemente implicará épocas de incertidumbre e inseguridad profesional, sin embargo, teniendo en cuenta el terreno en el que se pretende ahondar, nuestra motivación debe basarse en las infinitas posibilidades ya señaladas.

BIBLIOGRAFÍA

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Cohen, R., Newton-John, T. & Slater, A. (2017). The relationship between facebook and instagram appearance- focused activities and body image concerns in young women. Imagen corporal, 23, 183-187. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2017.10.002

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Huelva, 22 de febrero de 2022

José Luis Gil Bermejo
Trabajador Social, Sociólogo y Psicólogo

Concha Álvarez Sánchez
Trabajadora Social

Rocío Menéndez Picón
Psicóloga

Instalarse en el “no saber” es fundamental para la eclosión de la creatividad, 
para el abrirse a nuevas posibilidades»
(Kisnerman, 1999)

«Sé cómo tú eres, de manera que puedas ver quién eres y cómo eres. 
Deja por unos momentos lo que debes hacer y descubre lo que realmente haces»
(Perls, 1973)

Introducción

Estamos viviendo momentos que, sin ser conscientes de ello, nos lleva ante una vida de incertidumbre generalizada, donde la planificación a largo plazo resulta ilusoria e irreal, lo que antes pertenecía a lugares vulnerables del sistema social establecido, ahora se muestra presente cada vez más en nuestra vida cotidiana con la llegada de la pandemia y sus efectos socio-políticos. Quizás nuestra profesión esté acostumbrada a mirar muy de cerca la incertidumbre, la vulnerabilidad, la exclusión o la supervivencia desde lo precario, así como medidas políticas institucionales que fomentan la desigualdad social, por lo que quizás, algo de todo lo que está pasando a nivel general, dentro de nuestro ser, nos confiere cierto conocimiento para ver las cosas de otra manera.

Escribimos este artículo desde una mirada interior, atendiendo a nuestro ser de forma integral, tanto en el plano emocional, corporal como racional, dándonos cuenta como muchas veces el cansancio físico o  las tensiones corporales nos han recordado de manera individual que quizás quiero dejar la profesión, o que me enfrento diariamente a una soledad institucional que va agotando mis recursos tanto emocionales como racionales, o quizás, justo lo contrario, mi cuerpo y mi ser sienten la satisfacción que me produce ayudar a los demás o el gusto por trabajar en un equipo de trabajo humanizado, así como muchos otros planteamientos, nada sencillos que me han podido surgir en mi biografía personal desde el momento en el cual decidí estudiar o trabajar en la llamada intervención social. 

Desde esta mirada, analizaremos el contexto donde nos movemos como profesionales del trabajo social, en torno a la desigualdad social y la relación de ayuda. Por otra parte, abordaremos el concepto de supervisión profesional de acompañamiento y cuidado propio, analizando alguno de los lugares críticos más comunes de nuestra profesión donde se hace necesaria la supervisión para, finalmente, establecer un modelo que pueda servir como orientación ante nuestro trabajo cotidiano.

Momentos y relatos de la actualidad

La exclusión social es un término de importante resonancia en nuestra sociedad etnocentrista y global neoliberal, ya que en nuestro imaginario se sitúa la inclusión/ exclusión dentro de una sociedad supuestamente desarrollada, en base a unos indicadores económicos que determinan el estar dentro o fuera de la misma. Sería disparatado y complicado hablar de exclusión social en una comunidad indígena en el Amazonas o en una sangha budista en el Tíbet, y si lo hiciéramos, nuestro significante de riqueza tomado en términos económicos sería de lo más paupérrimo (Gil, 2010).

La creciente desigualdad de las sociedades posmodernas poco a poco desdibuja el concepto de clase social, siendo ahora la exclusión social, una realidad que a diario afecta cada vez a más personas que se muestran con incertidumbre hacia el futuro. Dentro de esta incertidumbre, libertad precaria e individualismo, se va forjando la sensación de estar en permanente riesgo, (Bauman y Tester, 2002) asumiendo cada vez mayor tolerancia al riesgo y la desigualdad, propiciando una pérdida de la sensibilidad entre las personas (Bauman y Donskins, 2015). Además, en estos tiempos se nos “vende” la exigencia de “salir de la zona de confort”, o se nos hace responsables de nuestros propios males, detrás de toda una industria de la llamada “psicología positiva” (Gil, 2018).  Parece que la incertidumbre es un valor en alza, por paradójico que suene, en esta creciente mediocretización que limita progresivamente una actitud creativa en esta sociedad (Perls, 1975 y 1976).

Ante este panorama de inseguridad e incertidumbre algo tiene que cambiar. Si el entorno se muestra poco cuidador, será necesario identificar a un sistema que en sus discursos y prácticas avala y justifica argumentos vinculados a la penalización de la pobreza, a la judicialización de la vida cotidiana y a la criminalización de la protesta social (Cerruti y Silva, 2013), para que de esta forma exista una mirada crítica que favorezca un mayor cuidado y justicia social. 

Así pues, nuestro posicionamiento no solamente puede estar en la cognición y comprensión de situaciones de manera individualizada, sino en estar presentes también en la observación desde lo emocional y corporal, pudiendo ver a las personas que nos rodean, en lo pequeño, en la quietud del presente, del aquí y ahora, poniendo en alza la observación y el cuidado de la vida hacia una y uno mismo como hacia los demás y de esta forma, con una mayor conciencia de sí, podríamos aspirar a una convivencia colectiva menos patriarcal y por ende más humanizada (Naranjo, 2010).

El cuidado y la ayuda como esencia de nuestra identidad

El Trabajo Social, como ámbito de la intervención social, se establece como disciplina teórica y profesional dentro de la dinámica psico-social de ayuda en la relación cuidado (Gil, 2016). Hablar del cuidado dentro de la intervención social, supone un componente ético y relacional importante, no solamente hacia las personas que atendemos, sino también hacia nosotras y nosotros mismos, suponiendo el cuidado un eje central de nuestra identidad profesional, así como para lo que llamaremos posteriormente, la supervisión de apoyo. 

Si volvemos al cuidado como algo más cotidiano, más hacía el cuidado hacia sí misma/o, respecto a esta cuestión, Foucault (1984) señala cómo el autocuidado se ha relacionado con el egoísmo, el interés individual y el placer, en contraposición, a lo que podría ser más deseable socialmente, y más en nuestro contexto de la intervención social, donde el sacrificio hacia los demás, parece haberse convertido desde los inicios de la profesión, en una entelequia profesional que se aleja del cuidado propio y en definitiva de nuestro ser.   

Así pues, y empezando a dar forma a lo que entendemos en relación con el concepto de cuidado y haciendo un análisis desde un contexto feminista (Gilligan, 1985), podemos resaltar una serie de características sobre que sería el cuidado en la relación personal y profesional (Comins, 2003; Mesa, 2005): 

  • Consideración de ser y estar en relación: como ser social, más allá del individualismo, apostando por la autonomía personal que fomenta el cuidado mutuo, el cuidado a los demás y a su entorno.
  • Tomar un enfoque sensitivo hacia el contexto: el contexto del cuidado incluye a todas las partes relacionadas, quien cuida y quien es cuidado, atendiendo a las subjetividades de cada cual, va más allá de la situación concreta del cuidado abarcando espacios micro y macro, públicos y privados.
  • Preocupación por los demás: una preocupación que va más bien hacia una sensibilidad o responsabilidad hacia la humanidad, lejana o cercana de cada cual.
  • Sentimientos y razón: donde el pensamiento y la emoción se unen a lo que sucede en nuestro entorno en el momento de tomar decisiones y actuar, la comprensión de situaciones que ocurren en los contextos de ayuda no solo pasa por la razón, necesitan de una mirada propia hacia las emociones que nos surgen.
  • Orientación hacia dilemas reales: reconocer el conflicto y los dilemas del mundo relacional nos posibilita una actitud realista de los lugares en los cuales intervenimos. 

Por ello, la propuesta que hacemos sobre el cuidado, en los contextos profesionales de intervención social, así como en otras áreas de actuación, es dar la importancia y significado al cuidado desde las siguientes orientaciones (Gil, 2018):

  • Ser conscientes del cuidado hacia sí misma/o, como una forma de comunicación propia con las necesidades, deseos y sentimientos que tenemos. Desde este lugar podemos cuidar a los demás a través de nuestra propia experiencia vivida del cuidado.
  • Ruptura de un esquema del cuidado polarizado, yendo más allá de formas lineales de poder (entre quien cuida y quien es cuidado), donde culturalmente se asocia el cuidado a la dependencia o debilidad, apostando por un modelo de cuidado no lineal y contextual, sin posicionamientos de poder a priori, que se generan de manera natural por nuestro posicionamiento institucional de profesional hacia las personas que atendemos. 
  • Ser consciente de nuestra presencia, en el aquí y ahora, dando lugar a nuestros pensamientos, emociones y cuerpo, de manera conjunta, más allá de la racionalización de lo que nos pasa y por qué nos pasa, que en ocasiones nos limitan y obstaculizan de alguna forma la creatividad.  Las filosofías orientales y corrientes psicológicas humanistas nos muestran como importante cultivar el poder estar en presente, en el aquí y ahora, en lo que nos pasa a nivel cognitivo, mental o corporal, lejos de atender la llamada a la acción del ego, del deber o de lo que esperen las demás personas (Naranjo, 1990; de Casso, 2003).

Desde esta visión y acercamiento, se establecería lo que entendemos por supervisión profesional, tomando el concepto del autocuidado, como una mirada hacia nuestro ser personal que se desarrolla profesionalmente en el día a día ante el encuentro con lo humano y la desigualdad social. Sin duda todo ello otorga a nuestra profesión una complejidad admirable y a veces poco reconocida socialmente.

La Supervisión en el Trabajo Social

Si buscamos la etimología de la palabra supervisión nos lleva al latín, donde super significa sobre y vidêre, mirar o ver. Según Aristu (1991) se trata de una “visión desde arriba”, que permite observar con una mayor claridad lo que está pasando (Porras, 2016). 

La supervisión se remonta a las pioneras del trabajo social, Octavia Hill y Mary Richmond, las cuales ya realizaban esta labor, a través del llamado trabajo social de casos (Fernandez, 1997; Puig, 2011). A partir del siglo XX, existen diferentes formas de prácticas de supervisión en el Trabajo Social, con diferentes perspectivas como la administrativa (Dimock y Trecker, 1949), la educativa o la de apoyo (Perlman, 1969; Kadushin, 1985), desarrollándose de manera cada vez más compleja hasta nuestros días (Escartín, Lillo, Mira, Suárez, y Palomar, 2013). 

