ENTREVISTA A Ana Cristina Ruiz Mosquera Trabajadora Social y Psicóloga. Asociación Ahlelí
ENTREVISTA A María de las Olas Palma García Profesora Titular de Trabajo Social y Servicios Sociales. Universidad de Málaga Doctora, Trabajadora Social
Se trata de una lectura altamente recomendable, cómoda, y que genera interés. Un manual imprescindible que a lo largo de sus cinco capítulos, nos muestra la pérdida desde una perspectiva resiliente, sus etapas y los diferentes tipos de duelo. Todo ello con distintas propuestas de intervención desde el trabajo social, estrategias y claves necesarias para el autocuidado profesional y personal, ante las intervenciones.
ENTREVISTA
Cómo surge la idea de escribir el libro y porqué Anna Forés para el prólogo.
Este libro surge de la motivación por la transferencia de la práctica de intervención con personas en duelo tras la pérdida de seres queridos a la disciplina del Trabajo Social. En segundo lugar, responde a la necesidad que hemos venido detectando desde hace tiempo en diferentes foros de profesionales del Trabajo Social, respecto a disponer de una herramienta práctica que nos aporte claves y estrategias para la intervención en este contexto específico de adversidad que suponen las pérdidas y los procesos que ante ellas se ponen en marcha. Precisamente, una de las personas con mayor compromiso en el desarrollo de estas estrategias resilientes en todas aquellas situaciones complejas en las que nos vemos inmersos, es Anna Forés, Como escritora reconocida a nivel internacional es referente en el campo de la resiliencia y de las oportunidades que en este nuevo paradigma encontramos para fortalecernos ante las experiencias de dolor.
Podríais explicar brevemente en qué consiste el círculo vital de la persona doliente.
El círculo vital de la persona engloba sus características, sus circunstancias, sus relaciones sociales, vínculos personales, formación, actividad laboral, es decir, se trata de una forma de definir a la persona en su totalidad. Se trata de un círculo que describe nuestras vidas y cuando se produce una pérdida de un ser querido, todo lo que incluye ese círculo se desestabiliza pues el dolor de la pérdida se incorpora en él y la persona tiene que aprender a convivir con esta nueva situación, incorporando la ausencia de la persona fallecida en su círculo, tratando de reconstruirse con la energía de los recuerdos positivos, aquellos que forjaron un vínculo tan especial.
En el diseño de una intervención individual con personas en duelo, ¿cuáles son los principales objetivos que debemos plantear?
Como profesionales debemos trabajar con el objetivo de empoderar a la persona doliente, ya que el proceso emocional y social que atraviesa tras la pérdida del ser querido demanda de predisposición para su elaboración desde una perspectiva sana. Se trata de un entrenamiento en resiliencia, pues ante la situación adversa, sin duda una de las más difíciles a las que se hace frente a lo largo de la vida, la persona doliente tiene que trabajar para recomponerse y aprender a vivir su vida sin la persona fallecida. Además, otro de los objetivos que a tener muy presente desde el Trabajo Social es la prevención del aislamiento social, mejorando el apoyo social, a través del fortalecimiento de vínculos sociales en los momentos de elaboración del duelo.
“Caminar en los zapatos del doliente”, y escuchar “desde los zapatos del doliente”, son expresiones que se utilizan. ¿A qué situaciones se refieren?
Con estas expresiones nos queremos referir a la importancia que tiene reconocer el proceso de duelo en cada persona de forma única y personalísima pues es un proceso que cada persona pone en marcha con sus propios recursos y herramientas personales y sociales por lo que debemos evitar las generalizaciones o la devolución de falsa empatía. Se trata de un proceso emocional y social dinámico y personal que se debe reconocer a cada doliente. No van a existir dos pérdidas iguales ya que no existen dos vínculos iguales, ni personas iguales, ni relaciones iguales.
En el libro se hace una descripción muy clara sobre los diferentes tipos de duelo. ¿En cuales consideráis que resulta más compleja la intervención? ¿En cuales hay más riesgo de que se convierta en patológico?
Se convierte en patológico aquel proceso de duelo en el que no se habla de la persona fallecida, en el que se evitan los sentimientos y emociones del proceso de duelo, aquel en el que la persona no se permite llorar la ausencia del ser querido o en aquellas personas que encuentran en el aislamiento social la distancia con el dolor. La intervención resulta más compleja cuando la persona en duelo no presenta la predisposición para elaborar el proceso emocional.
La práctica diaria de la intervención con personas en duelo nos enseña que no hay un duelo que tienda a patologizarse por sí mismo, sino una serie de conductas como las que hemos descrito antes que impiden a las personas la elaboración del proceso de duelo de una forma sana. De ahí la importancia de prevenir y acompañar desde estrategias resilientes todos estos procesos.
Desde vuestro conocimiento y experiencia. ¿En qué tipo de duelo suele ser más habitual la búsqueda de ayuda?
La experiencia de estos años muestra un perfil muy variado de personas que piden ayuda para la elaboración de su duelo, aumentando el número de casos atendidos año tras año. La sensibilización y la promoción de la salud mental está permitiendo que cada vez sean más las personas que demandan orientación, acompañamiento y apoyo para la elaboración de este proceso emocional pese a considerarse un proceso natural. También existe una elevada demanda de ayuda para trabajar el aspecto social del duelo, pues las personas buscan comprensión e inspiración en otras personas que también están atravesando el mismo dolor de la pérdida de un ser querido, de ahí el capítulo dedicado a la intervención con grupos de personas en duelo.
Si hubiera que destacar por tipo de vínculo y circunstancias de la pérdida, en la actualidad existe una elevada demanda de madres que han perdido a sus hijos, ya sea de forma repentina por accidentes, asesinatos, muertes súbitas, pérdidas infantiles y perinatales, suicidios o tras largas enfermedades (la que más se repite el cáncer), pero es cierto que continúan siendo numerosas las personas necesitan también elaborar el duelo tras haber perdido a padres, hermanos, parejas o amigos por suicidios, tras largas enfermedades, accidentes y violencia de género.
En cuanto al tiempo, cada vez más son las personas que requieren este acompañamiento en los primeros meses tras la pérdida, aspecto remarcable pues hace visible la alta predisposición que presenta para elaborar su duelo. No es fácil pedir ayuda y ese primer paso marca de forma destacada la elaboración que se va a realizar del proceso emocional y social.
¿Qué papel juega el autocuidado del profesional, en la intervención con grupos de ayuda en duelo?
Las sesiones de grupo de ayuda de personas en duelo tienen una elevada carga emocional pues lo que une a todas las personas que asisten es el dolor de la ausencia de la persona fallecida. Cuando entramos a las sesiones de grupo de personas en duelo como profesionales, es necesario hacerlo desde nuestro mejor estado anímico, con conocimiento y responsabilidad, pues cada persona va a presentar un estado distinto en cada sesión debido a la vulnerabilidad emocional propia de los momentos del duelo. Tanto los profesionales del Trabajo Social, como los de otras disciplinas relacionadas con el acompañamiento a personas estamos formados en competencias para trabajar ante situaciones de riesgo y estrés, pero trabajar con personas que han perdido a seres queridos, más si cabe cuando se trata de pérdidas traumáticas como las que se describen en el libro, requiere de un esfuerzo excepcional de autorregulación para poder estar y dar lo mejor a cada persona en duelo.
Y por último, ¿es posible intervenir desde la creatividad y entrenar la resiliencia?
Es posible y muy necesario. Como hemos comentado anteriormente, las personas en duelo traen consigo las experiencias más difíciles a las que tienen que hacer frente en sus vidas, aprender a convivir con la ausencia de la persona fallecida y hacerlo teniendo presente sus recuerdos, lo que les sitúa ante una gran vulnerabilidad emocional, buscando apoyo y acompañamiento profesional donde hasta el momento no lo han encontrado. Es por eso que desde cada caso, de forma personalísima, hay que diseñar con las personas estrategias que le puedan ayudar en su día a día a gestionar sus emociones y sentimientos, descubrir sus recursos y que conozcan herramientas para elaborar el proceso emocional y social, lo que nos exige como profesionales a ser creativos para dar respuesta a cada caso de forma única y, entrenar el resiliencia ya que durante el proceso serán numerosos los obstáculos o situaciones adversas a las que tendremos que hacer frente pero con la energía y predisposición que nos permita enfrentarnos a ellos y salir fortalecidos, con aprendizaje y crecimiento personal y profesional.
Rubén Yusta Tirado Trabajador Social especializado en el ámbito de la gerontología. Doctorando en Trabajo Social por la UCM
Han pasado ya más de dos años desde que en España se decretó el Estado de Alarma. Una situación que, sin duda, cambió la vida de todos y todas y, en especial, de las personas mayores de nuestro país. Han tenido que pasar los meses para poder ser conscientes, no solo del impacto directo que esta pandemia ha tenido para este sector, que en la actualidad, solo en el ámbito residencial se traduce en más de 32.000 decesos, sino para poder tomar distancia y a la vez conciencia de las consecuencias que esta enfermedad ha tenido en lo que actualmente se conoce como el Cuarto Pilar del Estado de Bienestar (Navarro y Pazos, 2020) o como el Pilar de los cuidados (Gallardo y Sánchez, 2020).
Pero vayamos al origen de la que ya podemos categorizar como anómala situación dentro del ámbito de la gerontología. Tras el grave impacto del Covid-19 en el ámbito de la gerontología en general y en el ámbito residencial en particular, profesionales, entidades y organizaciones públicas coincidían en un aspecto: lo sucedido en las residencias españolas, no podía volver a ocurrir. Para ello, y dejando atrás un sinfín de cuestiones sucedidas en los meses más duros de la pandemia y sobre las que aún apenas se han depurado responsabilidades, diferentes organizaciones e instituciones se fueron haciendo eco de la necesidad de cambio en nuestro actual sistema de cuidados de larga duración. Un claro ejemplo de esto fue la Declaración en favor de un necesario cambio en el modelo de cuidados de larga duración de nuestro país, promovida por Fundación Pilares (2020) y a la que se sumaron más de 1000 profesionales de diversas disciplinas. Este documento pretendía, tal y como se ha señalado, aprovechar la compleja situación vivida durante la pandemia para crear e impulsar un nuevo modelo de cuidados, tanto en el ámbito domiciliario como en el residencial. Pues bien, ¿qué ha quedado de todo aquello? ¿Hasta dónde ha llegado todo este “empuje” por parte de profesionales y entidades y cuánto de todo esto está llegando realmente a las personas usuarias?.
Si tuviéramos que responder de una forma rápida a estas preguntas, podríamos afirmar que poco o nada ha cambiado la situación de las personas mayores en estos dos últimos años, atendiendo a las afirmaciones de Pérez et al., (2022) y Vila (2022). En cambio, si queremos hacer un buen análisis de la situación actual de este cuarto pilar, es importante que analicemos qué cuestiones motivan estas afirmaciones y, en definitiva, esta pérdida de fuerza y de motivación respecto a los principios desarrollados en 2020.
Muchas instituciones y profesionales, se han hecho eco de la sobrecarga que las personas dedicadas a la intervención sociosanitaria, han sufrido durante los meses más complejos de la pandemia (Elola, 2020; Blanco-Donoso, 2021). Como respuesta a esto, algunas instituciones y manifestaciones, han señalado la necesidad de cuidar a estas personas cuidadoras y de establecer acciones que mejoraran sus condiciones sociolaborales, facilitando aspectos como la conciliación familiar, el nivel socioeconómico y, por consiguiente, la disminución de los niveles de sobrecarga en este sector. En relación a esto, la realidad nos aporta una respuesta clara, la cual la encontramos en la negociación del VIII Convenio Colectivo para el ámbito residencial que, en palabras de de Martí (2022), debería estar vigente desde hace 3 años y cuya pugna se encuentra en el desacuerdo entre sindicatos y patronales de residencias por el aumento del IPC. En el ámbito de la atención domiciliaria, sector en el que suele emplearse el Régimen Especial de Empleados del Hogar, la situación no dista mucho de la anterior, puesto que aunque poco a poco parece que ya se va avanzando en la subsanación de este aspecto, aún hoy en día estas personas siguen sin tener derecho a la prestación por desempleo a la finalización de su contrato. Sin duda, aspectos muy relevantes en cuanto a la mejora de las condiciones laborales de los y las profesionales de este sector.
Pero los cambios, o la ausencia de éstos, no sólo están afectando a los y las profesionales del ámbito de la gerontología. Las personas usuarias también están siendo protagonistas de esta ausencia de medidas tras la pandemia, tal y como se está poniendo de manifiesto en bastantes Comunidades Autónomas. Sin ir más lejos, la entrada en vigor del nuevo Acuerdo Marco de la Comunidad de Madrid, dejaba a más de 600 personas usuarias en una situación de vulnerabilidad al tener que buscar un nuevo centro residencial (Tragacete, 2022), al quedarse fuera de este acuerdo varios centros concertados de la región.