De una manera sencilla describiremos a continuación estos tres tipos de supervisión (Dawson, 1926; Kadushin,1992; Otegui, 2008):

  • La función más básica de la supervisión administrativa es garantizar que se realice el trabajo. La mayoría de las/los profesionales del trabajo social, reciben este tipo de supervisión en sus entidades siendo fundamental para mantener el funcionamiento de la institución. No solamente se transmiten saberes en los procedimientos y tareas a realizar, sino también cuestiones de la cultura institucional de cómo comportarse y proceder en el ejercicio diario profesional, como si se tratase de un currículum oculto educativo. 
  • La supervisión educativa se encarga de enseñar los conocimientos, habilidades y actitudes importantes para las tareas propias a la profesión, si bien antes, en la supervisión administrativa se miraba a la institución, aquí se mira a los conocimientos propios del Trabajo Social. El objetivo principal es disipar el desconocimiento y mejorar la habilidad profesional. El proceso clásico involucrado en esta tarea es fomentar la reflexión y la exploración del trabajo, desde diferentes corrientes teóricas o miradas posibles en la intervención social (psicoanálisis, terapia familiar sistémica, cognitiva-conductual, humanista, donde se incluye la terapia Gestalt, así como otras perspectivas de corte psicológico o miradas de intervención social de corte crítico).  
  • Por último, la supervisión de apoyo:  esta supervisión está muy en relación con las dos anteriores, el objetivo principal es mejorar el bienestar personal y la satisfacción laboral (Kadushin, 1992). Se considera que las/los profesionales del Trabajo Social se enfrentan a una variedad de tensiones relacionadas con el trabajo que pueden afectar de manera personal y en el trabajo diario, repercutiendo en las personas que atendemos a través de una progresiva desvinculación de nuestros sentimientos que van distanciándose de las situaciones ajenas, propiciando una desconexión recíproca con nuestras propias emociones y las emociones de la persona a la cual acompañamos. La persona que supervisa debe ir más allá de la información recibida (Lillo, 2007) para poder entrar en lo profundo desde lo aparente. 

Teniendo en cuenta esta clasificación de la supervisión profesional en el trabajo social, Puig (2011), siguiendo a Barenblit (1997), establece una serie de características que abordaría la misma, entre ellas: la reflexión sobre la tarea que se realiza, fomentando un pensamiento crítico del cómo y para qué se hacen las cosas, abriendo una posibilidad de realizar propuestas de cambio o mejora; la resolución de conflictos, tanto institucionales como profesionales con las personas que se atienden o incluso personales relacionados con situaciones laborales, donde es evidente que el trabajo con las personas nos va a movilizar; el fomento del autocuidado sería otro de los aspectos muy en relación con la supervisión profesional, una cuestión muchas veces olvidada, donde es importante mantener la premisa de cómo cuidar partiendo del autocuidado o bien permitiendo que nos cuiden. 

No podemos olvidar, desde un posicionamiento crítico, que la supervisión puede ser vista como un sistema de control y limitante para la/el profesional, donde la figura jerárquica de quien supervisa puede imponer su poder, no solo por el lugar que ocupa en la institución si no por la información confidencial e íntima que se comparte en un espacio de supervisión (Andreuci, 2014). Obviamente en este caso no hablamos de supervisión profesional, ya que se perdería uno de los elementos que entendemos como esenciales en la supervisión, el acompañamiento desde el cuidado y la confidencialidad

La complejidad profesional y su supervisión

Si nos detenemos más profundamente en nuestra profesión, podemos observar cómo ésta se encuentra llena de contradicciones que en ocasiones nos relacionan de manera compleja a todo lo que sucede. Nos encontramos por una parte con la cara más cruda de la desigualdad social del entorno, donde nuestro posicionamiento profesional se sitúa por una parte como referente institucional, y desde dicha institución con sus respectivos enclaves culturales y simbólicos que supuestamente para bien o no tan bien, debemos seguir, donde se habla de: casos conflictivos, problemáticas, colectivos, recursos, procedimientos, expedientes, codificaciones, gestiones, prestaciones y un cúmulo de etiquetas que ponemos a las realidades que se muestra a través de las personas que día a día pasan por nuestra atención (Gil, 2011). Por otra parte, el sujeto profesional como ser personal, se encuentra entre esta tesitura de dar una respuesta institucional a una demanda que aparece de manera continua, o quizás, desde el sentido común profesional, dar una respuesta más coherente a lo que vemos. 

Ante el contexto de desigualdad social estructural y coyuntural, la complejidad de la demanda, unida a la imposibilidad de dar respuesta para paliar las numerosas situaciones de violencia estructural ante las que nos encontramos, se produce un desbordamiento profesional, todo ello unido, en muchas ocasiones, a la presión institucional o de la situación, donde lo urgente se convierte en cotidiano y el hacer, en ocasiones, se superpone al razonamiento previo o una planificación racional y coherente. Por supuesto, los sentimientos que nos pueden surgir con todas las personas que estamos en contacto y ante situaciones tan vulnerables, parece que quedan en un segundo lugar, como si se tratase de un aspecto personal contraproducente para atender tanta complejidad y situaciones devastadoras. ¿Dónde quedan las emociones que generan las personas que comparten, en gran medida, tanta intimidad, con nosotras/os?, si recuerdo mis comienzos profesionales, ¿qué emociones me surgen? Estas preguntas residen en nuestro ser, más allá de la posible deshumanización que se genera, en el llamado burn out o síndrome de estar quemado profesional, al estar en contacto continuo con personas ante la incapacidad de satisfacer las demandas constantes (Leiter, Maslach & Frame, 2014).

En los párrafos anteriores describíamos una parte con la que nos encontramos a nivel externo, con la realidad que trabajamos, pero hay otra realidad, y es el dónde trabajamos, el ámbito de la intervención social. Existe una paradoja dentro del ámbito laboral de la intervención social cada vez más presente, su precariedad laboral, una precariedad que afecta a la temporalidad e inestabilidad de las plantillas de trabajo, las cuales requieren una fuerte formación y compromiso dada la complejidad que requiere las profesiones de la intervención social. La precariedad no solo está ligada a las condiciones laborales, sino que también genera exclusión social entre la plantilla de trabajo, a través de la división y jerarquización de equipos de trabajo donde cada cual, puede llegar a tener mejores o peores condiciones laborales realizando una misma tarea, por lo general en la atención directa, dependiendo también del tipo de contrato, de la vinculación con la administración o por razón de sexo (Gil, 2018).

La institución profesional nos dota de un espacio, de un lugar de “ser” profesionales del Trabajo Social, con un consiguiente código deontológico, que aparentemente es respetado y asumido por la propia institución. Nuestro “deber” a la misma es constante, desde una actitud de sometimiento, consentimiento o contra-institucional (enfrentándonos o culpabilizando a la institución de la frustración que genera nuestro ejercicio profesional), pero la respuesta siempre existe, en acción u omisión, existiendo una vinculación emocional (Gil, 2011).

Otras cuestiones que inciden en la profesión y que de manera implícita nos siguen marcando en nuestro día a día son las diferentes circunstancias que se pueden dar de manera común como: una profesión reproductiva, del ámbito del cuidado, feminizada, de procedencia de clases sociales obreras y cuestionadora del sistema hegemónico. Todo ello puede conformar una identidad profesional muy interseccionalizada, siendo una profesión con un estatus poco reconocido, a nivel social y de poder de negociación político. 

Todo esto se pone de relieve en nuestro ejercicio profesional, en nuestro día a día, en las relaciones con las personas que atendemos, con las y los compañeros que nos relacionamos, la cultura institucional, jerarquías y estructuras, políticas sociales y realidad dentro de esta sociedad posmoderna antes y después de la pandemia, aquí y ahora. Entendemos que ante esta complejidad de nuestro trabajo, una vez realizado este breve análisis, requiere un acompañamiento, un cuidado, una supervisión, desde su función administrativa y educativa, en un primer nivel, y en un nivel más profundo a través de la supervisión de apoyo, ya que trabajamos con personas que nos suscitan preguntas, respuestas, vínculos, rechazo, y un sinfín de reacciones, corporales, emocionales y mentales, desde una práctica de supervisión basada en la evidencia (Mo, O’Donoghue, Wong y Tsui, 2020). 

Por otra parte, la supervisión profesional debe ir más allá de la mejora del rendimiento profesional, medido en el logro de la competencia en la prestación de una atención de mayor calidad (Morrison, 2003). La supervisión de apoyo es la que nos lleva a toda esta reflexión y ante la cual vamos a proponer una serie de cuestiones al respecto, para esclarecer lo que pueden ser líneas básicas de la misma.

La supervisión en Trabajo Social desde una mirada Gestáltica

Partiendo de todas las reflexiones a las que hemos ido llegando a lo largo de este artículo, la corriente teórica-práctica que nos parece más oportuna para este tipo de trabajo es la proporcionada por la psicología humanista, en concreto a través de la psicoterapia grupal de la terapia Gestalt. Zinker (1977) señala una serie de objetivos que se pretenden alcanzar desde esta orientación:

  • Fomentar una mayor conciencia de sí misma/o como persona: corporal, emocional y ambientalmente. 
  • Conocer cuando proyectamos nuestros deseos o necesidades en los demás. 
  • Acercarnos a darnos cuenta de las necesidades, y a desarrollar los mecanismos y las destrezas necesarias para conseguir su satisfacción, sin atentar contra las de los demás. 
  • Desarrollar y fomentar la capacidad de apoyo en una/o misma/o sí misma/o en vez de recurrir a responsabilizar a los demás, para conseguir lo que deseamos.
  • Poder estar más sensible ante lo que le rodea, al mismo tiempo que aprender a desarrollar aquellos mecanismos o corazas que le protegen contra las situaciones negativas, poniendo límites.
  • Aprender a asumir la responsabilidad de nuestros actos y de las consecuencias de estos. 
  • Sentir más comodidad en contacto, creatividad y espontaneidad. 
  • Tomar una mayor conciencia en armonizar nuestros deseos, pensamientos y actos, con el fin de sentirnos más a gusto con quienes somos y con lo que hacemos.

Para ello contaremos con las herramientas que nos proporciona este enfoque, las cuales nos permiten crear espacios presentes en el aquí y ahora, así como del darse cuenta de lo que ocurre con cada situación o caso a supervisar, utilizando una metodología donde puedan entrelazarse los espacios de una forma más expresiva, creativa, y donde el juicio evaluativo se encuentre lo menos presente. Estas herramientas nos posibilitan orientarnos hacia una co-visión y un espacio más horizontal de conocimiento, donde el equipo de trabajo pueda sentir estar en un lugar más seguro y de cuidado personal. Un espacio donde la sororidad se posicione frente a la competitividad, creando espacios de mayor entrega y solidaridad conmigo y con la persona que tenemos enfrente, pudiendo crear un encuentro entre nosotras/os más real. 

Se pretende pues, que durante el desarrollo de dicho encuentro, podamos contemplar un espacio de toma de contacto no solo con nuestras cogniciones, sino también con las emociones y las conductas relacionadas y entrelazadas con mis pensamientos, por otra parte nos posibilitará conocer nuestro cuerpo, como cuerpo profesional que cada mañana camina hacia el territorio de la intervención social, el que nos libra de batallas y donde se aposentan las miserias y glorias de nuestra propia historia (Carbajal, 2011).

En un momento tan crítico donde la pandemia nos ha traído y nos vuelve a mostrar cada día que nuestra experiencia sólo puede ser aquí y ahora, es necesario acercarnos más genuinamente a la realidad que nos rodea, creando espacios más horizontales y humanizados, donde el trabajo social y cada persona que está corporeizando la profesión pueda hacerlo de una manera más liberadora y en sintonía con su deseo.

Conclusiones

La relación de ayuda implica una deconstrucción de la práctica del trabajo social actual, la cual viene estando muy relacionada con las exigencias de la deriva neocapitalista, que desdibuja dicha relación de ayuda de su eminente y original ética del cuidado. Necesitamos, cada vez más, espacios donde poder expresar, sentir y pensar lo que nos está pasando, para ello la supervisión nos acompañará en el proceso, un proceso que va más allá de la profesión o la institución para la cual trabajamos, un proceso que complementa otras formas de supervisión, como la administrativa y la educativa, presentando alternativas de supervisión horizontal como la co-visión, que nos lleva a un lugar de conocimiento más profundo, desde la supervisión de apoyo. Entendemos la supervisión de apoyo a través de la mirada gestáltica, una mirada que no solamente complementa un posicionamiento profesional sino también personal. 