Cabe destacar que, en esta Comunidad Autónoma, más del 75% de las residencias son privadas (Abellán et al., 2018), por lo que podemos hacernos a la idea de lo que podría haber supuesto para las personas usuarias la salida del acuerdo de más centros.
Pero esto no es algo que únicamente suceda en la capital, ya que hace apenas unos días también descubrimos que el reglamento de un centro residencial de Alcalá de Guadaíra, fijaba sanciones para las personas usuarias que pudieran hacer declaraciones que supusieran el “descrédito” del centro residencial (Sosa, 2022), lo que sin duda choca de forma directa con los principios de dignidad, individualidad, autodeterminación y promoción de la autonomía que desde un primer momento han formado parte de la piedra angular de este nuevo sistema de cuidados y, por tanto, de nuestro cuarto Pilar del Estado de Bienestar.
Por último, no podemos olvidarnos de la Ley de Dependencia, motor principal de la atención a las personas mayores y/o dependientes de nuestro país que, tras más de 15 años de desarrollo, sigue presentando carencias en cuanto a su aplicación y en la llegada de las prestaciones y servicios a la ciudadanía, lo cual es manifestado por múltiples profesionales instando a una necesaria renovación que permita ajustar estas prestaciones y servicios a las necesidades y preferencias de las personas usuarias (Novillo y Cubero, 2021; Sanchís, 2022).
En definitiva, nos encontramos ante una situación en la que podemos confirmar, a tenor de lo desarrollado, que la oportunidad de cambio que muchas instituciones y profesionales identificaron en las complejas situaciones vividas tras la pandemia, apenas ha servido para cambiar la realidad del sector más golpeado por la situación de emergencia vivida en los dos últimos años. Parece ser que todos los propósitos, iniciativas y proyectos de enmienda y mejora, apenas han calado en las principales instituciones prestadoras de servicios y, en mucho menor grado, en la situación de las personas mayores de nuestro país. Por tanto se puede afirmar que la situación, lejos de mejorar, continúa en un proceso de languidecimiento en el que los principales afectados son las personas usuarias y las personas profesionales que conforman el actual sistema de cuidados a nivel nacional. Todo ello, no hace más que indicarnos el largo camino que tenemos por delante y la necesidad de, ahora sí, comenzar a trabajar en un nuevo modelo de cuidados integral e integrado por todos los agentes que confluyen en este ámbito.
Blanco-Donoso, L. M. (2021). Riesgos psicosociales del personal de residencias geriátricas en el contexto del COVID-19. Archivos de Prevención de Riesgos Laborales, 24(4), 414-419. DOI: https://doi.org/10.12961/aprl.2021.24.04.08
Novillo, B., y Cubero, M. (2021). Los factores sociales en el acceso a las prestaciones y servicios del catálogo de servicios del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de Dependencia. Trabajo Social Hoy, 92(1), 125-137. DOI: http://dx.doi.org/10.12960/TSH.2021.0006
Rafael Arredondo Quijada Trabajador Social Doctor por la Universidad de Málaga (UMA) Profesor en los grados de Trabajo Social y Criminología de la UMA
El pasado enero se cumplieron cinco años de la entrada en vigor de la actual ley de Servicios Sociales de Andalucía (Ley 9/2016, de 27 de diciembre). Por recordar, por aquello de la memoria histórica, tuvieron que pasar 28 años para alcanzar una nueva ley que viniera actualizar la aprobada en 1988 (Ley 2/1988, de 4 de abril), donde el colectivo de profesionales del Trabajo Social estuvimos en primera línea ante una reivindicación como la de actualizar una norma casi treinta años después, obsoleta y fuera de contexto.
Una nueva norma que en sus disposiciones se marcaba un tiempo máximo de 12 meses para la elaboración de toda una serie de elementos claves para su desarrollo, como:
El Mapa de Servicios Sociales (Disposición adicional tercera).
El Mapa de Servicios Sociales (Disposición adicional tercera).
El Catálogo de prestaciones (Disposición adicional cuarta).
El Plan Estratégico (Disposición adicional quinta).
La Carta de los Derechos y Deberes de las personas usuarias de los Servicios Sociales (Disposición adicional sexta).
Transcurrido este tiempo (cinco años), de estos cuatro objetivos sólo se ha cumplido el primero, la aprobación del Mapa de Servicios Sociales (Orden de 5 de abril de 2019, modificado por Orden de 15 de febrero de 2022), no sin una demora sobre lo marcado de más de un año. En tanto en cuanto el resto de las cuestiones aún se las espera. Otra cuestión y que daría para otra publicación, es el contenido y utilidad del mapa. Los sistemas de información geográfica son herramientas ampliamente desarrolladas desde hace años y que, como en muchas de otras áreas, la implantación de las nuevas tecnologías llega tarde a nuestro Sistema Público de Servicios Sociales.
Uno de los elementos claves se encuentra en su última fase de elaboración y aprobación. Nos referimos al “Plan Estratégico de Servicios Sociales”, cuyo proyecto se publicó con alevosía y nocturnidad el pasado 23 de diciembre, coartando la gobernanza de la que presume y que ha levantado las quejas, entre otros, del Consejo Andaluz de Trabajo Social. Metodológicamente, parece que el plan estratégico debería haber sido el primer elemento en aprobarse, siendo el que diera sentido y coherencia a los demás planes, programas y estrategias. Pero no, tenemos aprobados, por ejemplo, el I Plan Estratégico Integral para Personas Mayores en Andalucía 2020-2022, o el I Plan de Investigación e Innovación en Servicios Sociales de Andalucía 2021-2025.
De las cuestiones aún pendientes, hago un especial hincapié en el Catálogo de Prestaciones ya que, al no haberse aprobado, está afectando al desarrollo de las prestaciones garantizadas (art. 42 de la Ley 9/2016, de 27 de diciembre), para que sean consideradas con carácter de derecho subjetivo, tal y como indica la Disposición transitoria segunda, ya que hasta que no se apruebe no surtirán efecto. Me permito copiar literalmente lo que dice la norma, debido a su importancia y trascendencia:
“Disposición transitoria segunda. Exigibilidad de las prestaciones garantizadas.
Las prestaciones definidas en el artículo 42 como garantizadas surtirán efectos jurídicos a partir de la aprobación y publicación del Catálogo de Prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales de Andalucía.
Artículo 42. Prestaciones garantizadas.
1. Se considerarán prestaciones garantizadas aquellas cuyo reconocimiento tiene el carácter de derecho subjetivo, son exigibles y su provisión es obligatoria para las Administraciones Públicas, en las condiciones establecidas en cada caso en el Catálogo de Prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales y en el ejercicio de las competencias propias en materia de servicios sociales que les atribuyen el Estatuto de Autonomía de Andalucía y la Ley 5/2010, de 11 de junio, de Autonomía Local de Andalucía.
2. El Catálogo de Prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales describirá de forma clara las prestaciones garantizadas, entre las que, al menos, estarán:
a) Los servicios de información, valoración, orientación y asesoramiento.
b) La elaboración y ejecución del Proyecto de Intervención Social, a fin de garantizar una adecuada atención acorde con la valoración social de la persona, familia o unidad de convivencia, donde se incorporarán los objetivos a alcanzar, los medios disponibles, los plazos máximos de tramitación y ejecución, así como las acciones específicas orientadas a fomentar, en su caso, la inclusión personal, social, educativa y laboral.
c) El servicio de teleasistencia.
d) La atención inmediata en situaciones de urgencia y emergencia social.
e) Los servicios específicos para la protección de niños o niñas en situación de riesgo o desamparo.
f) La protección jurídica y social de las personas con capacidad limitada y de personas menores de edad en situación de desamparo.
g) Las prestaciones económicas específicas y directas orientadas a la erradicación de la marginación y la desigualdad y a la lucha contra la exclusión social, que deberán incorporar un itinerario a través de un plan de inclusión y/o inserción sociolaboral.
h) Las prestaciones contempladas en la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, y en su normativa de desarrollo.
i) La protección y amparo a las personas víctimas de violencia de género o trata, así como, en su caso, a su unidad de convivencia.
j) El reconocimiento de la situación de discapacidad, determinando su tipo y grado.
k) El servicio de ayuda a domicilio de los servicios sociales comunitarios no vinculados a la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia.
l) El alojamiento alternativo.
m) La prestación de servicios de apoyo psicosocial y psicoeducativa de atención a la infancia y la familia.
n) El tratamiento integral para las personas con problemas de drogodependencia y otras adicciones.
ñ) Atención a personas mayores víctimas de violencia intrafamiliar.
o) Las prestaciones económicas para menores en acogimiento familiar (último punto incorporado tras modificación en la Ley 4/2021, de 27 de julio, de Infancia y Adolescencia de Andalucía).
3. La efectividad jurídica de las prestaciones garantizadas contempladas en el punto anterior estará sujeta a la aprobación y publicación del catálogo definido en el artículo 41, salvo las referidas en las letras h) y j), que se rigen, en este aspecto, por su propia normativa.”
Después de ver el conjunto de prestaciones que se encuentran afectadas, imagino que el lector habrá comprendido la importancia de que el catálogo tuviera que estar aprobado en menos de un año y los perjuicios que esto puede estar ocasionando a la ciudadanía.
Revisando lo que se lleva elaborado de cara al catálogo, se encuentra la “Memoria económica financiera del proyecto de decreto por el que se aprueba el catálogo de prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales de Andalucía” (Tabla 1) que, haciendo un resumen de las partidas que contempla para los años 2021 a 2024, se observa una disminución del 1% que en el caso del programa de “Protección contra la violencia de género” alcanza el 50,48%, pasando de cerca de los siete millones a tres millones y medio. Dejaremos el tema económico para otro momento aunque, obviamente, es de suma importancia.
Tabla 1. Memoria económico financiera del proyecto de Decreto por el que se aprueba el Catálogo de Prestaciones del Sistema Público de Servicios Sociales de Andalucía
PROGRAMAS
Año 2021
Año 2022
Año 2023
Año 2024
Evolución 2021-2024
Programa 31E Atención a la Infancia
174.706.062,00
162.191.382,00
163.629.505,00
165.262.983,00
– 5,41 %
Programa 31G Acción comunitaria e inserción
226.195.462,75
225.057.180,00
225.057.180,00
225.057.180,00
– 0,50 %
Programa 32E Proyectos de interés social
45.603.848,00
45.603.848,00
45.603.848,00
45.603.848,00
–
Programa 31R Atención a la dependencia, envejecimiento activo y discapacidad
1.447.938.203,00
1.442.956.124,00
1.439.902.082,00
1.438.723.186,00
0,64 %
Programa 31F Pensiones asistenciales
20.864.669,00
20.613.669,00
20.362.669,00
20.111.669,00
3,61 %
Programa 32G Acciones para la igualdad y promoción de las mujeres
15.906.084,00
15.906.084,00
15.906.084,00
15.906.084,00
–
Programa 31T Protección contra la violencia de género
6.970.245,00
3.451.449,00
3.451.449,00
3.451.449,00
50,48 %
Programa 31B Plan sobre adicciones
22.407.644,69
24.971.346,39
24.970.397,39
24.970.397,39
11,44 %
Programa 31P Servicio de apoyo a familias
5.010.000,00
5.010.000,00
5.060.400,00
5.060.400,00
1,01 %
Total
1.965.602.218,44
1.945.761.082,39
1.943.943.614,39
1.944.147.196,39
– 1,09 %
Fuente: Elaboración propia
Por recordar algunos otros datos, Andalucía:
Mantiene una renta por hogar un 16% inferior a la media nacional y una renta por persona un 19% menor que la nacional.
Una tasa de riesgo de pobreza del 28,5% sobre un 21% a nivel estatal (+7,5).
Con más de 33.000 personas usuarias de renta mínima de inserción y un 30% del total de personas beneficiarias del Ingreso Mínimo Vital.
Con 99 zonas con necesidades de transformación social, que en 1989 eran 8, donde se encuentra el barrio más pobre de España.
Más de 70.000 personas están a la espera de su resolución de grado de dependencia o resolución del PIA, con 540 días de espera desde que se presenta la solicitud hasta que se resuelve el recurso.
Y se podría seguir…, situación de vivienda, empleo, educación o sanidad, totalmente relacionado con la intervención y el Sistema de Servicios Sociales.
Son solo una serie de datos cuantitativos que confirman la necesidad y urgencia de un cambio en lo que se ha venido realizando y cómo se ha venido realizando, adentrándonos en la parte más cualitativa. Un modelo de intervención que olvida realmente a las personas y recarga la opción burocrática que requiere de adaptaciones y de que realmente ese modelo de atención centrado en la persona, recogido en la ley, sea una realidad desde una apuesta contundente por reforzar en personal y material todo el Sistema Público de Servicios Sociales, mientras tanto se seguirá “mareando la perdiz” y los de siempre, estén quien estén, haciendo de las suyas.
En el borrador del Plan Estratégico de Servicios Sociales, se identificaba como elementos claves para la formulación del Plan, la “consolidación del Sistema Público de Servicios Sociales”, y “el refuerzo del liderazgo estratégico de la Junta de Andalucía sobre la red de servicios locales”.
Revertir la situación actual, necesita de ambas cosas.
Si has comenzado a leer estas líneas, gracias por dedicarnos y dedicarte unos minutos. Quizás seas una o un profesional de las o los que siente que “no le da la vida”, si es así, para ti es este artículo.
El 15 de marzo de 2022 se celebra el Día Mundial del Trabajo Social, día en el que según recoge en su página web el Consejo General del Trabajo Social: “Esta fecha conmemora el compromiso, la contribución y la labor de nuestros/as profesionales como conocedores/as de primera mano de la realidad social, líderes del cambio y de la intervención social, e impulsores de la lucha y la garantía de los derechos sociales de la ciudadanía. Y más que nunca este día se debe dar a los/as profesionales del Trabajo Social el sentido de reconocimiento y orgullo que se merecen.”
Cada vez más, este perfil profesional se hace imprescindible en la realidad que vivimos, y demuestra la plasticidad de sus funciones y de sus profesionales que realizan el trabajo en nuevos sectores, moldeando su potencial personal y técnico, en áreas que aún no estaban reconocidas.
La capacidad de generar nuevas respuestas de manera dinámica, y el uso creativo de los recursos, secundan la idea de ser líderes del cambio con mayúsculas y del cambio cotidiano en las vidas de las personas que atendemos, las que realmente nos posicionan e identifican como expertos.
En paralelo, a nivel académico, la máquina de creación teórica sigue su curso, ahora con más oportunidades de investigación desde el grado y el doctorado, aunque aún con necesidad de aumentar su conexión con el conocimiento que se genera desde la práctica cotidiana.
Pero ¿es reconocimiento y orgullo lo que sienten las y los las/os profesionales en su día a día? ¿Nos identificamos/identifican como profesionales? ¿Y a nuestra profesión? ¿Podemos sentir satisfacción por nuestros logros, capacidades o méritos?
El exceso de trabajo y burocracia, la infradotación de personal, la precariedad de las contrataciones, recursos inversamente proporcionales a unas necesidades que crecen exponencialmente y las políticas sociales cortoplacistas y “miopes” merman nuestra autoestima profesional, lo que repercute en nuestra autoestima personal, que lucha a diario por la conciliación de nuestra vida personal/familiar y profesional. No es fácil no “sentirse quemada/o” y encontrar sentido a nuestro trabajo diario. ¿Cuál es el sentido de ese trabajo? ¿Qué nos mueve?
Dediquemos una mirada a esa/e estudiante que fuimos, a recordar qué nos llevó a estudiar Trabajo Social y no otra cosa. Tal vez recordemos que:
Sentíamos la necesidad de asistir, ayudar de alguna forma, a las personas desfavorecidas, vulnerables y/o excluidas. Queríamos “hacer algo” contra la segregación social.
Pretendíamos motivar y acompañar a las personas en su “cambio” para la mejora de sus vidas, promoviendo su opinión y participación.
Buscábamos el apoyo en el prójimo, la unión, la comunidad y el trabajo en red.
Nos indignaba la pobreza y la injusticia social, no “normalizábamos” su existencia.
Poníamos nuestra voluntad y compromiso en nuestro trabajo con las personas.
Creíamos que luchar contra la pobreza era una lucha por la igualdad.
Quizás si recuperamos esa mirada hacia las personas más vulnerables y hacia la defensa de sus derechos, y tomamos conciencia y buscamos estrategias para no “quemarnos”, seamos capaces de reconocernos y sentirnos orgullosas/os de ser profesionales del Trabajo Social.
José Luis Gil Bermejo Trabajador Social, Sociólogo y Psicólogo
Concha Álvarez Sánchez Trabajadora Social
Rocío Menéndez Picón Psicóloga
Instalarse en el “no saber” es fundamental para la eclosión de la creatividad, para el abrirse a nuevas posibilidades» (Kisnerman, 1999)
«Sé cómo tú eres, de manera que puedas ver quién eres y cómo eres. Deja por unos momentos lo que debes hacer y descubre lo que realmente haces» (Perls, 1973)
Introducción
Estamos viviendo momentos que, sin ser conscientes de ello, nos lleva ante una vida de incertidumbre generalizada, donde la planificación a largo plazo resulta ilusoria e irreal, lo que antes pertenecía a lugares vulnerables del sistema social establecido, ahora se muestra presente cada vez más en nuestra vida cotidiana con la llegada de la pandemia y sus efectos socio-políticos. Quizás nuestra profesión esté acostumbrada a mirar muy de cerca la incertidumbre, la vulnerabilidad, la exclusión o la supervivencia desde lo precario, así como medidas políticas institucionales que fomentan la desigualdad social, por lo que quizás, algo de todo lo que está pasando a nivel general, dentro de nuestro ser, nos confiere cierto conocimiento para ver las cosas de otra manera.
Escribimos este artículo desde una mirada interior, atendiendo a nuestro ser de forma integral, tanto en el plano emocional, corporal como racional, dándonos cuenta como muchas veces el cansancio físico o las tensiones corporales nos han recordado de manera individual que quizás quiero dejar la profesión, o que me enfrento diariamente a una soledad institucional que va agotando mis recursos tanto emocionales como racionales, o quizás, justo lo contrario, mi cuerpo y mi ser sienten la satisfacción que me produce ayudar a los demás o el gusto por trabajar en un equipo de trabajo humanizado, así como muchos otros planteamientos, nada sencillos que me han podido surgir en mi biografía personal desde el momento en el cual decidí estudiar o trabajar en la llamada intervención social.
Desde esta mirada, analizaremos el contexto donde nos movemos como profesionales del trabajo social, en torno a la desigualdad social y la relación de ayuda. Por otra parte, abordaremos el concepto de supervisión profesional de acompañamiento y cuidado propio, analizando alguno de los lugares críticos más comunes de nuestra profesión donde se hace necesaria la supervisión para, finalmente, establecer un modelo que pueda servir como orientación ante nuestro trabajo cotidiano.
Momentos y relatos de la actualidad
La exclusión social es un término de importante resonancia en nuestra sociedad etnocentrista y global neoliberal, ya que en nuestro imaginario se sitúa la inclusión/ exclusión dentro de una sociedad supuestamente desarrollada, en base a unos indicadores económicos que determinan el estar dentro o fuera de la misma. Sería disparatado y complicado hablar de exclusión social en una comunidad indígena en el Amazonas o en una sangha budista en el Tíbet, y si lo hiciéramos, nuestro significante de riqueza tomado en términos económicos sería de lo más paupérrimo (Gil, 2010).
La creciente desigualdad de las sociedades posmodernas poco a poco desdibuja el concepto de clase social, siendo ahora la exclusión social, una realidad que a diario afecta cada vez a más personas que se muestran con incertidumbre hacia el futuro. Dentro de esta incertidumbre, libertad precaria e individualismo, se va forjando la sensación de estar en permanente riesgo, (Bauman y Tester, 2002) asumiendo cada vez mayor tolerancia al riesgo y la desigualdad, propiciando una pérdida de la sensibilidad entre las personas (Bauman y Donskins, 2015). Además, en estos tiempos se nos “vende” la exigencia de “salir de la zona de confort”, o se nos hace responsables de nuestros propios males, detrás de toda una industria de la llamada “psicología positiva” (Gil, 2018). Parece que la incertidumbre es un valor en alza, por paradójico que suene, en esta creciente mediocretización que limita progresivamente una actitud creativa en esta sociedad (Perls, 1975 y 1976).
Ante este panorama de inseguridad e incertidumbre algo tiene que cambiar. Si el entorno se muestra poco cuidador, será necesario identificar a un sistema que en sus discursos y prácticas avala y justifica argumentos vinculados a la penalización de la pobreza, a la judicialización de la vida cotidiana y a la criminalización de la protesta social (Cerruti y Silva, 2013), para que de esta forma exista una mirada crítica que favorezca un mayor cuidado y justicia social.
Así pues, nuestro posicionamiento no solamente puede estar en la cognición y comprensión de situaciones de manera individualizada, sino en estar presentes también en la observación desde lo emocional y corporal, pudiendo ver a las personas que nos rodean, en lo pequeño, en la quietud del presente, del aquí y ahora, poniendo en alza la observación y el cuidado de la vida hacia una y uno mismo como hacia los demás y de esta forma, con una mayor conciencia de sí, podríamos aspirar a una convivencia colectiva menos patriarcal y por ende más humanizada (Naranjo, 2010).
El cuidado y la ayuda como esencia de nuestra identidad
El Trabajo Social, como ámbito de la intervención social, se establece como disciplina teórica y profesional dentro de la dinámica psico-social de ayuda en la relación cuidado (Gil, 2016). Hablar del cuidado dentro de la intervención social, supone un componente ético y relacional importante, no solamente hacia las personas que atendemos, sino también hacia nosotras y nosotros mismos, suponiendo el cuidado un eje central de nuestra identidad profesional, así como para lo que llamaremos posteriormente, la supervisión de apoyo.
Si volvemos al cuidado como algo más cotidiano, más hacía el cuidado hacia sí misma/o, respecto a esta cuestión, Foucault (1984) señala cómo el autocuidado se ha relacionado con el egoísmo, el interés individual y el placer, en contraposición, a lo que podría ser más deseable socialmente, y más en nuestro contexto de la intervención social, donde el sacrificio hacia los demás, parece haberse convertido desde los inicios de la profesión, en una entelequia profesional que se aleja del cuidado propio y en definitiva de nuestro ser.
Así pues, y empezando a dar forma a lo que entendemos en relación con el concepto de cuidado y haciendo un análisis desde un contexto feminista (Gilligan, 1985), podemos resaltar una serie de características sobre que sería el cuidado en la relación personal y profesional (Comins, 2003; Mesa, 2005):
Consideración de ser y estar en relación: como ser social, más allá del individualismo, apostando por la autonomía personal que fomenta el cuidado mutuo, el cuidado a los demás y a su entorno.
Tomar un enfoque sensitivo hacia el contexto: el contexto del cuidado incluye a todas las partes relacionadas, quien cuida y quien es cuidado, atendiendo a las subjetividades de cada cual, va más allá de la situación concreta del cuidado abarcando espacios micro y macro, públicos y privados.
Preocupación por los demás: una preocupación que va más bien hacia una sensibilidad o responsabilidad hacia la humanidad, lejana o cercana de cada cual.
Sentimientos y razón: donde el pensamiento y la emoción se unen a lo que sucede en nuestro entorno en el momento de tomar decisiones y actuar, la comprensión de situaciones que ocurren en los contextos de ayuda no solo pasa por la razón, necesitan de una mirada propia hacia las emociones que nos surgen.
Orientación hacia dilemas reales: reconocer el conflicto y los dilemas del mundo relacional nos posibilita una actitud realista de los lugares en los cuales intervenimos.
Por ello, la propuesta que hacemos sobre el cuidado, en los contextos profesionales de intervención social, así como en otras áreas de actuación, es dar la importancia y significado al cuidado desde las siguientes orientaciones (Gil, 2018):
Ser conscientes del cuidado hacia sí misma/o, como una forma de comunicación propia con las necesidades, deseos y sentimientos que tenemos. Desde este lugar podemos cuidar a los demás a través de nuestra propia experiencia vivida del cuidado.
Ruptura de un esquema del cuidado polarizado, yendo más allá de formas lineales de poder (entre quien cuida y quien es cuidado), donde culturalmente se asocia el cuidado a la dependencia o debilidad, apostando por un modelo de cuidado no lineal y contextual, sin posicionamientos de poder a priori, que se generan de manera natural por nuestro posicionamiento institucional de profesional hacia las personas que atendemos.
Ser consciente de nuestra presencia, en el aquí y ahora, dando lugar a nuestros pensamientos, emociones y cuerpo, de manera conjunta, más allá de la racionalización de lo que nos pasa y por qué nos pasa, que en ocasiones nos limitan y obstaculizan de alguna forma la creatividad. Las filosofías orientales y corrientes psicológicas humanistas nos muestran como importante cultivar el poder estar en presente, en el aquí y ahora, en lo que nos pasa a nivel cognitivo, mental o corporal, lejos de atender la llamada a la acción del ego, del deber o de lo que esperen las demás personas (Naranjo, 1990; de Casso, 2003).
Desde esta visión y acercamiento, se establecería lo que entendemos por supervisión profesional, tomando el concepto del autocuidado, como una mirada hacia nuestro ser personal que se desarrolla profesionalmente en el día a día ante el encuentro con lo humano y la desigualdad social. Sin duda todo ello otorga a nuestra profesión una complejidad admirable y a veces poco reconocida socialmente.