Y, ahora bien, ¿qué me puede aportar la supervisión profesional de apoyo con una mirada desde el enfoque gestáltico? A cada persona, según su nivel de vivencia, le aportará unas cosas u otras, pero sin duda nos ayudará a estas y otras cuestiones:

  • Un autoconocimiento propio encaminado hacia el apoyo social, el cual fomenta una mayor satisfacción en las relaciones de nuestro entorno próximo. 
  • Superar prejuicios y discursos patologizantes que nos hacen ver los casos o situaciones como similares (Bingle y Middleton, 2019), perdiendo de vista que cada ser es único e irrepetible.
  • Desnaturalización de todo aquello que damos por sentado, saliendo de nuestros esquemas mentales, por medio de un redescubrimiento teórico y práctico, pasándolo por nuestra subjetividad y sentido común profesional.
  • Creación de espacios de construcción de nuevos discursos colectivos e inclusivos, entre equipos de trabajo y junto a personas que atendemos.
  • Búsqueda de una identidad profesional cambiante, reflexiva, abierta y construida en interacción con el contexto social.
  • Aumentar la capacidad de resistencia ante el conflicto y/o procesos de deterioro en las relaciones interpersonales, dentro de las instituciones en las que se trabaja o incluso, desarrollando mecanismos de autoprotección y cuidado, donde exploremos nuestros límites y podamos cuidarnos, poniéndolos si fuera necesario.
  • Recuperar el optimismo respecto a la práctica de la profesión, y alejarnos de la rutinización del trabajo diario, pudiendo contactar más con nuestros deseos genuinos de una manera más espontánea y creativa de trabajo.

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Cádiz, 22 de diciembre de 2021

José Acevedo Pérez
Trabajador Social y Preparador de Oposiciones

Vivimos en un momento de incertidumbre en la Función Pública, marcada básicamente por la situación de temporalidad de casi un tercio de los empleados públicos. Las reformas anunciadas en la legislación básica para dar respuesta a las exigencias de la Unión Europea, así como a las expectativas de miles de trabajadoras y trabajadores de las Administraciones, su forma de aplicación en cada una de ellas, los requisitos para acceder a plazas sin tener que pasar por una fase de oposición, generan, en muchos casos, esperanza para consolidar un puesto de trabajo, en otros, desconfianza en las miles de personas que exigen el acceso a la Función Pública en condiciones de igualdad.

Lo que sí es cierto, es que, en el ámbito de nuestra profesión, cada día son más las personas que buscan un hueco en el empleo público. El Trabajo Social como profesión puede ser desarrollado desde numerosos ámbitos, no solo desde las Administraciones, pero la inestabilidad y la precariedad del mercado laboral, nos lleva a muchas y a muchos a buscar una respuesta en el empleo público, aunque ello suponga luchar contra las vicisitudes de los procesos selectivos, marcados, en la mayoría de los casos, por tener que enfrentarnos a procesos largos en su desarrollo temporal, cargados de incertidumbres, con temarios excesivos impregnados de legislaciones de todo tipo, de los que no vemos su aplicación práctica, sometidos también a los devaneos políticos de los Gobiernos.

Lo cierto, es que las Administraciones Públicas se enfrentan a un problema a corto y medio plazo. En torno al cincuenta por ciento de sus empleadas y empleados se encuentran cercanos a su jubilación, lo que debe ser interpretado como una oportunidad. También, la apuesta, cada vez más notoria, por una profesión como la nuestra, donde el desarrollo del Estado de Bienestar ha ido generando nuevos nichos de empleo en el ámbito público. No debemos olvidar, con todas las críticas que merece la ejecución del Sistema, la oportunidad que ha supuesto para el Trabajo Social la aprobación de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia. De la misma forma que hemos cimentado el Estado de Bienestar a través de este quinto pilar, nuestra profesión debe seguir avanzando en otros ámbitos de intervención como debe ser la educación, donde nuestra presencia es residual.

En el marco de todas esas posibilidades, enfrentarse a un proceso selectivo debe ser interpretado como una oportunidad. 

En los últimos años hemos ido leyendo procesos selectivos de todo tipo: consolidaciones, estabilización, plazas libres, bolsas de empleo… Me gustaría dejar claro a qué nos enfrentamos con toda esa verborrea administrativa.

Cuando hablamos de consolidación, se está refiriendo a determinadas plazas que se convocan para puestos determinados, muy limitadas numéricamente, en la que se afianza en el puesto a la persona que la lleva ocupando bastante tiempo. Se trata de plazas estructurales de la Administración ocupadas temporalmente. Se consolida a la persona en el puesto, porque éste ya se encuentra consolidado.

Diferente es el supuesto de las estabilizaciones. Se trata de puestos que han ido creando por necesidades temporales (por ejemplo, las plazas del Sistema de la Dependencia), que, en un momento determinado, las Administraciones pretenden convertir en estructurales. Se convocan esas plazas para estabilizarlas, pero sin personalizar a su ocupante. Convocamos esas plazas mediante sistemas de concurso oposición, a los que pueden concurrir tanto sus ocupantes temporales, como personas sin vinculación alguna con el puesto al que se pretende acceder.

En cuanto a las plazas libres, se trata de puestos vacantes, que se pretenden ocupar mediante el sistema de oposición (aunque algunas Administraciones, en algunos supuestos, utilizan el sistema de concurso oposición para acceder a las mismas, como es el caso de acceso a personal laboral fijo en el ámbito de la Administración de la Junta de Andalucía, o personal estatutario en el Servicio Andaluz de Salud). Es el modelo preferido por  los y las nuevas opositoras, por no tener que enfrentarse a personas con amplia experiencia laboral.

También podemos hablar de las bolsas de empleo temporal, utilizada especialmente por las Entidades Locales para dar respuesta a necesidades de contratación de personal. Habitualmente se convocan mediante los sistemas de oposición o concurso oposición; y muchas veces, todo hay que decirlo, son fuentes de financiación de la propia Entidad Local por las altas tasas impuestas para poder acceder al proceso selectivo.

Además de todas estas palabrerías en los sistemas de acceso, que son utilizadas muchas veces conforme al interés del político de turno, desde el Trabajo Social tenemos opciones de acceder a muchos tipos de puestos de trabajo en varios ámbitos de atención. Podemos acceder al Servicio Andaluz de Salud (puestos de trabajo en centros sanitarios de atención primaria y especializada), mediante procesos selectivos de concurso oposición. Un extenso temario, de ámbito principalmente sanitario, pensado para personas con larga experiencia laboral en el propio SAS, accediendo a una plaza a través de una asequible fase de oposición.

Podemos acceder a los ámbitos judiciales y penitenciarios, pero con temarios muy específicos que solamente nos van a servir para dar respuesta a procesos selectivos en esas plazas concretas. Es decir, con una limitación en cuanto a los contenidos del temario.

Hablamos de procesos selectivos en el ámbito local, bien mediante la constitución de bolsas temporales, o procesos de oposición. Es la posibilidad que tienen aquellas personas que quieren trabajar cerca de su lugar de residencia (una aspiración de muchas personas). Es un empleo más cercano a la práctica social, pero muy limitado en cuanto a posibilidades. La mayor parte de Entidades Locales convocan plazas muy de tarde en tarde, con procesos selectivos que dejan mucho que desear, algunos con un olor que resulta sospechoso, sin necesidad de poner ejemplos concretos. Se enfrentan a amplios temarios y procesos de selección muy variados: exámenes tipo test, de desarrollo, supuestos prácticos, elaboración de informes, etc. Se trata de trabajo en Servicios Sociales Comunitarios, o programas específicos de titularidad de la Junta de Andalucía que se desarrollan en el ámbito local (refuerzo para la gestión de la Renta Mínima de Inserción, para la elaboración de las propuestas de PIAS en dependencia, para los Equipos de Tratamiento Familiar, etc.).

Dada la dificultad de enfrentarse a un proceso selectivo, tal y como está concebido en nuestro país, debemos ser un poco razonables. Ya que debemos asimilar un temario determinado, que sea compatible con el acceso a otros procesos selectivos, que nos ofrezcan plazas con cierta periodicidad, que sea una Administración menos cercana, donde no sea tan estrecho el vínculo entre el y/o la trabajadora y la empresa. Sabéis de lo que estoy hablando. Por eso, siempre he recomendado la preparación del temario de la Junta de Andalucía como opción para acceder a la Función Pública como profesional del Trabajo Social: se ofertan plazas casi todos los años, el acceso es muy anónimo, el temario es muy amplio que nos ayuda a preparar cualquier otro proceso selectivo que se pueda desarrollar en nuestra Comunidad Autónoma. Simplemente por eso. Salvo que queramos trabajar en nuestro pueblo, y tengamos que esperar diez años a que se convoque una plaza, y tengamos la suerte de obtener la plaza en competencia con dos mil compañeros y/o compañeras de profesión. Se ofertan plazas para trabajar en los servicios de protección de menores, valoración de la dependencia, gestión de diferentes programas (Renta Mínima, Zonas Desfavorecidas), o trabajar en los diferentes servicios centrales de la propia Consejería.

Mi consejo a todas aquellas personas que quieren hacer el intento, o se encuentran en el intento. No desesperarse, afrontar el reto como una oportunidad, no como una necesidad (las prisas son pésimas aliadas en estos casos), tener sentido común a la hora de elegir un proceso selectivo, estudiar trabajando el material de estudio (la memoria es la antesala del olvido), cada persona adaptándolo a su manera más práctica de comprender y asimilar los contenidos. Esto no es un examen cualquiera que se puede preparar en meses, muchos compañeros y compañeras llevan años en el esfuerzo, tampoco debemos hipotecar nuestra vida a largo plazo. Debemos tener claro varias cosas: el Trabajo Social es una profesión con una alta consideración, equilibrada a nivel de Grado junto a otras titulaciones que, muchas veces, hemos considerado superiores a la nuestra. Ni mucho menos. Con lo cual, es normal un principio de exigencia. 

La mayoría de las personas conjugan el estudio con otras actividades laborales o familiares. Tampoco es una excusa, simplemente, como cualquier otra persona, intentamos conciliar el estudio con esa otra actividad. No se trata de encerrarse en casa quince horas a estudiar. No merece la pena. Con constancia, voluntad y esfuerzo, tal vez en dos años de preparación, sin matarse ni mucho menos, podemos alcanzar el resultado esperado.

Debemos pensar qué queremos y hasta donde queremos y podemos llegar. Pero merece la pena intentarlo.

Málaga, 20 de octubre de 2021

María de las Olas Palma García
Profesora Titular de Trabajo Social y Servicios Sociales. Universidad de Málaga.
Doctora, Trabajadora Social.

Escribir sobre el Trabajo Social es siempre una oportunidad. Es caminar en un proyecto colectivo, transformador y resiliente. Una oportunidad que recibo con este encargo de compartir con todas vosotras mis reflexiones en torno a cómo situarnos desde nuestra profesión ante las situaciones de crisis, es decir, ante nuestro día a día.