La Supervisión en el Trabajo Social
Si buscamos la etimología de la palabra supervisión nos lleva al latín, donde super significa sobre y vidêre, mirar o ver. Según Aristu (1991) se trata de una “visión desde arriba”, que permite observar con una mayor claridad lo que está pasando (Porras, 2016).
La supervisión se remonta a las pioneras del trabajo social, Octavia Hill y Mary Richmond, las cuales ya realizaban esta labor, a través del llamado trabajo social de casos (Fernandez, 1997; Puig, 2011). A partir del siglo XX, existen diferentes formas de prácticas de supervisión en el Trabajo Social, con diferentes perspectivas como la administrativa (Dimock y Trecker, 1949), la educativa o la de apoyo (Perlman, 1969; Kadushin, 1985), desarrollándose de manera cada vez más compleja hasta nuestros días (Escartín, Lillo, Mira, Suárez, y Palomar, 2013).
De una manera sencilla describiremos a continuación estos tres tipos de supervisión (Dawson, 1926; Kadushin,1992; Otegui, 2008):
La función más básica de la supervisión administrativa es garantizar que se realice el trabajo. La mayoría de las/los profesionales del trabajo social, reciben este tipo de supervisión en sus entidades siendo fundamental para mantener el funcionamiento de la institución. No solamente se transmiten saberes en los procedimientos y tareas a realizar, sino también cuestiones de la cultura institucional de cómo comportarse y proceder en el ejercicio diario profesional, como si se tratase de un currículum oculto educativo.
La supervisión educativa se encarga de enseñar los conocimientos, habilidades y actitudes importantes para las tareas propias a la profesión, si bien antes, en la supervisión administrativa se miraba a la institución, aquí se mira a los conocimientos propios del Trabajo Social. El objetivo principal es disipar el desconocimiento y mejorar la habilidad profesional. El proceso clásico involucrado en esta tarea es fomentar la reflexión y la exploración del trabajo, desde diferentes corrientes teóricas o miradas posibles en la intervención social (psicoanálisis, terapia familiar sistémica, cognitiva-conductual, humanista, donde se incluye la terapia Gestalt, así como otras perspectivas de corte psicológico o miradas de intervención social de corte crítico).
Por último, la supervisión de apoyo: esta supervisión está muy en relación con las dos anteriores, el objetivo principal es mejorar el bienestar personal y la satisfacción laboral (Kadushin, 1992). Se considera que las/los profesionales del Trabajo Social se enfrentan a una variedad de tensiones relacionadas con el trabajo que pueden afectar de manera personal y en el trabajo diario, repercutiendo en las personas que atendemos a través de una progresiva desvinculación de nuestros sentimientos que van distanciándose de las situaciones ajenas, propiciando una desconexión recíproca con nuestras propias emociones y las emociones de la persona a la cual acompañamos. La persona que supervisa debe ir más allá de la información recibida (Lillo, 2007) para poder entrar en lo profundo desde lo aparente.
Teniendo en cuenta esta clasificación de la supervisión profesional en el trabajo social, Puig (2011), siguiendo a Barenblit (1997), establece una serie de características que abordaría la misma, entre ellas: la reflexión sobre la tarea que se realiza, fomentando un pensamiento crítico del cómo y para qué se hacen las cosas, abriendo una posibilidad de realizar propuestas de cambio o mejora; la resolución de conflictos, tanto institucionales como profesionales con las personas que se atienden o incluso personales relacionados con situaciones laborales, donde es evidente que el trabajo con las personas nos va a movilizar; el fomento del autocuidado sería otro de los aspectos muy en relación con la supervisión profesional, una cuestión muchas veces olvidada, donde es importante mantener la premisa de cómo cuidar partiendo del autocuidado o bien permitiendo que nos cuiden.
No podemos olvidar, desde un posicionamiento crítico, que la supervisión puede ser vista como un sistema de control y limitante para la/el profesional, donde la figura jerárquica de quien supervisa puede imponer su poder, no solo por el lugar que ocupa en la institución si no por la información confidencial e íntima que se comparte en un espacio de supervisión (Andreuci, 2014). Obviamente en este caso no hablamos de supervisión profesional, ya que se perdería uno de los elementos que entendemos como esenciales en la supervisión, el acompañamiento desde el cuidado y la confidencialidad.
La complejidad profesional y su supervisión
Si nos detenemos más profundamente en nuestra profesión, podemos observar cómo ésta se encuentra llena de contradicciones que en ocasiones nos relacionan de manera compleja a todo lo que sucede. Nos encontramos por una parte con la cara más cruda de la desigualdad social del entorno, donde nuestro posicionamiento profesional se sitúa por una parte como referente institucional, y desde dicha institución con sus respectivos enclaves culturales y simbólicos que supuestamente para bien o no tan bien, debemos seguir, donde se habla de: casos conflictivos, problemáticas, colectivos, recursos, procedimientos, expedientes, codificaciones, gestiones, prestaciones y un cúmulo de etiquetas que ponemos a las realidades que se muestra a través de las personas que día a día pasan por nuestra atención (Gil, 2011). Por otra parte, el sujeto profesional como ser personal, se encuentra entre esta tesitura de dar una respuesta institucional a una demanda que aparece de manera continua, o quizás, desde el sentido común profesional, dar una respuesta más coherente a lo que vemos.
Ante el contexto de desigualdad social estructural y coyuntural, la complejidad de la demanda, unida a la imposibilidad de dar respuesta para paliar las numerosas situaciones de violencia estructural ante las que nos encontramos, se produce un desbordamiento profesional, todo ello unido, en muchas ocasiones, a la presión institucional o de la situación, donde lo urgente se convierte en cotidiano y el hacer, en ocasiones, se superpone al razonamiento previo o una planificación racional y coherente. Por supuesto, los sentimientos que nos pueden surgir con todas las personas que estamos en contacto y ante situaciones tan vulnerables, parece que quedan en un segundo lugar, como si se tratase de un aspecto personal contraproducente para atender tanta complejidad y situaciones devastadoras. ¿Dónde quedan las emociones que generan las personas que comparten, en gran medida, tanta intimidad, con nosotras/os?, si recuerdo mis comienzos profesionales, ¿qué emociones me surgen? Estas preguntas residen en nuestro ser, más allá de la posible deshumanización que se genera, en el llamado burn out o síndrome de estar quemado profesional, al estar en contacto continuo con personas ante la incapacidad de satisfacer las demandas constantes (Leiter, Maslach & Frame, 2014).
En los párrafos anteriores describíamos una parte con la que nos encontramos a nivel externo, con la realidad que trabajamos, pero hay otra realidad, y es el dónde trabajamos, el ámbito de la intervención social. Existe una paradoja dentro del ámbito laboral de la intervención social cada vez más presente, su precariedad laboral, una precariedad que afecta a la temporalidad e inestabilidad de las plantillas de trabajo, las cuales requieren una fuerte formación y compromiso dada la complejidad que requiere las profesiones de la intervención social. La precariedad no solo está ligada a las condiciones laborales, sino que también genera exclusión social entre la plantilla de trabajo, a través de la división y jerarquización de equipos de trabajo donde cada cual, puede llegar a tener mejores o peores condiciones laborales realizando una misma tarea, por lo general en la atención directa, dependiendo también del tipo de contrato, de la vinculación con la administración o por razón de sexo (Gil, 2018).
La institución profesional nos dota de un espacio, de un lugar de “ser” profesionales del Trabajo Social, con un consiguiente código deontológico, que aparentemente es respetado y asumido por la propia institución. Nuestro “deber” a la misma es constante, desde una actitud de sometimiento, consentimiento o contra-institucional (enfrentándonos o culpabilizando a la institución de la frustración que genera nuestro ejercicio profesional), pero la respuesta siempre existe, en acción u omisión, existiendo una vinculación emocional (Gil, 2011).
Otras cuestiones que inciden en la profesión y que de manera implícita nos siguen marcando en nuestro día a día son las diferentes circunstancias que se pueden dar de manera común como: una profesión reproductiva, del ámbito del cuidado, feminizada, de procedencia de clases sociales obreras y cuestionadora del sistema hegemónico. Todo ello puede conformar una identidad profesional muy interseccionalizada, siendo una profesión con un estatus poco reconocido, a nivel social y de poder de negociación político.
Todo esto se pone de relieve en nuestro ejercicio profesional, en nuestro día a día, en las relaciones con las personas que atendemos, con las y los compañeros que nos relacionamos, la cultura institucional, jerarquías y estructuras, políticas sociales y realidad dentro de esta sociedad posmoderna antes y después de la pandemia, aquí y ahora. Entendemos que ante esta complejidad de nuestro trabajo, una vez realizado este breve análisis, requiere un acompañamiento, un cuidado, una supervisión, desde su función administrativa y educativa, en un primer nivel, y en un nivel más profundo a través de la supervisión de apoyo, ya que trabajamos con personas que nos suscitan preguntas, respuestas, vínculos, rechazo, y un sinfín de reacciones, corporales, emocionales y mentales, desde una práctica de supervisión basada en la evidencia (Mo, O’Donoghue, Wong y Tsui, 2020).
Por otra parte, la supervisión profesional debe ir más allá de la mejora del rendimiento profesional, medido en el logro de la competencia en la prestación de una atención de mayor calidad (Morrison, 2003). La supervisión de apoyo es la que nos lleva a toda esta reflexión y ante la cual vamos a proponer una serie de cuestiones al respecto, para esclarecer lo que pueden ser líneas básicas de la misma.
La supervisión en Trabajo Social desde una mirada Gestáltica
Partiendo de todas las reflexiones a las que hemos ido llegando a lo largo de este artículo, la corriente teórica-práctica que nos parece más oportuna para este tipo de trabajo es la proporcionada por la psicología humanista, en concreto a través de la psicoterapia grupal de la terapia Gestalt. Zinker (1977) señala una serie de objetivos que se pretenden alcanzar desde esta orientación:
Fomentar una mayor conciencia de sí misma/o como persona: corporal, emocional y ambientalmente.
Conocer cuando proyectamos nuestros deseos o necesidades en los demás.
Acercarnos a darnos cuenta de las necesidades, y a desarrollar los mecanismos y las destrezas necesarias para conseguir su satisfacción, sin atentar contra las de los demás.
Desarrollar y fomentar la capacidad de apoyo en una/o misma/o sí misma/o en vez de recurrir a responsabilizar a los demás, para conseguir lo que deseamos.
Poder estar más sensible ante lo que le rodea, al mismo tiempo que aprender a desarrollar aquellos mecanismos o corazas que le protegen contra las situaciones negativas, poniendo límites.
Aprender a asumir la responsabilidad de nuestros actos y de las consecuencias de estos.
Sentir más comodidad en contacto, creatividad y espontaneidad.
Tomar una mayor conciencia en armonizar nuestros deseos, pensamientos y actos, con el fin de sentirnos más a gusto con quienes somos y con lo que hacemos.
Para ello contaremos con las herramientas que nos proporciona este enfoque, las cuales nos permiten crear espacios presentes en el aquí y ahora, así como del darse cuenta de lo que ocurre con cada situación o caso a supervisar, utilizando una metodología donde puedan entrelazarse los espacios de una forma más expresiva, creativa, y donde el juicio evaluativo se encuentre lo menos presente. Estas herramientas nos posibilitan orientarnos hacia una co-visión y un espacio más horizontal de conocimiento, donde el equipo de trabajo pueda sentir estar en un lugar más seguro y de cuidado personal. Un espacio donde la sororidad se posicione frente a la competitividad, creando espacios de mayor entrega y solidaridad conmigo y con la persona que tenemos enfrente, pudiendo crear un encuentro entre nosotras/os más real.
Se pretende pues, que durante el desarrollo de dicho encuentro, podamos contemplar un espacio de toma de contacto no solo con nuestras cogniciones, sino también con las emociones y las conductas relacionadas y entrelazadas con mis pensamientos, por otra parte nos posibilitará conocer nuestro cuerpo, como cuerpo profesional que cada mañana camina hacia el territorio de la intervención social, el que nos libra de batallas y donde se aposentan las miserias y glorias de nuestra propia historia (Carbajal, 2011).
En un momento tan crítico donde la pandemia nos ha traído y nos vuelve a mostrar cada día que nuestra experiencia sólo puede ser aquí y ahora, es necesario acercarnos más genuinamente a la realidad que nos rodea, creando espacios más horizontales y humanizados, donde el trabajo social y cada persona que está corporeizando la profesión pueda hacerlo de una manera más liberadora y en sintonía con su deseo.