El Trabajo Social convive con las crisis desde sus orígenes. De hecho, es y surge como instrumento para su prevención, atención y evaluación, esperando de sus conocimientos y competencias profesionales las respuestas que cada contexto de crisis requiere. Sin entrar en una disertación profunda sobre qué entendemos por crisis -quizás para otra reflexión- sí que os propongo que entremos a fondo en cómo nos posicionamos ante ellas. En todo caso, partamos de las tesis de Koselleck(1) respeto a considerar “crisis” la forma de experimentar la diferencia entre lo previsto y lo realizado, entre lo que se espera que ocurra y lo que finalmente sucede. Hablamos de contextos, procesos y situaciones en los que las personas, familias, grupos y comunidades experimentan la inseguridad, el riesgo o las desventajas que supone no encontrarse en el marco previsto de bienestar. En ocasiones limitamos la idea de crisis a situaciones extremas. Lo tenemos claro cuando hablamos de pandemia, de catástrofes naturales, de causas sobrevenidas, etc. Sin embargo desde el Trabajo Social también hemos de reconocer las crisis en la cotidianeidad de experiencias de malestar social que genera la desigualdad. Con esta idea, que delimita el escenario de lo que hemos de considerar crisis, os proponía no pararnos ahora en su desarrollo, y entrar directamente en el compromiso que ante el mismo debemos asumir. Un escenario de gran alcance y responsabilidad con el que el Trabajo Social ha de estar siempre conviviendo: anticipándonos a las crisis y, una vez surgidas, acompañándolas para que desaparezcan.

¿Cómo nos posicionamos ante las crisis?

Cada vez de manera más habitual escuchamos que somos resilientes. En los discursos, en las canciones, entre nuestras conversaciones e incluso entre las de los gestores y responsables de las políticas públicas. De hecho, nos encontramos inmersos en un plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del gobierno con el que se nos transmite que “España Puede”. La resiliencia se ha acomodado entre nosotros como la gran “virtud” a la que todas las personas aspiramos, por la cual las situaciones de crisis y dificultades parecen menores, ya que somos capaces de afrontarlas. Es cierto que todos podemos llegar a adaptarnos a las adversidades, a las que ya están y a las futuras, pero precisamente por ello hemos de estar alertas a los riesgos y contraindicaciones de esta virtud de adaptación. Porque las contraindicaciones en intervención social existen, aquello que no solo no produce efectos positivos, sino que además puede empeorar la situación de malestar sobre la que hemos de actuar: manteniéndola, cronificándola o naturalizándola. Recientemente he tenido la suerte de escuchar en palabras de Natividad de la Red esta misma reflexión, “cuidado con las contraindicaciones de nuestra actuación profesional”(2), lo cual nos lleva de nuevo a resituar la posición que tomamos ante las crisis. Bajo este compromiso y desde mi pequeña aportación al estudio de la Resiliencia, en el que llevo años investigando y explorando las oportunidades que este nuevo paradigma ofrece para el desarrollo de la justicia y bienestar social, y de manera muy directa para la intervención desde el Trabajo Social, quisiera introducir en el debate actual del “ser resilientes” algunas claves para ser consideradas. 

Resiliar, mucho más que resistir

Resiliar es la propuesta de mi amiga Anna Forés(3) para las complejas e inciertas situaciones en las que nos encontramos, para el escenario constante de crisis en el que nos movemos, donde las trabajadoras y trabajadores sociales estamos en primera línea. En este caso, usar el infinitivo Resiliar -aun cuando como tal no esté recogido en la RAE- no es solo para conocer lo que es, sino sobre todo para poner la Resiliencia en acción. 

El origen del término Resiliencia deriva etimológicamente del latín, de la palabra resilere, que significa saltar hacia arriba, volver a entrar saltando, rebotar, apartarse o desviarse; y del anglicismo resilence o resilency, utilizado para referirse a la resistencia de los cuerpos a los choques, a recuperarse, ajustarse. Con este término, la física ha descrito la propiedad de elasticidad que presenta la materia, encontrando elementos que resisten y se adecuan a condiciones extremas de temperaturas, rupturas, etc. La materia es resiliente, resiste y se vuelve a recomponer tras efectos extraordinariamente adversos, pero al trasladar este fenómeno físico a las personas, no hemos de olvidar que más allá de ser materia, las personas tenemos emociones y somos inteligentes. En las relaciones humanas, el paradigma de la Resiliencia no se limita a la dureza o elasticidad que muestran las personas para resistir de manera exitosa ante las dificultades. Esta es, precisamente, la “virtud” de adaptación ante la que tenemos que estar alertas, la que nos hace resistir. Sin embargo, Resiliar es mucho más, es activar y poner en acción la capacidad de anticiparnos y, sobre todo, de transformación que todas las personas podemos ejercer sobre dichas dificultades y especialmente sobre sus causas.

En el día a día del Trabajo Social, como profesionales presentes en las múltiples disfunciones que se producen entre lo previsto y lo realizado, entre lo que se espera y lo que se alcanza, en definitiva, presentes en las situaciones de crisis que viven las personas, somos testigos de la rapidez en ser capaces de resistir y, no tanto, de resiliar. Familias, barrios enteros, colectivos sociales permanecen durante años resistiendo en contextos de riesgo, desventaja o precariedad sin que sus experiencias vitales avancen hacia las mejoras que se proyectan. Es cierto que en estos contextos se producen respuestas extraordinarias de quienes consiguen alcanzar dichas mejoras – algún joven que en zonas desfavorecidas como los Asperones(4) llega a la universidad o familias cuidadoras de personas dependientes que no claudican a pesar del abandono institucional-, pero no dejan de ser ejemplos aislados de pura resiliencia de los que no tendríamos que abusar. Porque resiliar no es sólo resistir, es sumar el valor añadido de la inteligencia y la emoción humana frente a la dureza de la materia. 

Resiliencia, o es transformadora o no lo es

Siguiendo las palabras de un gran referente y amigo, Stefan Vanistendael(5), con frecuencia la resiliencia se confunde con la fuerza, creyéndose que si las personas son resilientes no es necesaria la protección social. Pensar solo en términos de fuerza, de adaptación, nos puede hacer creer que la resiliencia hace a las personas invulnerables, y nadie lo es. También nos puede hacer creer que la protección social es ajena a la solución de las adversidades, delegando en las personas resilientes la capacidad de adaptarse a ellas con éxito

Todos tenemos experiencias de cómo las situaciones hostiles y complejas a las que nos enfrentamos nos hacen fuertes. A nivel personal, familiar, como organizaciones y comunidades aprendemos a afrontar dichas experiencias, teniendo la oportunidad de mostrar y fortalecer lo mejor de cada una, aun cuando ni siquiera sabíamos que lo teníamos. Expresiones cotidianas como “no pensé que sería capaz de hacer tal cosa, o al final pude resolver tal otra” son ejemplos claros de nuestra resiliencia. Pero incluso con estas experiencias, si solo nos quedamos en ello, en aprender de nuestras capacidades de adaptación, la diferencia cualitativa de la persona con la materia, no se produce. Ser resiliente es favorecer los cambios que nos lleven al bienestar, en nosotros mismos y desde la justicia social, en todos los demás. Para diferenciarnos de la materia, nuestra inteligencia y emoción nos ha de llevar a la demanda constante de políticas públicas eficientes y efectivas que eviten las situaciones adversas y garanticen el bienestar de todas las personas.

Desde el punto de vista profesional, como trabajadoras y trabajadores sociales, asumimos la responsabilidad de posicionarnos con esta mirada ante las crisis. Aunque las personas seamos fuertes y nos los recuerden constantemente, la resiliencia sólo se alcanza al transformar las causas y estructuras que provocan las adversidades que afrontamos. Que, en la mayoría de las ocasiones no son consecuencia de desastres sobrevenidos, sino de la falta de cobertura, evaluación y disfunciones de las políticas públicas. Son, por tanto, adversidades evitables de las que una vez vividas tenemos que aprender, pero ante las que no nos podemos adaptar. No olvidemos que el Trabajo Social es un instrumento de cambio, de transformación social, del que se espera que seamos capaces de involucrar a las personas y a las estructuras para hacer frente a desafíos de la vida y aumentar el bienestar(6).

Algunas claves para resiliar desde el Trabajo Social

Por último, de la misma forma que he ido construyendo esta reflexión sumando palabras e ideas de otras personas, me atrevo a terminar este texto añadiendo algunas claves propias que confío nos puedan ser útiles como trabajadoras y trabajadores sociales ante las experiencias de crisis que nos rodean, las de los demás y las nuestras. Tengamos en cuenta que también nosotras experimentamos las diferencias entre lo previsto y lo realizado, entre lo que esperamos de las políticas diseñadas, de las organizaciones e instituciones en las que estamos o de nuestras propias funciones con lo que finalmente se llega a alcanzar. También nosotras hemos de tener cuidado con creer que ya somos resilientes. El uso generalizado de este vocablo, junto con el mensaje de éxito que nos sugiere el hecho de que seamos capaces de resistir y adaptarnos a las numerosas situaciones difíciles que encontramos en nuestra práctica profesional, no ha de reducir los compromisos con la transformación y cambio al que nos lleva la Resiliencia, especialmente de quienes tienen y tenemos la responsabilidad pública de garantizar el bienestar común. Con esta finalidad, a modo de ideas claves tengamos siempre en cuenta que la Resiliencia demanda:

  • Reflexividad: Aprendamos de la experiencia, tomando conciencia de las circunstancias y dinámicas que en cada situación de crisis se producen en torno a las personas, instituciones y diferentes agentes involucrados. Esto ha de hacerse de manera intencionada, sistemática, con enfoque global, evaluando nuestro propio aprendizaje ante las experiencias difíciles y posibilitando nuevas oportunidades y aprendizajes a los demás. 
  • Proactividad: Anticiparnos a la dificultad. Prever las situaciones de crisis que con frecuencia esperamos en los contextos en los que estamos y poner en marcha todos aquellos mecanismos que puedan reducir sus efectos negativos sobre las trayectorias vitales de las personas y de la propia intervención.
  • Colectividad: Actuar junto a otros, involucrando en todas las acciones a personas y estructuras relacionadas. Los procesos de trabajo ante las situaciones de crisis han de ser colectivos, construyendo redes, solo así tendrán en cuenta las múltiples causas y factores presentes en su desarrollo, que han de ser abordados. 
  • Creatividad: Estar abiertos a lo nuevo, a los cambios, a probar aquello que se surge en la complejidad e incertidumbre que ofrecen las crisis. Ser flexibles durante el proceso de intervención de forma que demos espacio a nuevas oportunidades y fortalezas con las que siempre cuentan las personas. 

Y todo ello, para asegurar la transformación social: Para ser profesionales resilientes con respuestas eficaces en situaciones de crisis es imprescindible incidir sobre el contexto, sobre las causas que las provocan, evitando poner el foco de manera exclusiva en las estrategias individuales que ante ellas se pueden desarrollar. La participación sociopolítica, como estrategia de cambio social en nuestros procesos de intervención, ha de ser paralela al resto de objetivos que nos marquemos. Solo así resistiremos a los riesgos de no ser trabajadoras y trabajadores sociales resilientes ante las crisis. 


(1)Crítica y crisis: un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués, Trotta, 2007

(2)Conferencia Curso de Verano UMA 2021 (Vélez Málaga). Los servicios sociales ante la crisis social.

(3)Anna Forés Miravalles, pedagoga y escritora experta en Resiliencia. Profesora Universidad de Barcelona.

(4)Zona “desfavorecida” en Málaga desde hace más de 30 años.

(5)Reflexiones en torno a la resiliencia. Una conversación con Stefan Vanistendael. Educación Social, 43, 93-103. 2009.

(6)Definición internacional del Trabajo Social, Melbourne, 2014.

Huelva, 26 de mayo de 2021

Noelia Cruz González
Directora de EFES Formaciones,
Trabajadora Social, Formadora y Doctoranda en Estudios Interdisciplinares de Género.

¿Alguna vez te has preguntado porque los casos de suicidio no suelen aparecer en los medios de comunicación o porque no se habla tanto de esta problemática de salud pública? En este artículo te ofrezco las claves a estas cuestiones:

En la actualidad, el suicidio constituye un problema de salud pública. Alrededor de 800.000 personas fallecen por este motivo cada año. Estableciendo una muerte por suicidio cada 40 segundos en el mundo, siendo la segunda causa de defunción entre las personas jóvenes de 15 a 29 años de edad (Organización Mundial de la Salud, 2019).

Sin embargo, a pesar de estos datos, existe un gran estigma que recae sobre las diferentes patologías relacionadas con la Salud Mental y el tabú social sobre la muerte. El suicidio en España se escribe con “s” de silencio, como menciona la revista Gaceta Médica (2020).

Esta problemática de salud pública y social es entendida como la “punta del iceberg” de algo más profundo. Los casos ocultos son muchos más que los recogidos en datos oficiales. Según el Instituto Nacional de Estadística (2018), en España, se suicidan 10 personas cada día, lo que supone más del doble de muertes por accidente de tráfico; 13 veces más que las muertes por homicidio y, 67 veces superior a los casos de muerte por Violencia de Género. 

No obstante, estos datos tan abrumadores muestran contraposición con el silencio sobre la primera causa de muerte externa en nuestro país. Ni que decir tiene que, todo este ocultamiento de una realidad tan contundente posee denominación, es el conocido “Efecto Werther”, como menciona Álvarez Torres en su obra (2012). Restando visibilidad a una realidad (por miedo a la imitación o contagio) que, según muchas expertas y expertos exige transparencia e información responsable. 

La Organización de Naciones Unidas (ONU) viene alertando de esta otra pandemia silenciosa. El 10 de septiembre de 2020, Día Mundial Contra el Suicidio, esta misma organización instó a los países miembros a poner en marcha diferentes planes de prevención contra el suicidio. Sólo 38 países tienen establecido un Plan Nacional de Prevención del Suicidio, en concreto para España, es una asignatura pendiente. Por este motivo, la Confederación de Salud Mental España reitera e insiste en su reivindicación, siendo este año más necesario que nunca. Debido al Covid – 19, las enfermedades y patologías relacionadas con la Salud Mental se han disparado. La incertidumbre, desilusión y desesperanza se ha instalado en nuestro imaginario colectivo, llegando a provocar mayores tentativas de suicidio y/o actos de suicidio consumado. 

En cambio, se ha observado que, durante los primeros meses de confinamiento, descendió el número de llamadas al teléfono de la esperanza. La familia y el hogar ejerció de factor de protección de las personas en riesgo, favoreciendo e incentivando la comunicación interpersonal. 

El Instituto Nacional de Estadística recoge en sus encuestas, periodo de enero a mayo 2020, una bajada de la tasa de suicidios y autolesiones infligidas, indicando un total de 1.343 muertes por suicidio. Descenso considerable respecto a otros años, como, por ejemplo, 2018: 3.539 personas fallecidas por suicidio. A pesar de este descenso, el teléfono de la esperanza jamás ha dejado de sonar. En Huelva, esta línea de atención y ayuda a las personas solicitantes ha duplicado el número de atenciones telefónicas diarias, con más de 3.500 llamadas en lo que transcurre de año y, más de 200 consultas a profesionales.

Siguiendo con la temática, no debemos olvidar que esta problemática social presenta una perspectiva de género, en su mayoría desconocida por la población general. Las mujeres muestran tres o cuatro veces más tentativas de suicidio que los hombres. Mientras que, los hombres consuman más el acto suicida. Pero, la curiosidad radica en la siguiente dicotomía de género: la mujer emplea métodos más silenciosos o pasivos (ingesta de fármacos o inhalación de monóxido de carbono), que exigen poca letalidad. Este hecho puede residir en su mayor rechazo hacia la violencia “culturalmente” o bien, en la siguiente idea estereotipada: “el hombre es más agresivo”. En consonancia, el perfil masculino ante la ideación y acto suicida no busca ni solicita apoyo ante el sufrimiento. Los suicidios masculinos tienen una estrecha relación con las dificultades emocionales y el modo de afrontamiento de estas. A consecuencia de la estructura social y la propia socialización diferencial, el hombre ha sido educado con la siguiente idea: “no es de hombres expresar las emociones, los hombres no lloran”. Implicando una falta de comunicación y retraimiento, siendo esto perjudicial para la salud mental del sujeto. En conclusión, el acto suicida se ha convertido en otra conducta estereotipada más de la sociedad heteropatriarcal en la cual estamos inmersas e inmersos.

Para finalizar, desde la disciplina del Trabajo Social se reclama la elaboración urgente de una propuesta estratégica nacional para la prevención del suicidio. Como dicta Nel González Zapico (Presidente de la Confederación de Salud Mental España) es necesario fomentar una sociedad más humana, empática, menos competitiva y materialista, basada en la educación e inteligencia emocional. La intervención social debe sustentarse en la evidencia científica, para el desmantelamiento de mitos sobre la conducta suicida y tabúes sobre el papel de la muerte en el proceso vital.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Álvarez Torres, Mayte. (2012). Efecto Werther: Una propuesta de intervención en la facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación (UPV/EHU). Norte de salud mental, 10 (42), págs. 48 – 55.

Del Saz, Nuria. (22 de julio 2020). Otra pandemia silenciosa. El Diario. Recuperado de https://www.eldiario.es/retrones/pandemia-silenciosa_132_6109079.html

Instituto Nacional de Estadística. (2020). Defunciones según causa. Recuperado de https://www.ine.es/jaxi/Datos.htm?path=/t15/p417/covid/l0/&file=03001.px

Instituto Nacional de Estadística. (2017). Defunciones por suicidio. Recuperado de https://www.ine.es/dynt3/inebase/es/index.htm?padre=5453&capsel=5454

NIUS DIARIO. (17 de julio de 2020). Las cifras del suicidio en España: ya provoca el doble de muertes que los accidentes de tráfico. Recuperado de https://www.niusdiario.es/salud-y-bienestar/datos-suicidio-primera-segundacausa-muerte-externa-espana-doble-accidentes-trafico_18_2980170137.html

Organización Mundial de la Salud. (2019). Suicidio. Recuperado de https://www.who.int/es/news-room/factsheets/detail/suicide

Ruíz, Mario. (17 de julio 2020). Prevención del suicidio: Sanidad apoya el papel de los medios de comunicación.Gaceta Médica. Recuperado de https://gacetamedica.com/politica/prevencion-del-suicidio-sanidad-apoya-el-papelde-los-medios-de-comunicacion/

Córdoba, 4 de mayo de 2021

Mª José Serrano García
Trabajadora Social ETPOEP Córdoba.
Delegación Territorial de Córdoba

En enero de 2020 se declaró el estado de pandemia mundial, debido a la virus conocido por COVID 19, en aquel momento pocos podíamos imaginar las consecuencias que iba a tener esa declaración. En España se declaró el estado de alarma el día 14 de marzo, debiendo permanecer toda la población confinada en sus domicilios, comercios, hostelería, universidades, colegios e institutos cerrados. Esto supuso un reto para el sistema educativo, atender a todo su alumnado de una forma virtual, cosa que hasta la fecha nunca se había hecho, para las familias de ese alumnado también supuso un gran esfuerzo, seguir el ritmo que desde los centros imponían sin que en muchos casos pudieran disponer de las herramientas necesarias para ello.

La pandemia descubrió una realidad de la ciudadanía en general y del sistema educativo, en particular. La falta de medios, preparación y conocimiento de las nuevas herramientas tecnológicas que existen, esta situación se superó gracias al gran esfuerzo que por todas partes se realizó, tanto por los equipos directivos, docentes y demás miembros del sistema educativo, como trabajadoras sociales, educadoras sociales, maestros de compensatoria, maestras de ATAL (Aula Temporal de Adaptación Lingüística) como por parte de las familias. Pero la realidad es que siempre existen personas que se quedan en los márgenes y que no pueden acceder a esta nueva forma de dar clase, por carecer de las herramientas necesarias para ello o  por no tener los conocimientos. Se vio claramente que hay familias que no tienen los medios necesarios para poder acceder a la educación en condiciones de igualdad, la falta de ordenadores, tablets… la falta de conexión a internet, la falta de una conciencia clara de la importancia de la educación que en determinados contexto existe, provocó desgraciadamente, que parte del alumnado se quedará fuera del sistema, y  que su curso escolar  terminará en marzo.

Ante esta situación tan inesperada, el sistema educativo tuvo que adaptarse muy rápidamente, realizando actuaciones,  que en algunas ocasiones, no estaban dentro de las competencias del mismo. Pero con el objeto de dar cobertura a las necesidades más básicas del alumnado, tanto es así que las trabajadoras sociales del sistema educativo, se coordinaron con los Servicios Sociales municipales para abordar las nuevas situaciones y demandas que estaban surgiendo, como gestiones de reparto de alimentos a familias, donde el alumnado que antes de la pandemia era atendido a través del Plan SYGA, se encontró de un día para otro sin recibir la comida y merienda que recibía, ahí se tuvo que hacer un gran esfuerzo de coordinación entre los centros educativos y los servicios sociales municipales para  organizar el reparto de comida lo más rápidamente posible, abriéndose los centros escolares para que las familias pudieran recoger la comida, este reparto también se realizó por parte de protección civil, la coordinación y derivación para el pago de suministros básicos, entrega de material escolar, incluso el más básico, a las familias con más vulnerabilidad social y por ende, con más riesgo de padecer desconexión digital y social.

En el empeño de evitar esa desconexión digital nos encontramos con un perfil de alumnado, que a pesar de disponer de los medios tecnológicos necesarios para continuar con el ritmo escolar, no estaban accediendo a las diferentes plataformas habilitadas, no entregaban las tareas que pedían desde tutoría, las familias no respondían a las llamadas que desde el centro se realizaban para conocer cuál era la situación de este alumnado, y en muchos casos, cuando conseguían contactar las familias no colaboraban para lograr que sus hijos e hijas se engancharan al ritmo de sus compañeros/as, a esta situación la denominamos  TELEABSENTISMO. Y se definió como la circunstancia que se da cuando en la etapa de escolarización obligatoria se tenga que dar a distancia o telemáticamente las clases por situaciones excepcionales, El “Alumno/a que lleve una semana (5 días lectivos) sin responder a la formación sin causa justificada, entendiendo esto último como avería, falta de medios telemáticos o infraestructura etc…)

Durante el primer periodo de confinamiento desde los centros escolares tuvieron que solventar un gran número de incidentes, desde alumnado que no sabían dónde se encontraban, ya que sus familias habían decidido cambiar su domicilio habitual por el de segundas residencias, en parcelas o zonas de la sierra, donde tienen más dificultades para poder acceder a internet, por falta de ordenadores o tablets en esas residencias, poca cobertura para los móviles; en otros casos las necesidades eran de primer orden, encontrándonos con alumnado que no tenía libretas, lápices…, el material más esencial para poder estudiar, y tampoco tenían medios económicos para poder comprarlos, ya que no podían ni cubrir las necesidades más básicas, como la alimentación, higiene o pago de suministros; Otra dificultad fue la que tuvieron muchos progenitores para compaginar su “teletrabajo” con el “tele-estudio” de sus hijos e hijas relegando en alguna ocasión la educación de sus hijos e hijas a un segundo plano para poder cumplir con sus obligaciones laborales; Otra realidad que detectamos fue la de los progenitores que pertenecían a “colectivos considerados esenciales” y debían seguir trabajando fuera de sus domicilios, dejando en algunos casos a sus hijos e hijas solos, en los casos de los más mayores, o al cuidado de los/as abuelos/as, cosa que dificultaba mucho que los pudiera ayudar con el uso de los ordenadores, tablets, plataformas…

Esta situación nos mostró que la realidad es compleja, ya que no existe una normativa adecuada a esta nueva realidad y hay que adaptar una normativa ya obsoleta a un escenario que nos supera.