Conclusiones
La relación de ayuda implica una deconstrucción de la práctica del trabajo social actual, la cual viene estando muy relacionada con las exigencias de la deriva neocapitalista, que desdibuja dicha relación de ayuda de su eminente y original ética del cuidado. Necesitamos, cada vez más, espacios donde poder expresar, sentir y pensar lo que nos está pasando, para ello la supervisión nos acompañará en el proceso, un proceso que va más allá de la profesión o la institución para la cual trabajamos, un proceso que complementa otras formas de supervisión, como la administrativa y la educativa, presentando alternativas de supervisión horizontal como la co-visión, que nos lleva a un lugar de conocimiento más profundo, desde la supervisión de apoyo. Entendemos la supervisión de apoyo a través de la mirada gestáltica, una mirada que no solamente complementa un posicionamiento profesional sino también personal.
Y, ahora bien, ¿qué me puede aportar la supervisión profesional de apoyo con una mirada desde el enfoque gestáltico? A cada persona, según su nivel de vivencia, le aportará unas cosas u otras, pero sin duda nos ayudará a estas y otras cuestiones:
Un autoconocimiento propio encaminado hacia el apoyo social, el cual fomenta una mayor satisfacción en las relaciones de nuestro entorno próximo.
Superar prejuicios y discursos patologizantes que nos hacen ver los casos o situaciones como similares (Bingle y Middleton, 2019), perdiendo de vista que cada ser es único e irrepetible.
Desnaturalización de todo aquello que damos por sentado, saliendo de nuestros esquemas mentales, por medio de un redescubrimiento teórico y práctico, pasándolo por nuestra subjetividad y sentido común profesional.
Creación de espacios de construcción de nuevos discursos colectivos e inclusivos, entre equipos de trabajo y junto a personas que atendemos.
Búsqueda de una identidad profesional cambiante, reflexiva, abierta y construida en interacción con el contexto social.
Aumentar la capacidad de resistencia ante el conflicto y/o procesos de deterioro en las relaciones interpersonales, dentro de las instituciones en las que se trabaja o incluso, desarrollando mecanismos de autoprotección y cuidado, donde exploremos nuestros límites y podamos cuidarnos, poniéndolos si fuera necesario.
Recuperar el optimismo respecto a la práctica de la profesión, y alejarnos de la rutinización del trabajo diario, pudiendo contactar más con nuestros deseos genuinos de una manera más espontánea y creativa de trabajo.
Referencias bibliográficas
Andreucci, P. (2014). Modelos de Supervisión Clínica: Una articulación dialógica de dimensiones pedagógicas y terapéuticas. Akademia, 5(1), 1-11.
Barenblit, V. (1997). “Supervisión de equipos sanitarios en distintas instituciones”. V Jornadas Nacionales de APAG, San Sebastián. APAG – Asociación de Psicoterapia Analítica.
Bauman Z. & Donskins, L. (2015). Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Barcelona. Paidós.
Bauman, Z. & Tester, K., (2002). La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones. Madrid. Paidós.
Bingle, L., & Middleton, A. (2019). From doing to being: the tensions of systemic practice in social work–group reflective supervision in child protection. Journal of Family Therapy, 41(3), 384-406.
Carbajal, L. (2011). Del organismo al cuerpo – Gestalt Corporal. Barcelona. Comanegra
Cerruti, D. A., & Silva, M. P. (2013). Criminalización de la protesta y regionalización de la resistencia: procesos que atraviesan a la Unión de Asambleas Ciudadanas. Bienes comunes. Saqueo y resistencias, 155.
Comins, I. (2003). La ética del cuidado, como educación para la paz, Tesis Doctoral, Universitat Jaume I, Castellón, España.
Dawson, J. B. (1926). The case supervisor in a family agency without district offices. The Family, 6(10),293-295.
De Casso, P. (2003). Gestalt, terapia de autenticidad: del” ego” a” sí mismo”: la vida y obra de Fritz Perls. Barcelona. Kairós.
Dimock, H. y Trecker, B. (1949). The supervisión of group work and recreation. Michigan.
Escartín, M., Lillo, M., Mira, J., Suárez, E., y Palomar, M. (2013). El proceso de supervisión en las prácticas de trabajo social. En M. Tortosa, J. Álvarez y N. Pellín (Coords.), XI Jornadas de Redes de Investigación en Docencia Universitaria. Retos de futuro en la enseñanza superior: docencia e investigación para alcanzar la excelencia académica (pp.679-691). Alicante, España: Universidad de Alicante.
Fernández, J. (1997). La supervisión en el trabajo social. Barcelona. Paidós.
Foucault, M. (1984). La ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad. Hermenéutica del sujeto, 107.
Gil, D., & Gil, J. L. (2010). Jesús Hernández Aristu. Trabajo social hoy, (59), 129-136.
Gil, J. L. (2009). Fuerzas centrífugas de nuestra identidad. Trabajo social hoy, (58), 67-79.
Gil, J. L. (2016). El cuidado en la intervención social Una práctica en la ética del trabajo social. Respuestas transdisciplinares en una sociedad global: aportaciones desde el Trabajo Social (p. 133). Universidad de La Rioja.
Gil, J.L. (2011). Una aproximación a la Violencia en el Trabajo Social. Libro de publicaciones Congreso Trabajo Social, Colegio de Trabajo Social de Madrid.
Gil, J.L. (2018). La Sororidad en la intervención Social. Revista nacional de la Asociación Española de Terapia Gestalt. Mayo, 2018.
Gilligan, C. (1985). La moral y la teoría: psicología del desarrollo femenino. México. Fondo de Cultura Económica.
Hernández, J. (1999). La supervisión calidad de los servicios. Una oportunidad para los profesionales de ayuda. Pamplona. Ediciones Eunate.
Kadushin, A. (1985). Supervision in social workS. New York. Columbia University Press.
Kadushin, A. (1992). Supervision in Social Work. New York. Columbia University Press.
Kersting, H. J. (1999). La supervisión como sistema de reflexión de la praxis profesional: Paradojas y oportunidades desde la perspectiva constructivista. In La supervisión: calidad de los servicios: una oportunidad para los profesionales de ayuda (pp. 47-70). Pamplona. Ediciones Eunate.
Leiter, M. P., Maslach, C., & Frame, K. (2014). Burnout. The encyclopedia of clinical psychology, 1-7.
Lillo, A. (2007). Un Modelo teórico práctico para el proceso de supervisión en Trabajo Social. Portularia. 7, nº 1-2. 2007, (123-138). Universidad de Huelva.
Mesa, J. A. (2005). La ética del cuidado y sus implicaciones en la formación moral en la escuela. En: B. Toro (Dir.). La educación desde las éticas del cuidado y la compasión. Bogotá. Universidad Pontificia Javeriana.
Mo, K. Y., O’Donoghue, K., Wong, P. Y., & Tsui, M. (2020). The historical development of knowledge in social work supervision: Finding new directions from the past. International Social Work Journal.
Molina, L. y Romero, C. (2001). Modelos de intervención asistencial, socioeducativo y terapéutico en Trabajo Social. San José. Editorial Universidad de Costa Rica.
Morin, E. (2003), Introducción al pensamiento complejo. Barcelona. Gedisa
Morrison, T. (2003). Staff Supervision in Social Care. Ashford Press. Southhampton.
Naranjo, C. (2010). La mente patriarcal. Barcelona. Integral.
Otegui, A. B. (2008). La supervisión en Trabajo Social. In Métodos, técnicas y documentos utilizados en Trabajo Social (pp. 137-140). Servicio de Publicaciones Argitalpen Zerbitzua.
Perlamn, H.H. (1969). Trabajo Social Individualizado. Buenos aires. Humanitas.
Perls, F. (1975). Yo, hambre y agresión. México. Fondo de Cultura Económica.
Perls, F. (1976). El enfoque gestáltico y testimonios de terapia. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.
Perls, F.S. (1973) The Gestalt Approach and Eye-witness to TherapyT. Ben Lomond, CA. Science and Behavior Books.
Porras, J. A. (2016). La aplicación del psicodrama pedagógico a la supervisión en trabajo social. Comunitania: Revista internacional de trabajo social y ciencias sociales, 12, 69-85.
Puig, C. (2011). La supervisión en los equipos de Servicios Sociales: una oportunidad para la reflexión, el pensamiento y el cuidado de los profesionales. Cuadernos de trabajo social, 24, 123-133.
Ana Mª Torrado Botana Trabajadora Social funcionaria de la Junta de Andalucía y Vocal de Formación del CPTS Málaga
Hoy os venimos a hablar del libro “Manual para el abordaje de supuestos prácticos: Metodologías y herramientas para la práctica del Trabajo Social” el primer libro de la trabajadora social y autora Ana Mª Torrado Botana.
Un manual que lleva más de 1000 ejemplares vendidos desde que se publicó el pasado mes de abril de 2021 por el Consejo General del Trabajo Social en su apuesta por seguir en su línea editorial. Con esta publicación dentro de la serie verde, se ofrece una herramienta e instrumento para el Trabajo Social que sea de utilidad para el desempeño de la actividad profesional y en concreto, para superar pruebas prácticas en el acceso a las plazas ofertadas de la Administración Pública.
¿Cómo se gesta la idea de esta publicación?
La idea de publicar este libro viene de años, y surge a raíz de la impartición de cursos y talleres en distintos Colegios Profesionales andaluces y de la propia demanda del colectivo de Trabajo Social inmerso en procesos selectivos a Cuerpos de Grado Medio para la cobertura de plazas de administración pública que exigen entre sus pruebas de acceso, la superación de un caso práctico.
Un libro que viene a cubrir una necesidad que reclamaba el colectivo profesional y que nace gracias a los aportes de muchos compañeros y compañeras de profesión, de la experiencia profesional acumulada durante años en diferentes ámbitos de la administración pública en distintos sectores de población, de la visión como opositora, del alumnado asistentes a los cursos y talleres y de la apuesta decidida del Consejo General de TS.
¿Qué te mueve para publicar este manual?
He de confesar que este Manual no nació con idea de convertirse enun libro, sino más bien un material pensado y confeccionado con mimo y cuidado durante años, para la impartición de cursos y talleres prácticos, con el fin de facilitar a muchos aspirantes a plazas de la administración pública, en las que se exige como prueba, un ejercicio práctico y también, por qué no, agilizar el trabajo profesional del día a día.
Si buceamos en redes o foros de oposiciones, una de las reiteradas demandas realizadas por futuros aspirantes era donde encontrar casos prácticos o cómo enfrentarse a un ejercicio de estas características con un tiempo limitado para su realización.
Si hacemos una rápida revisión bibliográfica, nos encontramos con escasas divulgaciones que aborden la elaboración de supuestos prácticos de gestión de casos en el ámbito individual, familiar, y comunitario y la falta de publicaciones de estas características en el ámbito del Trabajo Social.
¿Qué van a encontrar en este Manual práctico?
Hallarán en cada una de sus páginas una forma sencilla de resolver supuestos prácticos de naturaleza individual/familiar y comunitaria, construyéndolo paso a paso, de manera que los conduzca hacia la meta.
Cada capítulo es como una brújula que marca la ruta metodológica a seguir en el proceso de resolución, a través de fichas pautadas y secuenciadas para llevar a término y sin dificultad el abordaje de un caso o la elaboración de un proyecto social comunitario con un lenguaje claro y cercano.
Encontrarán consejos útiles y actividades que proporcionan un viaje con todo el itinerario trazado que deben recorrer y un billete con ventanas abiertas al descubrimiento a través de ejercicios que ofrecen las claves necesarias para su resolución.
El manual invita, en uno de los capítulos, a sumergirse en el universo creativo, un ingrediente fundamental para estimular el pensamiento crítico y buscar otras formas de mirar y de hacer las cosas, jugando con las palabras y las ideas. La creatividad, el análisis razonado, y la búsqueda de soluciones creativas a situaciones sociales complejas, que constituyen, en definitiva, la piedra angular sobre la que se sustenta la resolución de un caso y las aptitudes y destrezas que buscan las personas evaluadoras con este tipo de pruebas por encima de la memorización.
Para ello, se ofrece una serie de consejos en forma de caja de herramientas que se ven ejemplificados y materializados con una serie de casos resueltos siguiendo las pautas indicadas en el propio manual.
Con todo, la persona aspirante podrá enfrentarse de manera planificada a una situación de familia, entendida ésta, en sus múltiples formas, o a la realización de un diseño de intervención comunitaria para un sector de población o intervención en una zona, a través de programas y proyectos sociales, siguiendo de manera flexible, sencilla y gradual los pasos del proceso metodológico y que constituyen el saber hacer de los profesionales del Trabajo Social.
¿Qué no van a encontrar en este Manual?
No van a encontrar ejercicios tipo test, que siendo uno de los habituales y frecuentes ejercicios exigidos en las convocatorias de empleo público, forman parte de la prueba de conocimientos teóricos en base a un temario publicado y que suponen responder a una serie de enunciados, entre tres o cuatro alternativas, señalando la respuesta correcta, para lo que es necesario memorizar contenidos relativos a cuestiones generales y otras específicas del cuerpo o categoría al que se opta.