Para empezar hemos tenido que diferenciar muy bien, entre el “absentismo tradicional, aquel con el que estamos más familiarizadas, y existe una normativa al respecto, aunque  esté desfasada. Este alumnado comparte unas características muy similares, zonas geográficas muy delimitadas (Barriada de Palmera, Sector Sur, Moreras en la ciudad de Córdoba, en Puente Genil con las barriadas de Juan Rejano y Quevedo, la Barriada de los Mochos en Almodóvar del Río, y otras) , con situaciones de riesgo de exclusión social o exclusión social, familias con grandes necesidades económicas, donde lo importante es llevar un jornal a casa,  poca conciencia de la importancia de la educación para conseguir  salir de estas situaciones de pobreza y exclusión social, familias donde el absentismo escolar es la norma y el asistir al centro  es la excepción.

Por contra, ha surgido otro perfil, y que hemos denominado  “Alumnado no Vulnerable”,  donde sin justificación alguna se están dando situaciones de absentismo escolar, por miedo al Covid, este ámbito es de los más complejos de abordar, ya que nos encontramos con diferentes casuísticas, desde la que los progenitores justifican sin más las faltas de asistencia, produciéndose, en algunos casos un abuso de estas justificaciones,  y donde a pesar de todas las actuaciones que se han hechos desde el centro escolar (se  han puesto en contacto con la familia para solventar el absentismo, ofreciendo espacios de diálogo y colaboración e incluso acompañamiento desde los equipos de orientación, donde se ha hecho una labor encomiable de acercar lo máximo posible  el centro escolar a las familias, para que se sientan segura). Pero desgraciadamente en algunos casos no se ha obtenido respuesta alguna. Hasta casos donde los progenitores se han encargado de solicitar las actuaciones de notarios y abogados para cuestionar la seguridad en los centros educativos, con el único fin de no llevar a sus hijos e hijas al centro escolar. Ante estos casos desde el sistema educativo, se ha optado por abrir los expedientes de absentismo escolar,  iniciándose un gran número de expedientes al principio de curso, pero estos casos han ido evolucionando en el transcurso del primer trimestre, en su mayoría la situación se ha reconducido y el alumnado se ha ido incorporando poco a poco de nuevo a sus clases, pero desgraciadamente tenemos que reconocer, que siempre existe un número de casos, en que esto no se ha producido y son en estos, donde el protocolo debe seguir adelante, y  ya se están interviniendo desde los ETAES, los Servicios Sociales, la Policía Local para evitar que estos alumnos y alumnas sigan sin asistir al centro escolar, por que al final los grandes perjudicados son nuestros alumnos y alumnas.

Este momento que estamos viviendo nos ha aportado un amplio abanico de situaciones, y cada una  necesita una respuesta adecuada a las necesidades, así pues nos estamos encontrando con “Alumnado Vulnerable”, que entendemos por aquel que no puede asistir presencialmente al centro por prescripción médica, debido a su enfermedad o por la de un familiar cercano. En este caso, desde el sistema educativo ha habido que habilitar las herramientas tecnológicas necesarias para ofrecerle un acceso a la educación en iguales condiciones que sus compañeros y compañeras, debiendo al mismo tiempo realizar seguimientos y coordinaciones entre el equipo directivo, tutores y tutoras y demás miembros del sistema educativo  y las familias, para comprobar que se está aprovechando al máximo las clases.

Esta pandemia nos ha demostrado una vez más que la norma va siempre por detrás de la sociedad, y que si la normativa en el tema de absentismo escolar ya no estaba cubriendo algunas necesidades respecto a este tema, ha puesto en el tablero una realidad que era inimaginable, la enseñanza a través de las nuevas tecnologías y las necesidades que este método puede tener. Quizá esta sacudida tan grande debiera hacer reflexionar a nuestras clase política y apostar por una educación inclusiva en todos los niveles e incluir en la nueva normativa sobre absentismo escolar, todo lo que en estos meses de pandemia el sistema educativo ha tenido que reciclarse para llegar a aquellas personas que menos tienen.

Málaga, 3 de marzo de 2021

Arantxa Hernández Echegaray
Servicios Sociales Básicos, Ayuntamiento de Palencia.
Profesora colaboradora Universidad Oberta Cataluña (UOC).
Profesora asociada Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

Javier Pacheco Mangas
Servicios Sociales Comunitarios. Ayuntamiento de Vélez-Málaga.
Profesor Tutor Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

Artículo breve basado en: Hernández-Echegaray, A., & Pacheco-Mangas, J. (2018). The debate on minimum income in Spain: charity, development or citizen right. Journal of Sociology & Social Welfare, 45(1), 77-94.

Puede consultarse el original en: https://scholarworks.wmich.edu/jssw/vol45/iss1/6/ 

Artículo premiado en la III Edición del Concurso de Publicaciones 2019, en la modalidad de “Mejor artículo científico publicado en 2018 o 2019 vinculado al Trabajo Social” que otorga el Colegio Oficial de Trabajo Social de Valencia.


Los Servicios Sociales Comunitarios en el marco de las Rentas Mínimas

La principal potencialidad con la que cuentan los Servicios Sociales Comunitarios es su construcción en una historia y en un contexto local. Si bien, y en términos generales, su crónica está marcada por dos hitos principalmente, los cuales aún determinan las concepciones del presente y del futuro en las políticas sociales municipales y autonómicas. A saber, la fuerte herencia de la Beneficencia en la configuración de los servicios sociales (Aguilar, 2013) y la reconceptualización del Trabajo Social en las primeras fases democráticas que tratan de adaptarse a las nuevas exigencias sociales (Las Heras y Cortajarena, 2014). En este tiempo y de forma convergente y homogénea en todo el territorio del Estado, Antoni Vilà diferencia cuatro fases o etapas en los servicios sociales: “gestación (1975-1981), configuración (1981-1992), consolidación (1992-2005) y reforma (a partir del 2005)” (2010, p.22).

La crisis económica, en lo referido a los recortes presupuestarios, reformas legislativas y empobrecimiento de la población marca un reto sustancial para los Servicios Sociales de futuro y de proximidad. “La crisis ha puesto en evidencia la debilidad de un sistema de protección inacabado y fragmentado” (Laparra, 2010, p. 469). “El actual modelo asistencial y de servicios sociales no se encuentra adaptado a las necesidades y los mecanismos de funcionamiento de los nuevos pobres” (Tezanos et. al, 2013, p. 162). Ambas afirmaciones, ponen de relieve la necesidad de replanteamiento de los servicios sociales públicos, en cuanto a sistema de organización y en cuanto a red de protección pública y ciudadana.

Abordaje de la problemática. Metodología.

Para abordar esta investigación era necesaria la introducción de una metodología cualitativa, basada en un análisis del discurso según la propuesta de Wetherell y Potter (1996), que se articula a través de los conceptos de función, variabilidad, construcción y unidad analítica del repertorio interpretativo. Muestran los patrones de regularidad discursiva que se dan entre las personas y que “se pueden considerar como los elementos esenciales que los hablantes utilizan para construir versiones de las acciones, los procesos cognitivos y otros fenómenos” (ibídem: 66). 

La recogida de datos se realizó en dos modalidades: una indirecta, a partir del análisis de fuentes documentales (normativa básica, documentos informativos e instrumentos profesionales y artículos de investigación con un objeto de estudio análogo, en concreto Ayala (2009) y Cortinas (2012a y 2012b)); y otra directa, consultando a los profesionales del Trabajo Social implicados en las políticas sociales y en la gestión en los servicios sociales comunitarios, mediante cuestionarios abiertos (con una muestra de 28 sujetos, entre las comunidades de Andalucía y Castilla y León). 

Para el análisis documental y del material recogido en las entrevistas, nos apoyamos en la herramienta-software Atlas.ti 6.  Ello nos ha permitido extraer la información relevante para observar los relatos y los planteamientos discursivos que se ponen en práctica, mediante la aplicación de preguntas implícitas, en el análisis documental y explícitas a los/las profesionales. Presentamos las categorías de análisis y los repertorios discusivos más relevantes. Por la naturaleza de este trabajo, únicamente presentamos los resultados obtenidos, referidos a la política de rentas mínimas de inserción, al entender que engloba los discursos mayoritarios del resto de políticas sociales llevadas a cabo a consecuencia del impacto social de la crisis.

Principales discursos profesionales

De las entrevistas realizadas a los/las profesionales del trabajo social que gestionan las rentas mínimas, se obtuvieron los repertorios interpretativos que se muestran a continuación, de forma sintética. Conviene destacar, la coincidencia de las percepciones entre profesionales, a pesar de sus diferencias geográficas, así como de concepción y gestión de dicha prestación.

  • La lógica del recurso, sobre la lógica de la necesidad. Los/las profesionales enfatizan la “rigidez en la aplicación normativa”, la existencia de “requisitos trampa” y la desconexión de los plazos con los momentos de urgencia social, entre otros. Ello implica que los sistemas de rentas mínimas, a pesar de su renovación legislativa, no responden adecuadamente a las situaciones de necesidad social planteadas por los ciudadanos en los servicios sociales.
  • El/la profesional como agente de control de la estabilidad, sobre el/la profesional como agente de cambio social. Este es un discurso mayoritario en la percepción de la profesión. La escasez de recursos y la desconexión con políticas activas y de promoción familiar, reducen las oportunidades de reinserción social. Son varios los/las profesionales que apuntan discursos latentes, y por otra parte, ya tradicionales sobre estas prestaciones como instrumento de “paz social”, de “pensionismo” o la combinación con rentas no laborales, así como el cambio de paradigma de esta política, como “renta básica”.
  • La obligación, sobre la negociación. El cuestionamiento mayor es de índole ética, pues su aplicación entra en conflicto con principios esenciales del trabajo social, como la autodeterminación. Sobre esto, se avanza sobre la cuestión de la arbitrariedad profesional, “¿tantas contraprestaciones y seguimientos, cómo profesionales?”. En la profesión hay una ausencia clave, en la sistematización de los procesos de inclusión de familias y personas participantes en los sistemas de rentas.
  • Constante: políticas insuficientes e ineficaces. La escasez es un denominador común en los servicios sociales. Un/a profesional resume el discurso en la siguiente expresión “la ineficacia de esta política revierte en un aumento de la caridad y de las prácticas benéficas”.