En definitiva, se basan en la precisión de datos, la memorización sistemática de ingentes temarios y cuerpo normativo, para lo que se necesita lo que conocemos como “hincar codos” o “empollar”, que responden a una memoria a corto plazo que una vez te presentas, olvidas de manera rápida.
Este tipo de examen son fáciles de corregir y sirven, dada las limitadas vacantes ofertadas, para llevar a cabo una primera criba de aspirantes que optan a un reducido número de plazas.
¿Quién debería leer este Manual?
Tanto si están ejerciendo en la práctica profesional del trabajo social, como si se encuentran inmerso en oposiciones, y una de las pruebas exigidas es un ejercicio práctico acorde con las funciones al puesto del trabajo que van a desempeñar dentro de nuestro ámbito profesional, este libro puede hacer ese camino, algo más cómodo y seguro.
¿Podrías dar algún consejo a las personas que están pensando o están en proceso de prepararse unas oposiciones?
Una vez que se tiene claro y decidido que se quiere opositar, hay que ir a por ello, siendo conscientes que es como estar en una montaña rusa, con tantas subidas y bajadas que da vértigo, pues se pasan por fases de euforia y de desánimo.
El mundo de las oposiciones está regido por la competitividad, lo que hace que estudiar suponga un camino difícil para quien lo inicia, pero podemos verlo como un trayecto que nos empodera en positivo y nos permite realzar fortalezas y capacidades, ya que a medida que nos vamos esforzando y alcanzando objetivos, vamos ganando poco a poco confianza y superando retos día a día.
Para ello se requiere sacrificio, inversión de tiempo, dejar de hacer otras muchas cosas, y también rodearse de personas que nos apoyen y nos animen cuando nuestro ánimo decae, para levantarnos y ayudarnos a seguir adelante. Es importante, no darse grandes atracones de estudio, sino más bien se necesita perseverancia y constancia en el estudio, fijándose pequeñas metas diarias, paso a paso, para alcanzar el objetivo final, y la recompensa, bien merece el esfuerzo.
¿Qué te ha reportado escribir este Manual y publicarlo?
A nivel personal me ha supuesto muchas horas descontadas de mi tiempo libre o dedicado a otras actividades lúdicas y, en ocasiones, cierta dosis de estrés para cumplir plazos de entrega.
A nivel profesional, dar forma a un proyecto que llevaban años reclamando el alumnado, colegios profesionales, colegas de profesión, y que sale a la luz en un momento en el que se están viendo incrementada las ofertas de empleo público, en parte por la exigencia de Europa a estabilizar las plantillas de los empleados y empleadas públicos cara a reducir la alta temporalidad del empleo en nuestro país en el sector público y por otra, la aprobación y desarrollo de nuevas leyes de servicios sociales de segunda y tercera generación, protección a la infancia y adolescencia, rentas mínimas, leyes integrales frente a la violencia, que demandan equipos profesionales formados y que han favorecido la contratación, aun siendo conscientes que se requieren de mayor dotación de recursos humanos y que las plazas ofertadas son insuficientes, para desarrollar todo un sistema público de protección con las mejores garantías en un nuevo marco normativo de derechos.
Y a nivel retributivo, ha sido una cesión de los derechos de autoría y de renuncia a cualquier contraprestación económica, lo que ha permitido que el libro tenga un precio asequible para todas las personas interesadas en adquirirlo.
¿Dónde se puede adquirir el libro?
Si quieres empezar a descubrir sus páginas puedes ponerte en contacto con el Consejo General del Trabajo Social a través de su página web o por teléfono y solicitar un ejemplar.
Y por último ¿Qué esperas con la publicación de este libro?
Que sea útil al público lector, que les facilite el camino a la administración pública, que lo mejoren y por encima de todo, que consigan su sueño: una plaza en el sector público que dé estabilidad a su vida laboral y profesional.
José Acevedo Pérez Trabajador Social y Preparador de Oposiciones
Vivimos en un momento de incertidumbre en la Función Pública, marcada básicamente por la situación de temporalidad de casi un tercio de los empleados públicos. Las reformas anunciadas en la legislación básica para dar respuesta a las exigencias de la Unión Europea, así como a las expectativas de miles de trabajadoras y trabajadores de las Administraciones, su forma de aplicación en cada una de ellas, los requisitos para acceder a plazas sin tener que pasar por una fase de oposición, generan, en muchos casos, esperanza para consolidar un puesto de trabajo, en otros, desconfianza en las miles de personas que exigen el acceso a la Función Pública en condiciones de igualdad.
Lo que sí es cierto, es que, en el ámbito de nuestra profesión, cada día son más las personas que buscan un hueco en el empleo público. El Trabajo Social como profesión puede ser desarrollado desde numerosos ámbitos, no solo desde las Administraciones, pero la inestabilidad y la precariedad del mercado laboral, nos lleva a muchas y a muchos a buscar una respuesta en el empleo público, aunque ello suponga luchar contra las vicisitudes de los procesos selectivos, marcados, en la mayoría de los casos, por tener que enfrentarnos a procesos largos en su desarrollo temporal, cargados de incertidumbres, con temarios excesivos impregnados de legislaciones de todo tipo, de los que no vemos su aplicación práctica, sometidos también a los devaneos políticos de los Gobiernos.
Lo cierto, es que las Administraciones Públicas se enfrentan a un problema a corto y medio plazo. En torno al cincuenta por ciento de sus empleadas y empleados se encuentran cercanos a su jubilación, lo que debe ser interpretado como una oportunidad. También, la apuesta, cada vez más notoria, por una profesión como la nuestra, donde el desarrollo del Estado de Bienestar ha ido generando nuevos nichos de empleo en el ámbito público. No debemos olvidar, con todas las críticas que merece la ejecución del Sistema, la oportunidad que ha supuesto para el Trabajo Social la aprobación de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia. De la misma forma que hemos cimentado el Estado de Bienestar a través de este quinto pilar, nuestra profesión debe seguir avanzando en otros ámbitos de intervención como debe ser la educación, donde nuestra presencia es residual.
En el marco de todas esas posibilidades, enfrentarse a un proceso selectivo debe ser interpretado como una oportunidad.
En los últimos años hemos ido leyendo procesos selectivos de todo tipo: consolidaciones, estabilización, plazas libres, bolsas de empleo… Me gustaría dejar claro a qué nos enfrentamos con toda esa verborrea administrativa.
Cuando hablamos de consolidación, se está refiriendo a determinadas plazas que se convocan para puestos determinados, muy limitadas numéricamente, en la que se afianza en el puesto a la persona que la lleva ocupando bastante tiempo. Se trata de plazas estructurales de la Administración ocupadas temporalmente. Se consolida a la persona en el puesto, porque éste ya se encuentra consolidado.
Diferente es el supuesto de las estabilizaciones. Se trata de puestos que han ido creando por necesidades temporales (por ejemplo, las plazas del Sistema de la Dependencia), que, en un momento determinado, las Administraciones pretenden convertir en estructurales. Se convocan esas plazas para estabilizarlas, pero sin personalizar a su ocupante. Convocamos esas plazas mediante sistemas de concurso oposición, a los que pueden concurrir tanto sus ocupantes temporales, como personas sin vinculación alguna con el puesto al que se pretende acceder.
En cuanto a las plazas libres, se trata de puestos vacantes, que se pretenden ocupar mediante el sistema de oposición (aunque algunas Administraciones, en algunos supuestos, utilizan el sistema de concurso oposición para acceder a las mismas, como es el caso de acceso a personal laboral fijo en el ámbito de la Administración de la Junta de Andalucía, o personal estatutario en el Servicio Andaluz de Salud). Es el modelo preferido por los y las nuevas opositoras, por no tener que enfrentarse a personas con amplia experiencia laboral.
También podemos hablar de las bolsas de empleo temporal, utilizada especialmente por las Entidades Locales para dar respuesta a necesidades de contratación de personal. Habitualmente se convocan mediante los sistemas de oposición o concurso oposición; y muchas veces, todo hay que decirlo, son fuentes de financiación de la propia Entidad Local por las altas tasas impuestas para poder acceder al proceso selectivo.
Además de todas estas palabrerías en los sistemas de acceso, que son utilizadas muchas veces conforme al interés del político de turno, desde el Trabajo Social tenemos opciones de acceder a muchos tipos de puestos de trabajo en varios ámbitos de atención. Podemos acceder al Servicio Andaluz de Salud (puestos de trabajo en centros sanitarios de atención primaria y especializada), mediante procesos selectivos de concurso oposición. Un extenso temario, de ámbito principalmente sanitario, pensado para personas con larga experiencia laboral en el propio SAS, accediendo a una plaza a través de una asequible fase de oposición.
Podemos acceder a los ámbitos judiciales y penitenciarios, pero con temarios muy específicos que solamente nos van a servir para dar respuesta a procesos selectivos en esas plazas concretas. Es decir, con una limitación en cuanto a los contenidos del temario.
Hablamos de procesos selectivos en el ámbito local, bien mediante la constitución de bolsas temporales, o procesos de oposición. Es la posibilidad que tienen aquellas personas que quieren trabajar cerca de su lugar de residencia (una aspiración de muchas personas). Es un empleo más cercano a la práctica social, pero muy limitado en cuanto a posibilidades. La mayor parte de Entidades Locales convocan plazas muy de tarde en tarde, con procesos selectivos que dejan mucho que desear, algunos con un olor que resulta sospechoso, sin necesidad de poner ejemplos concretos. Se enfrentan a amplios temarios y procesos de selección muy variados: exámenes tipo test, de desarrollo, supuestos prácticos, elaboración de informes, etc. Se trata de trabajo en Servicios Sociales Comunitarios, o programas específicos de titularidad de la Junta de Andalucía que se desarrollan en el ámbito local (refuerzo para la gestión de la Renta Mínima de Inserción, para la elaboración de las propuestas de PIAS en dependencia, para los Equipos de Tratamiento Familiar, etc.).
Dada la dificultad de enfrentarse a un proceso selectivo, tal y como está concebido en nuestro país, debemos ser un poco razonables. Ya que debemos asimilar un temario determinado, que sea compatible con el acceso a otros procesos selectivos, que nos ofrezcan plazas con cierta periodicidad, que sea una Administración menos cercana, donde no sea tan estrecho el vínculo entre el y/o la trabajadora y la empresa. Sabéis de lo que estoy hablando. Por eso, siempre he recomendado la preparación del temario de la Junta de Andalucía como opción para acceder a la Función Pública como profesional del Trabajo Social: se ofertan plazas casi todos los años, el acceso es muy anónimo, el temario es muy amplio que nos ayuda a preparar cualquier otro proceso selectivo que se pueda desarrollar en nuestra Comunidad Autónoma. Simplemente por eso. Salvo que queramos trabajar en nuestro pueblo, y tengamos que esperar diez años a que se convoque una plaza, y tengamos la suerte de obtener la plaza en competencia con dos mil compañeros y/o compañeras de profesión. Se ofertan plazas para trabajar en los servicios de protección de menores, valoración de la dependencia, gestión de diferentes programas (Renta Mínima, Zonas Desfavorecidas), o trabajar en los diferentes servicios centrales de la propia Consejería.
Mi consejo a todas aquellas personas que quieren hacer el intento, o se encuentran en el intento. No desesperarse, afrontar el reto como una oportunidad, no como una necesidad (las prisas son pésimas aliadas en estos casos), tener sentido común a la hora de elegir un proceso selectivo, estudiar trabajando el material de estudio (la memoria es la antesala del olvido), cada persona adaptándolo a su manera más práctica de comprender y asimilar los contenidos. Esto no es un examen cualquiera que se puede preparar en meses, muchos compañeros y compañeras llevan años en el esfuerzo, tampoco debemos hipotecar nuestra vida a largo plazo. Debemos tener claro varias cosas: el Trabajo Social es una profesión con una alta consideración, equilibrada a nivel de Grado junto a otras titulaciones que, muchas veces, hemos considerado superiores a la nuestra. Ni mucho menos. Con lo cual, es normal un principio de exigencia.
La mayoría de las personas conjugan el estudio con otras actividades laborales o familiares. Tampoco es una excusa, simplemente, como cualquier otra persona, intentamos conciliar el estudio con esa otra actividad. No se trata de encerrarse en casa quince horas a estudiar. No merece la pena. Con constancia, voluntad y esfuerzo, tal vez en dos años de preparación, sin matarse ni mucho menos, podemos alcanzar el resultado esperado.
Debemos pensar qué queremos y hasta donde queremos y podemos llegar. Pero merece la pena intentarlo.
Rubén Yusta Tirado Trabajador social especializado en el ámbito de la gerontología. Doctorando en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid
Según reflejan los principales estudios relacionados con el análisis de las residencias para personas mayores en España, las empresas privadas juegan un papel fundamental en el desarrollo de la atención gerontológica en estos servicios residenciales. Esto se refleja en los datos que manejamos actualmente, que indican que más del 70% de los centros residenciales son de titularidad privada y aproximadamente el 85% del total de las plazas residenciales están gestionadas por empresas (Abellán, Aceituno, Ramiro y Castillo, 2021). En este escenario, cada vez es más habitual que entre las competencias y funciones que se solicitan, o en algunos casos se asignan, en las ofertas de empleo relacionadas con este ámbito, aparezcan las funciones comerciales relacionadas con el puesto de trabajador/a social.
Es necesario reseñar que, cuando hablamos de funciones comerciales, nos referimos al ejercicio de tareas ajenas a la intervención social, relacionadas con el contacto con instituciones externas con un fin relacionado con el marketing, con la difusión comercial de la “marca” que se encuentra tras la gestión del centro y todas aquellas tareas afines a esta práctica. Esto es un tema controvertido puesto que, si hacemos un análisis de los principios básicos o generales de la profesión, recogidos en el Código Deontológico del Trabajo Social (Consejo General del Trabajo Social, 2012), ninguno de ellos está relacionado o se encuentra próximo a estas funciones.
Por todo ello, y por el gran desarrollo y presencia que actualmente tiene el Trabajo Social en ámbito de la gerontología y, por consiguiente, en el ámbito residencial, es necesario que llevemos a cabo un análisis que articule y sustente las distancias existentes entre el Trabajo Social y estas funciones comerciales que, en muchas ocasiones, suponen una barrera y un inconveniente para el desarrollo profesional por parte de los/as trabajadores/as sociales en un ámbito que, como estamos viendo, se encuentra en pleno desarrollo y que es fundamental en la articulación de los que muchos/as autores/as identifican como el cuarto pilar del estado de bienestar (Gallardo y Sánchez, 2020).
A continuación vamos a analizar los motivos que alejan al Trabajo Social de las tareas comerciales en el ámbito residencial, amparándonos en los principios y fundamentos que sustentan nuestra profesión y nuestra disciplina científica y en el funcionamiento general de estos centros residenciales.
Ratios de personal. Antes de entrar de lleno en el análisis de los principios y fundamentos del Trabajo Social, es importante que analicemos el funcionamiento del ámbito en el que nos encontramos. Como sabemos, los centros residenciales funcionan bajo un sistema de ratios de personal en los que, dependiendo del número de personas usuarias que allí residan, se necesitará un número determinado de profesionales que atiendan a sus necesidades. Estos ratios están dirigidos a la atención directa de las personas usuarias y, en el caso del Trabajo Social, a la intervención social con la persona, su entorno sociofamiliar y el ámbito comunitario. Por tanto, si la figura del/de la trabajador/a social se centra en el desarrollo de funciones comerciales ajenas a la intervención social con las personas que residen en el centro, se estará incumpliendo la finalidad de este ratio y, en muchas ocasiones, los acuerdos que éstos suponen entre los centros residenciales y las Administraciones con las que se fija la presencia de los/as profesionales.
Desconocimiento de la disciplina. Asignar funciones comerciales a un/a profesional del Trabajo Social es sinónimo de un importante desconocimiento de la disciplina y de los valores que sustentan la profesión. Los/as trabajadores/as sociales nos encontramos próximos/as a la erradicación de situaciones que generan desigualdad, a lograr la dignidad, la libertad y la igualdad entre las personas usuarias y, en este ámbito, a mejorar las condiciones de vida de las personas mayores que viven en los centros. Por tanto, asociar este aspecto a nuestra figura profesional, denota una falta de conocimiento de las potencialidades de una profesión clave en la lucha contra las desigualdades actuales de nuestra sociedad.
Formación. En la actualidad, la profesión del Trabajo Social es desarrollada por profesionales que han obtenido el título de asistente social, diplomado/a o graduado/a en Trabajo Social, dependiendo del momento en el que el/la profesional llevara a cabo sus estudios relacionados con nuestra disciplina. Si hacemos un análisis de los contenidos generales de estas formaciones o de las posteriores especialidades que han ido surgiendo con la presencia de la disciplina en los diferentes ámbitos, observamos como apenas existen materias o contenidos relacionados con aspectos comerciales o con el marketing que en ocasiones es requerido en estas instituciones. Las cuestiones que pueden ser cercanas a este ámbito se desarrollan en categorías profesionales que, aunque pueden ser desarrolladas por profesionales del Trabajo Social, tales como la dirección o la coordinación de un centro o servicio gerontológico, se encuentran bastante alejadas de las funciones propias de los/as trabajadores/as sociales en los centros residenciales para personas mayores.
Código Deontológico. Una buena forma de conocer una profesión o una disciplina científica es acercarse a su código deontológico puesto que, en él, se acotan las responsabilidades y competencias de los/as diversos/as profesionales. Si analizamos el Código Deontológico del Trabajo Social (Consejo General del Trabajo Social, 2012) observamos que ninguno de sus principios básicos o generales están relacionados con esta temática. Es más, si hacemos una búsqueda más profunda por sus 59 artículos, su preámbulo y su disposición final, no localizamos ningún término que aluda a las posibles funciones comerciales de la disciplina, ni la presencia de términos como “comercial”, “marketing”, “prescriptor/a” o “empresa”, lo cual es bastante relevante a la hora de establecer las distancias entre nuestra profesión y esta labor que, por otro lado, supone un eje central en el desempeño de otras profesiones.
Desarrollo comunitario. Como sabemos, el Trabajo Social tiene entre sus funciones el desarrollo comunitario de las personas usuarias para la consecución del bienestar social. Esto no es algo ajeno al ámbito residencial, puesto que en muchas ocasiones la intervención de los/as trabajadores/as sociales en el desarrollo comunitario de las personas usuarias es clave para cubrir las necesidades y potenciar el desarrollo de los/as residentes. Este desarrollo comunitario está basado en la relación con instituciones, agentes y entidades externas con el fin de mejorar las condiciones de vida de las personas usuarias. En cambio, es importante no confundir este “contacto externo” que se desarrolla en pos de la mejora de las condiciones de vida de las personas usuarias, con una labor puramente comercial, relacionada con cubrir las plazas de un servicio o el establecimiento de acuerdos comerciales relacionados con el llenado de centros. Como vemos, la diferencia fundamental radica en identificar hacia qué y hacia quiénes está dirigida la intervención del/de la profesional del Trabajo Social.
El Trabajo Social en los equipos interdisciplinares. En la actualidad, los centros residenciales plantean un modelo de atención basado en la confluencia de profesionales de diversas disciplinas en los centros, conformando así equipos interdisciplinares. Como hemos comentado, estos equipos están formados por profesionales que van desarrollando sus funciones en función de su formación y sus competencias profesionales. De esta forma, los/as médicos/as y enfermeros/as intervendrán en el ámbito sanitario de la persona, los/as técnicos/as en cuidados auxiliares de enfermería participarán en el acompañamiento de las personas usuarias en el desempeño de sus actividades básicas de la vida diaria, los/as psicólogos/as intervendrán en el aspecto psicológico del desarrollo vital y, por consiguiente, los/as trabajadores/as sociales harán lo propio en relación al ámbito social de la persona. Si los/as trabajadores/as sociales se dedican a funciones ajenas a esta intervención social, estaremos descuidando toda la parte social del modelo biopsicosocial actualmente vigente en la intervención gerontológica que ha dejado atrás el modelo biomédico que anteriormente imperaba en este ámbito (Juesas, Álvarez, Otero y García, 2020).
El Trabajo Social como disciplina académica y profesión esencial. Y ya por último, por no redundar más en un asunto que cualquier persona próxima al Trabajo Social podrá compartir, es importante que reflexionemos sobre qué supone nuestra profesión y sobre el momento en el que actualmente se encuentra. Si recurrimos a la definición global del Trabajo Social, desarrollada por la Federación Internacional de Trabajadores Sociales (2014) se concluye que:
“El trabajo social es una profesión basada en la práctica y una disciplina académica que promueve el cambio y el desarrollo social, la cohesión social, y el fortalecimiento y la liberación de las personas. Los principios de la justicia social, los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y el respeto a la diversidad son fundamentales para el trabajo social. Respaldada por las teorías del trabajo social, las ciencias sociales, las humanidades y los conocimientos indígenas, el trabajo social involucra a las personas y las estructuras para hacer frente a desafíos de la vida y aumentar el bienestar.”
Esta definición habla del Trabajo Social como una profesión basada en la práctica, como una disciplina académica, que cuenta con unos objetivos y unas competencias muy concretas que pueden ser llevadas a cabo en los diferentes ámbitos de intervención de la disciplina. Ésta es la base del Trabajo Social, que debe ser defendida y compartida por todos/as los/as profesionales que integramos esta profesión y que caminamos hacia una sociedad mas igualitaria, más libre y más digna para las personas usuarias con las que intervenimos.
Pero esto no acaba ahí, durante gran parte de la gestión de la crisis sanitaria hemos sido conscientes, tanto nosotros/as como el resto de personas ciudadanas, de la importancia de la presencia del Trabajo Social, llegando a ser reconocida como profesión esencial. Este hecho debe ser el motor que nos permita seguir desarrollando nuestra labor y nuestras competencias profesionales contenidas tanto en la definición anterior como en nuestro Código Deontológico, y que tan importantes son para seguir avanzando y evolucionando en nuestro sistema de bienestar. Por todo ello, ajustarnos a estos principios y no perder de vista los objetivos y principios básicos del Trabajo Social, permitirán que la profesión y la disciplina siga creciendo y evolucionando, a la vez que conseguimos mejores situaciones y condiciones de vida para las personas usuarias.
Acabamos de hacer un repaso por gran parte de los principios y competencias profesionales que sustentan y que identifican la labor del Trabajo Social. Como hemos podido comprobar, todos ellos marcan una gran distancia y poco o nada tienen que ver con un desempeño comercial, sea cual sea el ámbito de intervención del/de la trabajador/a social. Es por eso que no se entiende, con los documentos que conforman nuestra profesión en la mano, cómo se puede asociar una profesión que se encuentra tan próxima a aspectos relacionados con la igualdad, la libertad y la dignidad, con una labor comercial para la que, dicho sea de paso, ya hay disciplinas y profesiones especializadas.
Esta asociación se entiende si damos por hecho el desconocimiento que aún existe en la sociedad sobre nuestras funciones, capacidades, potencialidades y competencias profesionales que, como se ha demostrado, va mucho más allá que la búsqueda de clientes/as para un centro. Unido a este desconocimiento, también podemos analizar esta errónea asociación como un método utilizado por estas instituciones para cumplir y responsabilizar a una disciplina profesional de unas funciones que nada tienen que ver con su desempeño, pero que de otra forma debería suponer la incorporación de otros/as profesionales especializados/as en ese ámbito.
En cualquier caso, será nuestra labor seguir poniendo de manifiesto nuestras competencias y nuestras potencialidades para que, en un futuro no muy lejano, el Trabajo Social en el ámbito de la gerontología deje de ser relacionado con funciones ajenas a la disciplina y conseguir que los/as trabajadores/as sociales del ámbito geriátrico residencial gocen del reconocimiento, el respeto y las condiciones laborales que se merecen.
Bibliografía
Abellán García, A., Aceituno Nieto, M. P., Ramiro Fariñas, D., y Castillo Belmonte, A. B. (2021). Estadísticas sobre residencias: distribución de centros y plazas residenciales por provincia. Datos de septiembre de 2020. Informes Envejecimiento en red Nº 27.
Gallardo Peral, L., y Sánchez Moreno, E. (2020). ¿Para qué servimos las trabajadoras sociales?. Madrid: Catarata. Juesas Celorio, R., Álvarez Alonso, M., Otero del Castillo, B., y García Meré, B. (2020). La importancia del Modelo Biopsicosocial frente al Modelo Biomédico en el Trabajo Social Sanitario. Revista Médica y de Enfermería OCRONOS. Disponible en: https://revistamedica.com/modelo-biopsicosocial-biomedico-trabajo-social-sanitario/
Mirian del Olmo Trabajadora social colegiada, facilitadora de Death Cafe presenciales en Málaga
La muerte más allá del 1 de noviembre y de las máscaras de Halloween sigue siendo el mayor tema tabú por excelencia. En nuestra sociedad desangelada por las prisas y el ritmo de vida fast-food impuesto, hacen que el hecho de pararnos a escuchar y a hablar parezca casi actos utópicos.
La muerte presente en la vida de todo el mundo, de forma más o menos manifiesta, siempre provoca reacciones de incomodidad e insostenibilidad social cuando sale a relucir. Ante estos silencios tensos, tabúes familiares, resistencias sociales y secretismos personales surgen reacciones y movimientos para poner foco y descargar tensión. Así surge el movimiento Death Cafe.
Death Cafe es la franquicia social más fresca y revolucionaria que tal vez exista. Pero ¿qué son los Death cafes? Son reuniones grupales para hablar sobre la muerte, donde no hay agenda, ni ánimo de lucro, ni ponencias, ni personas expertas invitadas. Tienen un formato tertuliano de escucha y puesta en común, con un hilo conductor compartido: la necesidad de tratar el tema de la muerte, sin juicios, sin tabúes, desde el respeto y el no-juicio. Todas las sesiones parten desde la gratuidad, la voluntariedad y el respeto por la puesta en común y el intercambio de sentires, ideas, vivencias y opiniones.