Discusión

De los repertorios obtenidos se deduce una importante desconexión de la realidad social con la implementación de los sistemas de rentas mínimas (SRM). Los/las profesionales ponen en práctica una serie de estrategias discursivas que muestran como la intervención en el marco de los SRM ha derivado hacia actuaciones que tienden a la fiscalización, frente a la potenciación de los procesos de cambio y transformación. Este proceso, que tiende a burocratizar la intervención profesional, provoca una despersonalización del proceso que deja de relacionarse con la propia persona usuaria, a intervenir con una composición que se realiza del mismo (Idareta-Goldaracena y Ballestero-Izquierdo, 2013), a la vez que da como resultado la aparición de problemas éticos (Ballestero, Úriz y Viscarret, 2012) Estas prácticas inhibidoras de la creatividad y la innovación en la intervención social son espacios propicios para la involución en el ámbito de los Servicios Sociales, propiciando prácticas asistencialistas y clientelistas que provocan en los/las profesionales sentimientos de frustración, así como una “percibida incapacidad para ayudar a la sociedad a lograr sus objetivos y solucionar sus problemas” (Schön, 1998, p. 47). 

Titmuss (1974) denominará a los/las trabajadores/as sociales como “los trabajadores del Estado” e Illich (1977), usará el término de “profesión inhabilitante” para definir las prácticas llevadas a cabo por los trabajadores sociales. El/la profesional no se siente cómodo/a en el rol de vigilancia sobre normas imperativas, aunque muestran un rol conformista, alejado del ideal reivindicativo que lleva aparejado el desempeño de las profesionales del ámbito de la intervención social. En estos nuevos escenarios, en los que se plantean necesidades y realidades cada vez más complejas, los/las profesionales, en especial los/las trabajadores/as sociales, tienen que asumir un papel proactivo en el diseño, definición e implementación de las políticas sociales, reforzando de esta forma el sistema y contribuyendo a su consolidación (De la Red y Barranco Expósito, 2014).

La intervención social en los sistemas de rentas mínimas debe dar un paso adelante en su configuración transformativa. Por un lado, los/las profesionales tienen que asumir su rol de agente de cambio que han perdido en detrimento de otros con carácter de control y fiscalización, y por otro, se debe tomar una actitud proactiva al cambio, venciendo las resistencias que establece la propia estructura de los sistemas de protección social, evitando prácticas que merman la autonomía y la responsabilidad de la ciudadanía. Así mismo, se ha de avanzar en la participación del diseño de las políticas sociales, donde los/as profesionales tienen que estar representados/as e involucrados/as en todo el proceso de disminuir la vulnerabilidad y la exclusión social.

Referencias

Aguilar, M. (2013). Los servicios sociales en la tormenta. Documentación social, 166, pp. 145-168. 

Ayala, A. (2009). Secretos a voces: exclusión social y estrategias profesionales de construcción de la obligatoriedad en la intervención social vinculada a la Renta Mínima de Inserción (RMI) con el colectivo de etnia gitana. Cuadernos de Trabajo Social, 22, 19-40. 

Ballestero Izquierdo, A., Úriz Pemán, M. J., & Viscarret Garro, J. J. (2012). Dilemas éticos de las trabajadoras y los trabajadores sociales en España. Papers, 97(4), 875-898.

Cortinas, J. (2012a). La identidad profesional de los trabajadores sociales como elemento clave en el acceso a los programas de rentas mínimas: el caso de Catalunya. Zerbitzuan, 51, 95-105.

Cortinas, J. (2012b).  Las normas de clase como base del acceso a las nuevas políticas sociales para hacer frente a la precariedad vital. Papeles del CEIC, 2, 1-25. 

De la Red, N., & Barranco Expósito, C. (2014). Trabajo Social y participación en las políticas sociales. Azarbe. Revista Internacional de Trabajo Social y Bienestar, 3, 39-45.

Idareta-Goldaracena, F., y Ballestero-Izquierdo, A. (2013). Ética, paternalismo y burocracia en Trabajo Social. Portularia. Revista de Trabajo Social, 13(1), 27-35. doi: 10.5218/prts.2013.0004

Illich, I. et al. (197a). Disabling Professions. London: Marion Boyars.

Laparra, M. y Pérez, B. (2010). El primer impacto de la crisis en la cohesión social en España. Madrid: FOESSA.

Las Heras, Mª. P. y Cortajarena, E. (2014). Introducción al Bienestar Social. El libro de las casitas. Madrid: Paraninfo y Consejo General de Trabajo Social.

Schön, D. (1998). El profesional reflexivo. Cómo piensan los profesionales cuando actuan. Barcelona: Paidós.

Tezanos, J.F., et. al. (2013). En los bordes de la pobreza. Las familias vulnerables en contextos de crisis. Madrid: Biblioteca Nueva.

Titmuss, R. M. (1974). Social Policy: An Introduction. London: Allen & Unwin.

Vilà, A. (2010). Los cambios legislativos en materia de Servicios Sociales (2000-2009). En Casado, D. (Coord.). Leyes de Servicios Sociales del siglo XXI. pp- 17-48. Madrid: FOESSA.

Wetherell, M. y Potter, J. (1996). El análisis del discurso y la identificación de los repertorios interpretativos. En Gordo, A. y Linaza, J. (Eds.), Psicologías, discursos y poder. Madrid: Visor, pp. 63-78.

Málaga, 3 de febrero de 2021

Mirian del Olmo Moreno
Trabajadora social, técnica de empleo de colectivos vulnerables, intérprete de lengua de signos, especialista en mediación y profesora de Kundalini Yoga

Uno de los talones de Aquiles de las ciencias sociales es lo que nos cuesta a las profesionales sentarnos a escribir, hay mucho trabajo de campo sin documentar, que tan sólo se ve resumido en memorias anuales que terminan siendo esquemas, tablas, números de objetivos inhumanizados y gráficas de barras. Dentro de las ciencias sociales, entendiendo la intervención social como las raíces, el trabajo social sería el tronco de este árbol, con demasiada poca producción escrita para tan grosso como abarca. Nuestro árbol da sombra y cobijo a muchas otras plantas y como una de las ramas de su tronco está la orientación laboral.

El trabajo social es la columna vertebral y transversal de la atención directa y del trabajo multidisciplinar. Entiendo la orientación laboral como una rama del trabajo social, aunque no todas las profesionales que ejercen como técnicas de empleo son trabajadoras sociales. El trabajo social bajo el prisma de su amplio significado constituye la fundamentación de la orientación laboral ya que todo proceso formal para mejorar la calidad de vida de una persona, unidad familiar o grupo de personas es el fin último del trabajo social.

Así, la orientación laboral en el contexto socio-histórico en el que vivimos aparece antes o después en el itinerario de intervención, en cualquier caso, grupo o comunidad. Debido a las circunstancias económicas, muchas veces el factor de la inclusión laboral es determinante para sobrepasar o no, la línea de la exclusión social, el riesgo de la situación de calle o de la accesibilidad a la normalización y completa integración, como en el caso de las personas inmigrantes solicitantes de protección internacional o refugiadas. 

Vivimos en la sociedad líquida, el entorno VUCA, acrónimo del inglés, en español VICA. El concepto VUCA fue acuñado por la Escuela de Guerra del Ejército de los Estados Unidos para describir el contexto socio-histórico en el que se encontraban las relaciones internacionales al terminar la Guerra Fría, VUCA viene de: V de volatilidad, U de incertidumbre(uncertaninty), C de complejidad y A de ambigüedad. El concepto fue rescatado en el área empresarial y de marketing y poco a poco (vete tú a saber por qué) se ha ido extendiendo y aplicando a todo ámbito socio-político, laboral y económico. 

Con este marco interventivo, el factor socio-laboral y económico son determinantes, eso es innegable por lo que en el conjunto de la intervención con cualquier caso la orientación hacia el empleo ha ido adquiriendo cada vez más relevancia, llegando a brotar esta rama dentro de nuestro árbol. Poco a poco, la figura de la técnica de empleo va consolidándose como imprescindible dentro de proyectos de intervención tan ambiciosos como el ERACIS en Andalucía, por citar un único ejemplo, donde la intervención multidisciplinar no se entiende sin la orientación y seguimiento de una búsqueda activa de empleo acompasada con las otras áreas de intervención o pautas a mejorar, como pueden ser la salud, educación, crianza, autoestima y/u otros aspectos psicosociales. En las entidades privadas, empresas del tercer sector, ONGs, fundaciones, etcétera, el área de empleo cuenta ya con un largo recorrido y siguen brotando nuevos programas y proyectos sumándose a los más consolidados como el Incorpora de La Caixa*, de los más veteranos, o las lanzaderas de empleo. De ahí que la especialización de los perfiles profesionales que trabajamos bajo la amplia etiqueta de ser técnicas de empleo tengamos que ser multitarea, flexibles, en continua adaptación al cambio y muy resilentes. Además de tener muy arraigadas y en continuo crecimiento nuestras softs skills o competencias blandas. Las técnicas de empleo tenemos muchas veces que autoformarnos, ya que nuestra profesión aún no cuenta con formación formal reglada, e irnos especializando según, también, la demanda del sector, nuestras propias preferencias o competencias.

Cuando en tu propio jardín profesional, en tu árbol de trabajo social te sale la rama de la orientación, casi que la esperabas porque eres trabajadora social: lo tuyo es la escucha activa, empatizar y saber acompañar, pero si los brotes tiernos son del ámbito de empleo, no sabes muy bien a qué atenerte al principio. 

Sean cuales sean los motivos por los que una termina en este vaivén de contratos temporales enlazando una interinidad con una subvención o un contrato temporal por obra y servicio con una partida presupuestaria, la orientación laboral es apasionante cuando te permites madurar sus frutos.

En estos momentos tan crudos a nivel socio-económico y pandémico donde la precariedad laboral asalta desde cualquier esquina deberían de tenernos a las técnicas de empleo en todo centro de servicios sociales para poder atender con urgencia cualquier emergencia socio-laboral o para pasar consulta como técnicas de empleo de cabecera o familia porque no conozco a nadie que no haya necesitado alguna vez resolver una incertidumbre laboral, reorientar su objetivo laboral o simplemente saber dónde y cómo llevar ese CV a buen puerto. Para eso y mucho más somos y estamos las técnicas de empleo, profesión, aunque invisibilizada con gran anclaje por su innegable utilidad y funcionalidad.

Espero que estas palabras sirvan de reconocimiento para todas las grandes compañeras de la orientación laboral y anime a acercarse a este dinámico jardín interventivo a más trabajadoras sociales. Y por qué no, que anime a mejorar las condiciones laborales de todas las que nos dedicamos a mejorar el futuro laboral de las personas más vulnerables o con más necesidades de apoyo.

Cádiz, 26 de enero de 2021

Inmaculada Aparicio Gutiérrez
Gerente del Gabinete Social y de coaching Motiva-te

Situación actual del Trabajo Social ante la situación de emergencia social: Sobrecarga profesional, falta de recursos, nuevos perfiles de usuarios/as y demandas más exigentes

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha desembocado en una crisis económica que, a su vez, ha causado una crisis social. A raíz de la declaración del estado de alarma comencé a investigar en profundidad sobre la incidencia del “síndrome de burnout” o “síndrome de quemarse en el trabajo” en los y las Trabajadoras Sociales.

Comencé a indagar, a través de grupos de discusión y entrevistas, en el proceso por el que estaban pasando muchos trabajadores y trabajadoras sociales en emergencias sociales, con personas sin hogar, gestionando el duelo en hospitales o cubriendo las necesidades básicas de miles de personas. Encontré muchos casos de profesionales trabajando contra reloj totalmente desbordados/as y con necesidad urgente de más recursos asistenciales. Esta sobrecarga profesional en la que se veían inmersos/as, estaba constituyendo un riesgo no sólo para su propia salud, sino también para la adecuada atención de usuarios/as y su proceso de acompañamiento social. En muchos casos, no podían centrarse en la inclusión social por tener que dar prioridad a tareas de gestión telemáticas y trámites online, ejerciendo en algunos casos como meros tramitadores/as de prestaciones.

Pude además comprobar que habían surgido nuevos perfiles de usuarios/as. Eran personas que nunca habían acudido a servicios sociales, y que aún parecían en estado de shock. Personas que no sabían cómo encajar su situación a nivel mental y emocional.

Los y las trabajadoras sociales, se quejaban de que no disponían de apenas tiempo para cada intervención, que se enfrentaban a demandas más exigentes y que en muchas ocasiones no existía un protocolo de actuación, dando lugar a que los propios profesionales no sabían cómo actuar ante estas demandas.

Estas percepciones que surgían según iba avanzando esta investigación, lo confirmaron en entrevista muchos/as profesionales: Insistían en que debido a los escasos recursos se producía una sobrecarga profesional tremenda. Indicaban que la situación se estaba volviendo muy negativa y afectaba ya a los usuarios y usuarias. Muchos/as transmitían un sentimiento compartido de agobio, estrés y “quemado”.

Dada mi anterior experiencia y que una de las grandes áreas de mi proyecto profesional está relacionada con el autocuidado de los y las Trabajadoras Sociales, vi claramente la necesidad de implementar nuevas herramientas para hacer frente a esta sobrecarga que cada vez era mayor, tanto a nivel personal del propio trabajador/a como a nivel de intervención con los y las usuarias.

Investigación realizada

Dado que una de las técnicas con mayor evidencia científica no sólo para la prevención del estrés sino también para la prevención del burnout es Mindfulness, me propuse relacionar esta técnica con el síndrome de burnout, en el contexto del Trabajo Social.

Encontré que la bibliografía que combina Minfulness, Burnout y Trabajo social es muy escasa en Europa, especialmente en España.

Todo esto derivó en el trabajo de investigación: “Aproximando Mindfulness al Trabajo Social” que estoy llevando a cabo a través del Máster de Mindfulness de la Universidad de Zaragoza, con un convenio de colaboración en prácticas con el Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz.

El objetivo principal de la investigación es estudiar el síndrome de burnout en el Trabajo Social y analizar los beneficios del Mindfulness en el bienestar de los y las trabajadoras sociales de la muestra, teniendo presente la crisis social actual.

Partiendo de este objetivo principal, se plantean otros objetivos específicos:

  • Analizar el nivel de burnout entre los y las Trabajadoras Sociales, en la muestra de este estudio. 
  • Analizar la aplicabilidad de Mindfulness en el burnout y en el aumento del bienestar entre los y las Trabajadoras Sociales, muestra de este estudio.

Como justificación metodológica, en esta investigación se ha adoptado la metodología cualitativa, y como estrategias de obtención de la información han sido clave los grupos de discusión, complementados con la observación, la conversación, análisis de artículos, entrevistas y participación activa en las actividades que han formado parte del convenio de prácticas a través del Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz.

La investigación ha comprendido las siguientes actividades, llevadas a cabo hasta el momento: 

  1. Cuestionario para medir el impacto de la crisis Social en los y las Trabajadoras sociales, organizado por el Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz. Esta actividad ha servido para evaluar el IMPACTO DEL SÍNDROME DE BURNOUT EN EL TRABAJO SOCIAL.
  2. Realización de un Curso online, organizado por el Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz, titulado “Aprendizaje y práctica de la atención plena en el contexto del Trabajo Social”. En este curso de Mindfulness, se incluyeron dos tests, anterior y posterior al curso, que permitían la evaluación de la APLICABILIDAD DEL MINDFULNESS EN SÍNDROME DE BURNOUT.
  3. Un total de 15 grupos de discusión, grupos focales, utilizando metodología comunicativa y donde los propios profesionales transmiten qué necesitan.

Asimismo, ha jugado un papel significativo el diario de campo.

La investigación se encuentra aún en la parte de análisis, pues se siguen recogiendo más datos a través de entrevistas y análisis de artículos de interés, donde compañeros y compañeras nos acercan con sus relatos y vivencias a realidades desconocidas.

Sin embargo, ya en este momento se pueden extraer conclusiones importantes:

Síndrome de burnout en el Trabajo Social en tiempos de crisis

El término “síndrome de burnout”, que en español se traduce como “síndrome del quemado” o “síndrome de estar quemado por el trabajo” se usó por primera vez en 1969. A lo largo de estos años ha habido muchas definiciones de distintos autores, aunque coinciden en que se produce un desgaste, agotamiento y quemado del profesional. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha reconocido oficialmente el síndrome de burnout como enfermedad. Este reconocimiento entrará en vigor el próximo 01/01/2022. Lo describe como “un síndrome conceptualizado como resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito”, caracterizado por tres dimensiones:

  1. Sentimientos de falta de energía o agotamiento.
  2. Aumento de la distancia mental con respecto al trabajo, o sentimientos negativos o cínicos con respecto al trabajo.
  3. Eficacia profesional reducida.

En la investigación realizada se propuso, bajo el marco de un convenio con el Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz, la realización y difusión de un cuestionario para profundizar en el conocimiento del impacto de la crisis social en los y las Trabajadoras Sociales. Dicho cuestionario, estuvo disponible desde agosto hasta noviembre de 2020 y constó de un total de 47 preguntas, entre las que se incluyeron preguntas validadas usadas en cuestionarios tipo para investigaciones sobre el “Síndrome de burnout” (“Escala validada de MASLACH BURNOUT INVENTORY”), junto con otras preguntas adaptadas a las particularidades de la profesión, para poder relacionarlas y extraer conclusiones.

Los resultados más relevantes obtenidos de la muestra han sido:

  • IMPACTO DE LA CRISIS SOCIAL: Casi unánimemente, los y las Trabajadoras Sociales se han visto impactados/as laboralmente por las circunstancias actuales. Más de la mitad de la muestra indica que su desempeño se ha visto afectado.
  • RELACIÓN CON LAS INSTITUCIONES: Una mayoría siente que las funciones de los y las Trabajadoras sociales no están bien definidas y que existe un exceso de burocracia. 

Además, abrumadoramente consideran que se ha olvidado priorizar sus necesidades durante la crisis.

  • ESTADO PERSONAL.CANSANCIO FISICO Y PSIQUICO: Se aprecia que, un alto porcentaje dice sentir semanalmente molestias físicas (dolor de espalda, de cuello, o dolor de estómago) 

Casi la mitad de la muestra afirma sentirse “consumido/a” al final del día. La mayor parte de éstos (aproximadamente una de cada tres personas) se declara también “quemado/a” al menos una vez por semana.

  • ESTADO PERSONAL. CANSANCIO EMOCIONAL: Se extrae del análisis de los gráficos que aproximadamente el mismo porcentaje que dice sentirse “quemado/a” se declaran emocionalmente agotados /as por su trabajo. 

De éstos/as, la mayoría manifiestan haber necesitado algún tipo de ayuda emocional durante la crisis, al menos una vez por semana. Se trata de aproximadamente una de cada cuatro personas de la muestra.

  • RELACIÓN CON LA PROFESIÓN: Las conclusiones más relevantes de las preguntas en relación al ambiente laboral y relación con la profesión son que; aunque la mayor parte de la muestra está satisfecha con su trabajo actual, hay aproximadamente un 20% (una de cada cinco) que no sólo se plantea el cambio de trabajo, sino el dejar de ejercer la profesión.
  • AUTOCUIDADO: Se aprecia una distribución de las respuestas en relación al autocuidado que practican los y las Trabajadores Sociales, encontrando porcentajes significativos tanto entre los que lo practican como en lo que no. 

Sin embargo, estos profesionales creen mayoritariamente que no se están tomando medidas en este sentido en su ámbito profesional.

Herramientas de autocuidado para su prevención: Mindfulness

Para hacer frente a la sobrecarga laboral, es necesario en muchos casos usar herramientas de desarrollo personal y profesional en estas nuevas situaciones. 

Para el autocuidado en los y las profesionales del ámbito social existe un gran abanico de herramientas; como son el Coaching, la Programación Neurolingüística, herramientas y competencias derivadas de la Inteligencia Emocional, entre otras. Sin duda, una de las herramientas más efectivas con evidencia científica para la prevención y tratamiento del estrés y prevención del síndrome de burnout es Mindfulness. 

Mindfulness (que podría traducirse como “estar atento”) se refiere por un lado a un estado de la mente; y por otro lado, a las técnicas que permiten desarrollar este estado de la mente. Aunque existen muchas definiciones, una de las más utilizadas fuera de los ambientes científicos es la del monje budista Ticht Nat Hanh, quien la define como “mantener viva la propia conciencia focalizada en la realidad presente”.

Algunas de las técnicas que permiten desarrollar ese estado de la mente serían la meditación atencional, generación de aceptación, prácticas informales etc.

Es una técnica multiefectos, con beneficios a nivel atencional, sensorial, somático, experiencial y emocional. 

En la investigación realizada, para evaluar la aplicabilidad del Mindfulness en el tratamiento y prevención del síndrome de burnout se propuso la realización de un Curso online, organizado por el Colegio Profesional de Trabajo Social de Cádiz, con una duración de 8 horas (4 sesiones de 2 horas) titulado “Aprendizaje y práctica de la atención plena en el contexto del Trabajo Social”. En este curso de Mindfulness, se incluyeron dos tests, anterior y posterior al curso, que permitían evaluar cómo afectó la práctica al alumnado.

Como conclusión principal tras el análisis de los tests, se comprueba cómo las personas participantes con nivel de quemado alto, que no faltaron a ninguna sesión y que realizaron las prácticas recomendadas e hicieron seguimiento, al finalizar el curso no solo había aumentado su nivel de mindfulness, sino que también se había reducido su nivel de quemado.

Conclusiones generales hasta el momento

En la investigación realizada, por el momento se pueden extraer las siguientes conclusiones:

  1. En la muestra analizada, se comprueba cómo los y las Trabajadoras Sociales se consideran impactados/as laboralmente por esta crisis social, presentándose consecuencias en su salud física, mental y emocional.
  2. Aquellas personas de la muestra que se sentían “quemadas”, han reducido su nivel de quemado tras la práctica de Mindfulness. Asimismo, dentro del contexto del Trabajo Social, esta práctica les ha proporcionado otro tipo de beneficios, como por ejemplo la reducción de la rumiación, regulación emocional, exposición de miedos, etc.

Como investigación en curso, las conclusiones anteriores se consideran aún provisionales. 

En tiempos de incertidumbre, me motiva seguir moviendo al Trabajo Social, promoviendo el autocuidado desde la investigación para seguir avanzando en nuestra profesión. ¡JUNTOS Y JUNTAS HACEMOS MÁS! 

Bibliografía

  • El Sahili, L. (2015). Burnout. Consecuencias y soluciones. México: Manual Moderno.
  • Gil-Monte, P. R. (2005). El síndrome de Quemarse por el Trabajo (burnout). Una enfermedad laboral en la sociedad del bienestar. Madrid: Pirámide.

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