El movimiento de los Death cafe surge en 2011, con una escasa década de vida se han extendido por más de 81 países, se han realizado en infinidad de idiomas, en un sin fin de emplazamientos y en formato tanto presencial como remoto.
Los Death cafes presenciales aterrizan en Málaga en la era post-confinamiento en espacios tan bonitos y cuidados como la Libélula, la Escuela Gestalt Lamar y La Medusa Colectiva. Surgen ante la necesidad de la puesta en común, de volver a encontrarnos, de naturalizar los miedos, las resistencias y las inquietudes relacionadas con la muerte.
El regalarse tiempo para conversar con otras personas en un entorno seguro, horizontal, libre de juicios y confidencial, es un bálsamo para calmar inquietudes y desacelerarnos. Los Death Cafes son oasis de escucha activa y crecimiento personal, sin embargo, no son espacios terapéuticos ni de acompañamiento al duelo, siendo el principal objetivo “aumentar la conciencia sobre la muerte con el fin de ayudar a las personas a aprovechar al máximo sus vidas (finitas)”.
El modelo Death Cafe fue desarrollado por Jon Underwood y Sue Barsky Reid , basado en las ideas de Bernard Crettaz. Si quieres saber más puedes visitar la web oficial: https://deathcafe.com/
Francisco Javier García Santos Profesional de la orientación laboral y Psicólogo con habilitación sanitaria. Técnico de empleo de la Asociación Arrabal AID
Entre las seis prioridades de la Comisión Europea para el periodo 2019-2024, está promover una economía al servicio de las personas. De esta manera, se pretende reforzar la economía de la Unión Europea fomentando la creación de un empleo de calidad, protegiendo los puestos de trabajo existentes, reduciendo las desigualdades y afianzando la unión económica y monetaria. Esta priorización supone una continuidad de esa visión por la que todos los países de la Unión Europea entienden el desempleo como una problemática común que debe de abordarse de forma conjunta y desde una perspectiva transnacional. Esa sensibilidad social se cristaliza en la Estrategia Europea de Empleo, que comienza su despliegue en 1997.
La aplicación de esta estrategia, supone el establecimiento de unas orientaciones de las políticas de empleo que los distintos países miembros deben de transponer a su ámbito de responsabilidad, en su respectiva legislación y en los programas nacionales de reforma.
De evaluar la implementación de dichos programas nacionales se derivarán una serie de recomendaciones en función de los resultados obtenidos para cada uno de los países miembros. Este ciclo de coordinación recibe el nombre de Semestre Europeo.
A grandes rasgos, este es el contexto normativo e institucional en el que la Orientación Profesional (también llamada orientación laboral u orientación sociolaboral), como disciplina aplicada, ha tenido un importante desarrollo en nuestro país, constituyéndose como un instrumento principal de las Políticas Activas de Empleo.
Distintas Administraciones Públicas en nuestro País, competentes en materia de empleo, han puesto en marcha distintos programas y servicios que pretenden incrementar el nivel de empleabilidad de las personas desempleadas. Algunos de ellos han sido puestos en marcha con el apoyo de entidades, tanto públicas como privadas, habitualmente mediante convocatorias de subvenciones; otros, han sido puestos en marcha con recursos propios de estas mismas Administraciones. Paralelamente, entidades del Tercer Sector y Obras sociales de entidades financieras, también han impulsado programas de mejora de la empleabilidad, manifestando de este modo su compromiso con las personas con especiales dificultades de inserción. Algunos proyectos de Cruz Roja Española o el Programa Incorpora de La Obra Social de La Caixa, serían un ejemplo de este último grupo de programas.
Este contexto ha propiciado que un importante y heterogéneo número de profesionales hayan pasado a hacer de la orientación laboral su actividad profesional principal, compartiendo a nivel general un objetivo común, promover la incorporación laboral de personas desempleadas. Ahora bien, es importante destacar las significativas diferencias existentes entre los distintos programas, y cómo éstas van a configurar las exigencias profesionales del personal técnico de orientación.
Pueden encontrarse proyectos cuyas actividades inciden especialmente en las personas desempleadas, promoviendo el desarrollo de habilidades y competencias, además de desarrollar un entrenamiento para afrontar el proceso de búsqueda de empleo. Un subgrupo de estos últimos, trabaja de forma intensiva, en lo referido a tiempo de intervención y recursos destinados, con un número muy reducido de personas.
Otros programas centran la atención en aportar dinamismo al mercado de trabajo, atendiendo principalmente a oferentes de empleo. En ocasiones, la labor orientadora queda encuadrada dentro de un proceso de capacitación profesional, donde el personal técnico además de las responsabilidades propias tiene que asumir tareas relacionadas con la gestión de acciones formativas y/o prácticas profesionales.
De este crisol de situaciones podemos extraer varias conclusiones respecto al perfil de las personas que desarrollan la orientación laboral que pueden invitarnos a reflexionar:
Las exigencias técnicas y competenciales para el personal técnico de orientación pueden ser muy variadas dependiendo del contexto profesional.
El perfil formativo y experiencial de las personas que trabajan en la orientación laboral es tremendamente variado, no existiendo un itinerario formativo reglado específico, que capacite para el desarrollo de todas las actuaciones que se impulsan desde el ámbito de la orientación profesional.
Relacionado con la idea anterior, es habitual que se requiera un nivel formativo de carácter superior, de titulaciones universitarias que pertenezcan, preferentemente, al ámbito social. Además, con frecuencia se exigen méritos formativos que, o bien no se encuentran disponibles, o bien se definen de forma muy ambigua.
En línea con lo expuesto, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en su título “Orientación Profesional y Políticas Públicas. Cómo acortar distancias”, ya ponía de manifiesto que gran parte del personal de orientación no ha extraído de la titulación superior cursada las aptitudes, conocimiento y destrezas para el desempeño profesional. También, ese mismo trabajo pone de manifiesto que muchas personas que son nombradas para el ejercicio de labores orientadoras no han recibido formación específica en dicha disciplina.
Por tanto, queda claro que las exigencias propias del desempeño de la labor de orientación profesional son tan diversas que no es suficiente el hecho de cursar una titulación de carácter superior, si no que la persona interesada por el ejercicio, deberá completar su perfil profesional diseñando su propio itinerario formativo y competencial de especialización, en contextos donde incluso no existen acciones formativas específicas para ello. Esta perspectiva engancha directamente con unos de los objetivos estratégicos formulados para el desarrollo de políticas activas de empleo, la profesionalización del personal de orientación.
¿Es posible promover actuaciones eficientes que permitan la adaptación de las personas desempleadas a nuestro actual mercado de trabajo constantemente cambiante y digitalizado por parte de profesionales que no cuenten con la suficiente especialización?; se nos antoja como algo complicado.
Profesiograma: propuesta desde la experiencia
Con el ánimo de apoyar el proceso de toma de decisiones, referido a la elección de acciones que supongan una especialización profesional en el caso de personas que quieran dedicarse profesionalmente al ámbito de la orientación laboral, pasamos a exponer una propuesta de profesiograma de las personas profesionales de empleo en general. Esta propuesta está basada en las conclusiones extraídas de una trayectoria de más de veinte años coordinando programas de mejora de la empleabilidad, seleccionando y formando personal técnico de orientación, y asesorando a personas desempleadas. Nuestra propuesta es la siguiente:
Desde el punto de vista actitudinal y de valores profesionales: contar con una visión positiva del ser humano, entendiendo que las personas tienen recursos, intereses y objetivos.
Respecto a conocimientos técnicos: Conocimientos de legislación laboral, marco normativo de las Políticas Activas de Empleo, Sistema de Formación para el Empleo/Formación Profesional, el proceso de Acreditación de Competencias adquiridas por vías no formales de formación, el Sistema Nacional de Cualificaciones Profesionales, Estructura orgánica y funcional de las administraciones competentes en materia de empleo y asistencia social del contexto en el que se trabaja, marco legislativo aplicable cuando se trabaja con colectivos específicos (por ejemplo reglamento de extranjería), Recursos de empleo específicos de contexto geográfico de influencia.
Respecto al dominio de metodologías: gestión por competencias, técnicas de selección de personal, entrevistas semi-estructuradas, metodologías para el trabajo con los objetivos de las personas y desarrollo de tutorías, metodologías relacionadas con el desarrollo de intervenciones en modalidad grupal.
Respecto a competencias profesionales o soft skills: orientación a la clientela, orientación a la vulnerabilidad, trabajo en equipo, orientación al logro, orientación a resultados, desarrollo de interrelaciones, comunicación, autocontrol emocional, gestión de información y preocupación por la actualización constante, orientación hacia la tecnología, pensamiento analítico, proactividad, innovación.
Destacar, también, la importancia de que el personal técnico cuente con conocimientos relacionados con la formulación y gestión de proyectos y programas sociales. Puesto que procurar introducir cambios en la actual dinámica del mercado de trabajo requiere en muchas ocasiones experimentar nuevos “modos de hacer”, en numerosas ocasiones, es el personal técnico de orientación quien se responsabiliza de la presentación de proyectos innovadores de empleo a distintas convocatorias de subvenciones.
Si relacionamos este profesiograma que hemos trazado con el perfil competencial técnico de las personas profesionales del Trabajo Social, es muy sencillo encontrar puntos de contacto entre ambos, lo que hace tremendamente razonable que trabajadores y trabajadoras sociales se especialicen en el ámbito de la orientación socio laboral.
En líneas generales, las personas profesionales del Trabajo Social, se orientan a la vulnerabilidad, intentando prevenir situaciones de exclusión social. Van a favorecer la promoción social de las personas, y qué duda cabe, que la consecución de empleo es un importante instrumento para ello.
La óptica comunitaria de intervención es algo que caracteriza el ejercicio del Trabajo Social y es un proceder muy coherente para promover cambios en un mercado de trabajo donde hay tantos agentes implicados. Desenvolverse en un contexto institucional público y establecer interrelaciones con otros profesionales suele ser un denominador común de un día habitual de trabajo en el caso de los/las trabajadores/as sociales, así como también lo es la atención directa a la ciudadanía.
Por último, responsabilizarse de tareas relacionadas con el ciclo de gestión de programas sociales es algo que se va a presuponer siempre en el caso de este grupo de profesionales.
Por todo lo expuesto, desde nuestra perspectiva, es pertinente conceptualizar el ejercicio de la orientación laboral como una salida profesional de las personas profesionales del Trabajo Social, donde van a relacionarse con otras personas tituladas del ámbito social. Ahora bien, para poder atender a las exigencias de los puestos relacionados con la orientación socio laboral, tendrán que invertir en un proceso de especialización de postgrado (no necesariamente en el contexto universitario) que les permita adquirir las habilidades, competencias y conocimientos expresados anteriormente.
Bibliografía
Alcalá, Miguel Angel y Otros. (2001). La entrevista de selección: Manual para el entrevistador y el entrevistado. CIE Dossat 2000
Castillo, Joaquina y Otros. (2002). La Orientación Profesional en el programa Andalucía Orienta. Junta de Andalucía, Consejería de Empleo y Desarrollo Tecnológico, Dirección General de Empleo e Inserción.
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. (OCDE). (2004). Orientación Profesional y Políticas Públicas. Cómo acortar distancias. Ministerio de Educación y Ciencia. https://www.oecd.org
Manzorro Pérez-Blanco, Oliva y Otros (2009). El Sistema de Evaluación del Desempeño en la Red Andalucía Orienta: Manual para el personal técnico. Servicio Andaluz de Empleo, Consejería de Empleo, Junta de Andalucía.
Utilizamos cookies propias y de terceros para fines analíticos y para mostrarte publicidad personalizada en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Consulte la política de cookies para obtener más información. Puedes aceptar todas las cookies pulsando el botón “Aceptar” o "Rechazar" su uso AceptarRechazar
Privacy & Cookies Policy
Resumen de Privacidad
Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia mientras navega por el sitio web. Fuera de estas cookies, las cookies que se clasifican según sea necesario se almacenan en su navegador, ya que son esenciales para el funcionamiento de las funcionalidades básicas del sitio web. También utilizamos cookies de terceros que nos ayudan a analizar y comprender cómo utiliza este sitio web. Estas cookies se almacenarán en su navegador solo con su consentimiento. También tiene la opción de optar por no recibir estas cookies. Pero la exclusión voluntaria de algunas de estas cookies puede afectar su experiencia de navegación.
Las cookies necesarias son absolutamente esenciales para que el sitio web funcione correctamente. Esta categoría solo incluye cookies que garantizan funcionalidades básicas y características de seguridad del sitio web. Estas cookies no almacenan ninguna información personal.